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Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

Hoy

José García Pérez
domingo, 8 de febrero de 2015, 11:11 h (CET)
Se habla del pasado, presente y futuro con las restricciones propias de lo acontecido en otro tiempo, de lo que ocurre o puede ocurrir de aquí a un cierto tiempo y de lo que está por llegar, o sea, lo ignoto o desconocido. Y con ese trío de especulaciones vamos barajando nuestra existencia con los mejores propósitos de pasarlo medio bien, que viene a ser lo mismo que pasarlo medio mal.

Y de esa forma, nuestra existencia -que nunca deberíamos llamar vida a no ser que sea plena de principio a fin- la reducimos y aquellos tres espacios de pasado, presente y futuro a una raquítica triada de ayer, hoy y mañana, comprimiendo toda nuestra actividad a setenta y dos horas mal contadas y peor vividas.

En ese lío espectacular de nuestra existencia se cruzan toda una serie de situaciones, actos y actitudes, deseos y realidades, verdades y ficciones que nos hacen más llevadera esta carga, porque no se olvide, es una carga que se lleva y soporta dentro de un vergel y/o desierto de bostezos constantes e ideales no conseguidos.

Si usted me lee en este sábado o domingo, día festivo para algunos, pueden pensar que me encuentro insoportable, deprimido o tristón de verdad; y saben lo que le digo, pues que llevan toda la razón del mundo, mundo al que un cura llamado Ripalda lo definió como enemigo del ser humano por ese pulso malsano que tiene con nosotros y en el que posee todas las cartas para ganarnos.

La mujer que más quiero, o sea, la depositaria de todo mi cariño, a otras las amo o las odio o las veo y circundan las puertas giratorias de mis entrañas, pero ella, la que más quiero, tan sólo vive el HOY, no se acuerda del ayer, no sabe si existe futuro y, lo que son las cosas, mantiene una sonrisa durantes sus veinticuatro horas, mientras yo me deshago para que recuerde la cita a la fisioterapeuta, el almuerzo, la compra del pan y los cuarenta mil detalles que contienen las malditas veinticuatro horas.

Y lo paso mal, muy mal, y me entran ganas de dejar de escribir, de romper papeles, de llorar y de morir; pero me repongo al instante porque todavía soy capaz de verla cuando tenía quince años con su cabello rizado, su estrecha cintura, su guiño sostenido de pilla chavala; y entonces, me vuelvo hacia ella y su sonrisa actual y conformo un nuevo trío que me da la vida porque la amé, la quiero y tengo la sensación de que vuelvo de nuevo a amarla; porque ella es mi sostén, pues aunque tenga otros pilares en los que apoyarme, que los tengo, ella y yo conformamos un solo ser.

Voy a vivir para ella en exclusiva.
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