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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Cada época exige sus docencias

Víctor Corcoba
jueves, 5 de febrero de 2015, 08:19 h (CET)
No tengo duda de que las personas nos predisponemos unas a otras, que los mismos lenguajes nos mueven el alma; que también los buenos pasajes, aparte de convencernos, nos reaniman, y que algunos hechos nos entusiasman. Esto me pasa a mí con el libro: “Una educación nueva para un tiempo diferente” (edición de autor), recopilación de artículos de opinión escritos por un docente vocacional, de brillante trayectoria curricular y aún mejor persona, en coherencia siempre con lo que pregona, y que no es otro que el profesor Juan Santaella López. Dichos textos fueron publicados en un medio escrito durante los tres últimos años. O sea, que estamos ante una obra escrita pausadamente, que como buena antorcha de pensamiento y manantial de referencia, lleva implícita la lucidez en consonancia con la genialidad más auténtica. Reescrita y, por tanto, nuevamente pensada después para darle formato de libro. Son más de doscientas páginas impresas de valores y experiencias (de valías), sumamente cuidadas ya que forman parte de sí, de su donación al desarrollo del ser humano, lo que hace que sea alimento a los ojos de cualquier lector. Hasta el mismo prólogo, realizado por Antonio Rus Arboledas (otro humanista-científico de la educación y de la psicología evolutiva), nos introduce en el apasionante mundo de la educación, sobre todo en el sentido de predicar con el ejemplo.

Efectivamente, soy de los que pienso que educar, por encima de todo lo demás, consiste en formar seres capaces de liberarse de ataduras, aptos para regirse por sí mismos y no para ser dominados por otros. Y en este sentido, el libro de Juan Santaella López en su conjunto es un verdadero manual, sobre todo para padres y docentes, resultado no sólo de muchas horas de reflexión, sino también de vivencias propias, de meterse en las honduras de nuestro vivir de cada día. Al fin y al cabo, educar no es otra cosa que templar el alma para sobrellevar nuestros propios aconteceres; no en vano, se analiza la sociedad actual, con sus alienaciones y sus dependencias; con una crisis económica que está dejando más pobres a los que ya lo eran y más ricos a los que la precipitaron. Además, también se aportan instrumentos y modelos para el cambio de sociedad que tan necesario es en estos momentos. El autor contrapone modelos de vida, que es necesario que emerjan, y siembra, de igual modo, referentes como pueden ser el hidalgo humanista y defensor a ultranza de la justicia y de la equidad entre los seres humanos, Don Quijote de la Mancha; o un político español tan comprometido con su pueblo como Adolfo Suárez, que hizo del diálogo y del acuerdo consensuado la base de transformación de un país autoritario en otro democrático; o el ejemplo de coherencia de Camus, defensor de que la verdad y la naturalidad estaban siempre por encima de las ideologías.

También aporta Juan Santaella López los fundamentos de un buen sistema educativo que, necesariamente, ha de apoyarse en unos buenos docentes capaces de hacer del discente alguien que no existía. Evidentemente, se ha de contar con el esfuerzo del alumno, para –como dice el autor del libro- partiendo de él, adentrarlo en el mundo de la lectura, en las humanidades, en la misma convivencia y vivencia de los valores, mediante los estímulos educativos pertinentes. Cierra el libro un capítulo dedicado a analizar los problemas que la juventud actual padece, que son muchos y diversos: alcohol, drogas, embarazos no deseados, suicidios…, se analizan los problemas educativos, entre nuestros jóvenes: en primer lugar el bullying o acoso escolar, tan extendido en los últimos tiempos. Examina, igualmente, diversos tipos de niños: los depresivos, con sus causas y sus posibles soluciones; los agresivos, los cuales tienen un pasado que les impulsa a ser violentos con los demás; los niños mimados, a los que la sobreprotección paterna los inutiliza para vivir de manera autónoma. Termina el capítulo con un tipo de agresión juvenil que cada día se expande más y que afecta a más familias: la violencia que muchos hijos ejercen sobre sus padres y las causas que conducen a ella. Indudablemente, tan sólo por la educación –como dijo Kant- puede el hombre llegar a ser hombre. En cualquier caso, acusarse a uno mismo con una buena ración de humildad, demuestra que la educación ha comenzado. Por lo demás, ineludiblemente estamos en un tiempo diferente, lo que exige cuando menos una educación renovada. Esta publicación, cabecera de tantos sueños, naturalmente, ayuda a encontrar ese camino de rectitud, advirtiendo que nunca fue fácil el aprendizaje de la virtud.
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