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Etiquetas:   Momentos de reflexión   -   Sección:   Opinión

Soledad curativa

En una sociedad ruidosa nos sentimos mal en el silencio instructivo
Octavi Pereña
lunes, 9 de febrero de 2015, 08:59 h (CET)
Actualmente existe un desequilibrio entre soledad y sentirse solo. Las personas no saben estar solas porque desconocen qué es la soledad. Esta situación que es de mal digerir creo que un maestro hindú la describe muy bien: “Mil personas andando por un camino, mil soledades andando juntas”. Cierto es que el ser humano es un ser gregario, social, que busca agruparse. Debe encontrarse el equilibrio entre soledad, estar solo y ser sociable.

La soledad es un arte que se aprende con la práctica y que comienza a ejercitarse buscando a Dios. El ser humano fue creado teniendo necesidad de Dios. Esta necesidad vital se vio afectada cuando el hombre decidió prescindir de Él y escuchar la voz de Satanás. Este hecho abrió la puerta de par en par a la idolatría que no es otra cosa que un substituto al Dios que le creó por dioses que él mismo se fabrica. Este divorcio es el causante que al hombre no le guste la soledad, el silencio, porque no le gusta mantener intimidad con Dios. Al hombre le encanta disertar sobre Dios con la mejor elocuencia posible, pero le aburre conocer íntimamente a Dios.

El mal que se produjo en el paraíso. El divorcio entre Dios y el hombre no es un daño irreparable. Puede recuperarse la buena convivencia que el hombre mantenía con Dios antes de que el pecado la empañase. La manera de recuperarla la diseña el mismo Dios que en la eternidad pasada ideó el plan para que el hombre volviese a sintonizar con Él una vez el pecado la hubiese socavado. Las pieles de los corderos con las que Dios cubrió la desnudez de Adán y Eva no eran sino el símbolo de Cristo, el Cordero de Dios que borra el pecado del mundo. Por la fe en este Cordero el hombre hace la paz con Dios y se inicia el camino para profundizar la intimidad con Él. Dicha intimidad se encuentra en la soledad, en el apartarse del mundanal ruido. Es en la soledad, aislado del entorno ruidoso y disponiendo de los medios que Dios pone al alcance del hombre: Biblia y oración como se crece en el conocimiento de Dios que se había perdido. El alma en la soledad no está sola ya que goza de la compañía de Dios que la nutre y fortalece.

La soledad que conduce a recuperar la intimidad con el Señor enseña a estar solo. El hombre actual no sabe estar solo. Necesita cualquier tipo de compañía. Recordando el dicho del maestro hindú: “Mil personas andando por un camino, mil soledades andando juntas”. Tan pronto despierta por la mañana enciende la radio o el televisor buscando compañía. Las voces que oye le proporcionan una aparente compañía que no elimina la soledad del alma. Esto lo podemos hacer extensivo a los móviles, ordenadores y al enjambre de chismes electrónicos que sirven para comunicarse pero que no eliminan la soledad del alma.

Al no tener resuelto el problema del alma las relaciones sociales no son lo que deberían ser. Son conflictivas. El resultado de las desavenencias personales lleva a que las personas se encierren dentro de un caparazón que las aísla del entorno que las daña. El aislamiento no es la solución. Al no encontrarse bien solo la tecnología sale a ayudarle permitiéndoles mantener relaciones virtuales a través de la pantalla. Estas son relaciones frías, sin calor humano. No satisfacen. El resultado en bastantes casos es la adicción a la tecnología. Queriendo huir de las llamas se cae en las ascuas.

El déficit comunicativo tiene una causa: El ser humano no ha resuelto el problema de la soledad del alma. No lo soluciona porque su filosofía errónea se basa en la idea de que Dios no existe. Lo que no existe no sirve. Pero sí, Dios existe. La creación confirma la necesidad de un Ser todopoderoso para que exista y que la mantenga en activo. La existencia humana lo certifica porque de la nada, nada existe. El anhelo inconsciente de Dios lo asevera. La misma idolatría que tan perniciosa es para el alma evidencia la necesidad que el hombre tiene de Dios. Lo que falla es que la búsqueda se hace por caminos equivocados. La proliferación del fervor religioso expresado de diversas maneras, incrementado en épocas de crisis como la que atravesamos, es otra evidencia de que el hombre quiere relacionarse con Dios, pero no sabe como. Lo que ocurre es que esta diversidad religiosa, en muchas ocasiones no tiene en cuenta la manera de Dios de recuperar la mistad con Él perdida en el paraíso y que Dios en su misericordia la enseña en los albores de la humanidad: Las pieles de los animales que sacrificó el mismo Dios nos enseñan que sin derramamiento de sangre, una sangre muy concreta, no hay perdón de los pecados y, sin el perdón de Dios no se recupera la amistad perdida.

Antes de empezar el ministerio público de Jesús Juan el Bautista lo presenta ante la muchedumbre que lo escuchaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan1:29). La fe en el Jesús bíblico restablece la intimidad con Dios perdida haciendo posible que la soledad tenga sentido. Como consecuencia, estar solo no perjudica la relaciones sociales dañinas que llevan aislacionismo porque entiende que es mejor dar que recibir.
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