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Tags: Revista-portada · Talento a brochazos · Luis del Palacio
Príncipe de Asturias de las Artes


Luis del Palacio


Luis del Palacio Luis del Palacio
viernes, 1 de junio de 2007, 00:00
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La incultura musical en España ha sido algo endémico y de las Bellas Artes fue siempre la música la más incomprendida, cuando no denostada.

Recuerdo algo que contaba el crítico Antonio Fernández-Cid sobre un suceso que una vez le ocurrió a su amigo el compositor y violinista Eduard Toldrá.



Cruzaba este una calle próxima al Teatro del Liceo barcelonés, cuando un coche que venía a más velocidad de la conveniente, tuvo que dar un frenazo en seco para no atropellarle. El conductor, un energúmeno al volante de los que siempre han abundado en nuestro país, empezó a insultarle con improperios que hoy consideraríamos “light”, dado que eso de mencionar a la santa se consideraba lenguaje de germanías, y a nadie le agradaba ser confundido con un miembro del hampa. “Imbécil”, “idiota” fue lo que le espetó el anónimo personajillo al autor de “Vistas al mar”. Toldrá se encogió de hombros y señaló las líneas del paso de cebra por donde cruzaba. Una pequeña lección de civismo, sin palabras, que irritó todavía más al botarate, quien, al haberse fijado en el estuche del violín y en el colmo de la furia, sacó de su mente portentosa el que consideró como más vejatorio de los insultos: “¡Músico!” Según Fernández-Cid, Toldrá lo contaba con el humor fino que lo caracterizaba, sin añadir comentario alguno.

Hace más de veinte años, Cristóbal Halffter me confesaba en una entrevista: “ser músico en España es como ser torero en Finlandia”; es decir, no sólo improbable, sino difícil, muy difícil. Que eso que para entendernos llamamos “música clásica”, “música seria” o “música culta” (otra vez matrimonios felizmente disolubles de adjetivo y sustantivo) para distinguirla de otros tipos de música (folk, rock, jazz, pop, étnica, flamenco etc.) ha sido una especie de cenicienta de la cultura española, lo podemos verificar de muchas maneras. Por ejemplo, comprobando el nivel de conocimiento técnico musical básico (solfear con soltura en clave de sol) que se imparte en nuestras escuelas primarias o por el número de programas dedicados a este tipo de música en las radios y televisiones públicas y privadas.

Tuvo que morirse Rostropovich para que La 2 de TVE rescatara de sus archivos el concierto con que el cellista y director obsequió a la Familia Real, con motivo del compromiso matrimonial del Príncipe Felipe; si bien es verdad que en su día lo retransmitió en directo. La 2 es un oasis con no mucha agua en el yermo cultural español. Y para los filarmónicos o melómanos, o como quiera llamarse a quienes amamos la música, supone un alivio, aunque insuficiente. Cualquier evento deportivo tiene prioridad sobre uno cultural, y no importa qué partido esté en el gobierno. Radio Clásica es una verdadera excepción. De las radios y televisiones públicas, no merece la pena hablar; aunque no sería justo olvidar que en el magazine que dirigió en la SER durante tantos años Iñaki Gabilondo, hubo un espacio dedicado a la ópera y la música clásica, que presentaba Angel Vela del Campo (no sé si continúa porque hace tiempo que no escucho ese programa

España nunca ha sido justa con sus músicos; si exceptuamos aquellos “viejos roqueros que, según dicen, nunca mueren; a algún hijo de folclórica o a la folclórica misma (viva, muerta o en vías de extinción) Pero entonces habría que ponerse de acuerdo sobre qué es “eso” de la música, y ello excedería con mucho los límites de este artículo. Folclore o pseudo folclore aparte (está claro que resulta imposible comparar el desgarro de la Pantoja con el arte de doña Concha Piquer) la amarga realidad es que fuera saben más en qué sobresalieron Nicanor Zabaleta, José Cubiles, Narciso Yepes, Joaquín Soriano, Pablo Casals etc. que dentro. Hay excepciones, desde luego: Ataulfo Argenta, quien, además de padre de Fernando, fue un gran director de orquesta. O Alfredo Kraus, progenitor de Patricia, conocida cantante, y padrino de esa otra cantante tan buena cuyo nombre no recuerdo, que tuvo además el mérito de ser un estupendo tenor.

Y si el panorama es tan desolador en lo musical, ¿cómo es que casi cada capital de provincia tiene su orquesta sinfónica?

No nos engañemos. Sin ser recalcitrante, propongo una pequeña prueba: cada vez que asistamos a un concierto contemos el número de instrumentistas de la orquesta –sobre todo en la sección de cuerda- cuyo apellido termine en “ich”, “ovich”, “ov”, “lin” etc. y cotejémoslo con su equivalente castizo, “ez”. Veremos que “los nuestros” ganan por muy poco, lo que demuestra que el fenómeno de la inmigración no sólo afecta a la construcción y a la hostelería. Importamos músicos de la antigua Europa del Este, de Japón, de China, de Iberoamérica. Los que tienen menos suerte tocan en los parques, en una esquina, en el metro. La vocación por el arte les ha hecho elegir una vida difícil, ambulante y libre. Y muchos de ellos son excelentes músicos.

Otro cantar –acaso nunca mejor dicho- es el trato que dispensamos a los de aquí.

Y me refiero, en este caso, al reconocimiento oficial. Los premios institucionales llegan a veces tarde; a veces, nunca. Y es penoso comprobar cómo algo que no tendría que estar mediatizado por políticas coyunturales –las del partido que gobierne- recae tantas veces en segundones “adictos al régimen” o, por lo menos, en sus simpatizantes. Quien empezó su carrera en pleno régimen anterior y cosechó sus primeros triunfos en los años 50 y 60, es inocente y ajeno a ese estúpido lugar común que hoy llamamos “lo políticamente correcto”. Es el caso de muchos grandes artistas y escritores postergados –que no cito para no extenderme demasiado- y de intelectuales a los que se pasó factura por no haber vivido en el exilio o haber mostrado una actitud beligerante.

Nuestro director de orquesta más internacional, Rafael Frühbeck de Burgos, es un buen ejemplo de ello.

Considerado como uno de los diez más importantes de su generación –la de Claudio Abbado, Zubin Metha y Seiji Ozawa, entre otros- fue víctima de una particular “caza de brujas”; o más exactamente, víctima de un singular inquisidor, el ex cura y duque consorte de Alba, Jesús Aguirre (q.e.p.d) Aupado –no se sabe bien por qué- a la Dirección General de Música y Teatro, el ex jesuita, traductor de Adorno y controvertible personaje, puso de patitas en la calle a Frühbeck de Burgos, a la sazón director titular de la Orquesta Nacional de España. Corría el año 1978; han transcurrido, pues, casi tres décadas desde que Frühbeck pasara de ser un exiliado involuntario, destituido injustamente de un puesto que había desempeñado con brillantez durante quince años, a alcanzar las más altas cotas de reconocimiento internacional. Constantes giras le llevaron a dirigir de manera habitual a las orquestas más importantes del mundo: Filarmónica de Berlín, Sinfónica de Londres, Nacional de Francia, Sinfónica de Chicago, Sinfónica de Montreal... Y fue titular de la Yomiuri Simphony Orchestra de Tokyo y de la Orquesta Nacional de Washington. Durante los años 80 y 90 dio conciertos con prácticamente todas las orquestas estatales alemanas, algunas tan renombradas como la de la Radio de Frankfurt , la Staatkapelle de Dresde o la Sinfónica de Düsseldorf (de la que había sido titular durante varios años, en la década de los sesenta) En 1991 aceptó la dirección de la Sinfónica de Viena, puesto que compaginó con su actividad al frente de la Ópera de Berlín.

La discografía del maestro burgalés es extensísima y algunas de las grabaciones- muchas editadas por el sello EMI- son de auténtica referencia. Por citar sólo algunas: los dos grandes oratorios de Mendelssohn (Elías y Paulus) con Dietrich Fischer-Dieskau, Carmen (con Grace Bumbry), los conciertos para violín de Mendelsshon (con Yehudi Menuhin), Requiem de Mozart, Carmina Burana, La vida breve, La Atlántida...

En el recuerdo de quienes empezamos a edad muy temprana en esto de la pasión por la música, quedan sesiones memorables, como aquellas “Pasiones”, en el Teatro Real de Madrid, con el Orfeón Donostiarra, el tenor Louis Devos y la contralto Norma Procter; o la integral de las sinfonías de Mahler, el Requiem Alemán de Brahms, la Gran Misa de Difuntos de Berlioz...

Constituye un placer comprobar que este “joven” de setenta y tantos años sigue tan activo como siempre, invitado por las principales orquestas del mundo, o como titular –desde no hace mucho- de la Orquesta Filarmónica de Dresde, una de las mejores de Europa.

Reconocimientos, premios, doctorados no le han faltado; eso es cierto.

Tampoco la admiración de una melómana de excepción: la Reina de España, que le entregó en 1997 el Premio Jacinto Guerrero, el más alto galardón con que en España se distingue a los músicos.

Todo ello justifica que, desde la humilde tribuna que un medio de comunicación ofrece, se sugiera el nombre de Rafael Frühbeck de Burgos como candidato al Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Confiemos en que cunda el ejemplo. Porque no muchos artistas representan como él, el rigor y el talento puestos al servicio de la música.

Y no sería para reparar viejas injusticias; sino por el acto generoso de reconocer el valor a un artista.

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