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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Las absurdas sensiblerías feministas de “Amigas y Conocidas” de la TV1

Miguel Massanet
martes, 3 de febrero de 2015, 07:58 h (CET)
No es la primera vez que nos referimos al programa de la presentadora Inés Ballester en la TV1, el que sigue a la “perla” de la Primera, la señora Mariló Montero. La verdad es que la cadena estatal se luce en escoger sus programas matutinos pues, si las Mañanas de la Montero están fabricadas para el supuesto lucimiento de esta señora, experta en meteduras de pata, empeñada en aparecer ante la audiencia como una persona de “amplia cultura”, que es capaz de dar consejos sobre medicina u opinar respecto a temas judiciales, sin el menor rubor por las múltiples ocasiones en las que enseña el plumero; si es que nos queremos ocupar del “exitoso” programa de la señora Inés Ballester, una presentadora capaz de esconder, detrás de una apariencia inocentona, bonachona y conciliadora, una vena izquierdista que, en ocasiones, no puede reprimir y aparece en los momentos más insospechados, para dejar claros cuales son sus verdaderos objetivos; tampoco el tema tiene desperdicio.

Ya estamos acostumbrados a estos aparentes remediadores de entuertos, estos Quijotes que consiguen congregar a su retortero a una legión de presuntos bienhechores, caritativos y luchadores contra la “maldad” de los otros, especialmente si éstos son empresarios, gente rica o entidades bancarias, sin otra misión que hacer bulto, gritar consignas de tipo antisistema y provocar a quienes tienen por obligación y función cumplir los mandatos de la Justicia. Es caso de la catalana Ada Colau, que se dio a conocer como luchadora contra los desahucios por falta de pago de las hipotecas, que dijo que nunca se metería en política y que, como suele suceder en estos casos en que, lo que se pretende detrás de la revolución en las calles es encontrar un asidero al que agarrarse para asegurarse la vida y, si es posible, su ración de fama; aunque sólo se trate de una simple pincelada de poder y un espejismo fugaz de notoriedad; ha incumplido su promesa. En su caso; ya se dieron muestras de lo que las consignas de izquierdas, la resistencia ante la autoridad y la oposición a las leyes, pueden conseguir en un Estado que muestra su pusilanimidad ante los retos que pueden poner en peligro las perspectivas electorales de los partidos.

En numerosas ocasiones nos hemos manifestado en contra de esta práctica de las TV, tanto la estatal como las privadas, de intentar sacar provecho para mejorar la audiencia, de asuntos judiciales, la mayoría sub júdice, por medio de tertulianos, programas con supuestos “expertos” y presentadores que pretenden convertirse en verdaderos Sherlok Holmes del periodismo; emitiendo opiniones sin otro fundamento que la presunta perspicacia de quien las emite, sin base científica ninguna, sin conocer las circunstancias que rodean el caso ni la opinión de ambas partes en litigio lo que, en muchas ocasiones, produce una cierta indefensión para los que no quieren que sus asuntos se ventilen en las pantallas televisivas; de modo que pueden salir perjudicados por esta clase de programas que el público, ávido de morbo, contempla convencido de que “si sale en la TV será verdad”.

Puede que nuestro ordenamiento jurídico no sea perfecto, presente lagunas y que algunas de sus leyes precisen ajustes o ser renovadas; en todo caso esta labor les corresponde a las Cortes, siguiendo los procedimientos establecidos para ello. En el caso que nos ocupa, la idea de la señora Ballester de reunir en una tertulia, al mediodía, a una serie de señoras de variopinto pelaje cultural y profesional, para comentar todo lo que sucede en España, puede resultar entretenido, puede conseguir el interés de las mujeres (contentas de escuchar lo que dicen las de su mismo género e incluso alegrar a las feministas) porque, en la tertulia, no es infrecuente que se hable de los hombres, se los critique, se les corte el sayo y se los considere como los más simples de los animales de toda la Creación. Hasta aquí nada de particular a lo que no estemos acostumbrados los varones, desde que las ministras socialistas Bibinana Aído en Igualdad y Leire Pajín, en Sanidad ( ambas recibiendo, en la actualidad, suculentos sueldos en la ONU) decidieron, la primera, primar a las mujeres por encima de los hombres con la famosa teoría de la “discriminación positiva” y, la segunda, con la famosa Ley del Aborto uno de los crímenes contra el derecho a nacer de las criaturas, capaz de producir más de 100.000 abortos al año en nuestro país. Algo que el PP había prometido solucionar y, en el cuarto año de su mandato, sigue sin haberse erradicado y, el conato de solución, se ha limitado a que las menores de 16 años deban pedir permiso a sus padres ¡Mucho ruido para tan pocas nueces!

Sin embargo, la cosa cambia y toma un carácter mucho más serio cuando se pone en cuestión nuestro sistema legal y se pretende, acudiendo a la sensiblería, a la falsa compasión y a la contemplación de temas jurídicos de mucha enjundia sin la debida cautela, dejándose llevar por la opinión de unas personas, en muchos casos lastradas por sus ideas comunistas, como es el caso de la ex abogada Cristina Almeida, a la que le pueden sus fanatismos de partido sobre lo que debiera ser un recto análisis jurídico de los temas. Es de una suma frivolidad, falta de ética y presuntuosa ignorancia, escudarse en las manifestaciones de una parte, en un tema de desahucio por impago de la deuda de una persona a la que el perjudicado avaló; sin haber escuchado a la otra parte del proceso, sin enterarse de las circunstancias que concurrieron en los hechos y sin estar al tanto de las diligencias llevadas a cabo, en este caso por el Banco de Santander, para intentar llegar a un acuerdo con las personas, dos ancianos, afectados por el hecho de que un yerno suyo les hubiera pedido un aval para una operación inmobiliaria. El hecho de satanizar a los bancos por querer cobrar las cuotas hipotecarias y los intereses de demora, es poner en cuestión todo el sistema financiero español; desvirtuar las garantías que comportan los avales y culpar a los acreedores por el “pecado” de querer cobrar lo que se les debe.

Es una grave imprudencia pretender convertir el programa de “Amigas y Conocidas” en un suerte de buzón de quejas y, además, intentar que, las opiniones de unas pocas mujeres, más o menos preparadas, sienten cátedra y puedan atentar contra la solvencia moral, el derecho a ejecutar un aval, el reclamar contra el interesado que ha incumplido y, en su caso, contra el avalista; todo ello de acuerdo con nuestras leyes. Ni los bancos ni aquellos que pretendan cobrar una deuda no pagada tienen la obligación de averiguar si el avalista está en una situación u otra. Lo cierto es que existe una creencia, en este país, por la que el otorgar un aval es simplemente un trámite más y no representa obligación alguna. Y no es cierto que se engañe a los que otorgan esta garantía de pago porque, tanto los notarios como los asesores jurídicos lo suelen explicar con toda claridad.

Es posible que, las sentimentales señoras de la tertulia de la señora Ballester (incluida la periodista López Borrero, que no sabemos cual es su papel en estas tertulias, cuando la buena señora parece que nació en el Vaticano y es probable que acabe sus días en el mismo lugar, impregnada de santidad y confortada con las bendiciones papales pero, hay que reconocer que su ignorancia sobre los temas actuales, ya no hablemos del relativismo imperante, corre pareja con sus observaciones, de una simplicidad y una candidez perfectamente descriptibles) piensen que el tener la posibilidad de aparecer en la pantalla ya les permite expresar, sin la debida cautela, sus ideas u opiniones sin tener en cuenta los perjuicios que pueden causar con ello y lo fácil que resulta hacer que gentes sencillas se tomen en serio lo que no pasa de ser un programa de cotilleo, al que hay que tomárselo como lo que realmente es: un entretenimiento sin más trascendencia que la que los incautos le quieran dar. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos disgustados como algunos programas se atribuyen funciones que no les competen en perjuicio de aquellos que de buena fe se los toman en serio.
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