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Etiquetas:   Fotografía y Arte   -   Sección:   Revista-arte

Historia irregular de la fotografía

Rafael R. Pleguezuelos / Magazine Siglo XXI
Redacción
jueves, 31 de mayo de 2007, 22:00 h (CET)
Siempre me ha admirado pensar en el momento preciso en el que la genialidad de unos hombres, de unos artistas, consiguen crear un Arte a partir de un material de uso práctico o de un mero divertimento. Me gusta recrearme en el hecho de que, efectivamente, unas manos inspiradas hicieron en un lejano pasado de la pintura un arte cuando no era más que un juego o una señalización práctica. Que los hermanos Lumière andaban en la filmación de la llegada de un tren cuando Melies, la mano mágica del artista que mencionaba, incrusta un cohete formidable en uno de los ojos de la Luna. La Luna, ante nosotros sus espectadores, no parece estar herida sino más bien divertida. Los que asisten a la representación, todos los espectadores del lanzamiento, perciben de manera consciente o inconsciente que a partir de ese momento la cámara no es uno ojo que ve sino un ojo que crea. Un ojo que piensa, siente y crea Arte.

Thomas Rodger retrata en 1855 a D. O. Hill, fotógrafo como él, pero nosotros entendemos que no retrata a un hombre, ni a un intelectual, sino ante todo a un artista. Un artista que mira al cielo, que sostiene un libro en sus rodillas y parece que va a escribir. Thomas Rodger capturaba al fotógrafo que colocaría a la modelo de espaldas, porque no era un retrato lo que intentaba hacer. Deseaba dar a la fotografía lo que la pintura ya tenía, la esencia artística. Por eso los primeros fotógrafos artistas acudieron a la pintura para robar cuanto de ella se sabía, igual que los cineastas entraban en el almacén de conocimientos del teatro. La fotografía galante había nacido.

En Francia, Eugène Atget sacaba la cámara a la calle para colocarla frente a un escaparate, espiaba las esquinas vacías del gran París y hacía que el año de 1900 se cumpliera celebrando un nuevo Arte. Enseñó la fuerza de la línea y la perspectiva, admiró con el brillo del metal torcido en nuestra retina. Retrató a las prostitutas porque en sus vidas errantes y en la mirada de Eugène nació la fotografía decadente, porque el fotógrafo sacó la cámara a la calle y encontró los callejones arruinados que cruzaban la Rue Asselin. Se interesó por atrapar con su cámara cualquier edificio que amenazaba ruina o cualquier persona cuya vida se deshacía. Nacía la fotografía hiperrealista y sucia.

Alfred Stieglitz necesitó estudiar con total dedicación los aspectos más técnicos y científicos de la fotografía para darse por fin cuenta de que su verdadero valor se encontraba en lo humano que pudiera aportar. La gente llegaba y llegaba, mudaba continente porque padecía, porque el sufrimiento era parte de sus vidas, y allí se encontraba su cámara, poblada de barcos y grandes estructuras metálicas que recordaban que las grandes construcciones albergaban tragedias pequeñas. Ya teníamos la fotografía como reportaje, la que pone en movimiento su propia historia mientras fija en nuestra retina la otra, la que se escribe con mayúscula.

Unas cuantas manos hicieron que una caja de madera y un juego de química constituyeran una técnica artística. Podemos decir que lo adivinaron, porque el juego de lentes y el trípode parecían más bien cosa de circo y espectáculo. Sin embargo de sus placas salió la nueva Victoria de Samotracia.

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