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Etiquetas:   OPINIÓN   -   Sección:   Revista-arte

Arte: El paraíso de las respuestas seguras

Rafael R. Pleguezuelos / Magazine Siglo XXI
Redacción
jueves, 31 de mayo de 2007, 22:00 h (CET)
No siento emoción alguna cuando contemplo un Van Gogh. Tampoco si se pone ante mí la cuarta, quinta reproducción de un Picasso en esta semana. No me conmueve fijar mis ojos en Klimt y es que sus Venus enfermas y errantes no me parecen ya guardar significado alguno después de que mi dentista, mi banco y compañía de seguros adornen sus paredes con estas obras infinitamente reproducidas.

Quiere esto decir que, efectivamente, la sobrealimentación visual de un icono determinado elimina de manera inevitable el placer estético y artístico del mismo, separando para siempre su mensaje de nosotros que le contemplamos. No me parece una temeridad afirmar que cuadros como Los Girasoles, como El Beso o Las Señoritas de Aviñón pertenecen, en mi cerebro, a la misma categoría intelectual que el logotipo de Coca-Cola o el león rampante de Peugeot.

Los Museos –que en muchos casos por su financiación no tendrían que buscar una y otra vez este tirón fácil y evidente de las archiconocidas figuras- muy rara vez se atreven a programar algo que no gire en torno al universo Picasso-Velázquez-Van Gogh.

Las exposiciones temporales no son más que reordenaciones eventuales del universo más que conocido y los segundos nombres no se cuelgan nunca. Algo más disculpo, en este estado de cosas, a la iniciativa privada: colecciones de Arte y revistas mensuales de este oficio repiten una y otra vez el mismo estudio y el mismo lanzamiento; siguen a vueltas con todos los Goya y Botero del mundo. Saben como nosotros que, a pesar de todo, la portada de Los Girasoles de nuestro dentista harán vender más revistas que el Monje en el Mar de Caspar D. Friedrich.

Queda por tanto muy poco espacio para los demás, para los genios que compartieron tiempo con ese séptimo de caballería que van a conseguir que aborrezcamos y que se devalúan por exceso. No hay espacio para los Millais, Ernst, Delvaux, Léger o Valdés Leal, porque no está la cosa para intentar hacer un hueco a la imagen menos conocida.

El artista contemporáneo no se ha sentido ajeno a esta situación y el fenómeno con el que se encuentra asociado puede parecer en principio sorprendente.

Piensen que, después de todo, no es extraño que tantos y tantos críticos nos hayan hecho observar que el artista contemporáneo se encuentra mucho menos interesado en crear una evolución personal, en desarrollar una producción progresiva y creciente, que en colocar en el panorama artístico, en la conciencia de las partes implicadas del mercado, su trademark personal. Ello quiere decir que repetirá una y otra vez su motivo hasta creer haberlo colocado en nuestro consciente/subconsciente, que tengamos su cocodrilo de Lacoste, como a mí me gusta decir.

Así, un artista puede reconocerse por ser “el de las jaulas”, “el de las escaleras”, o el de las constantes irreverencias. Se repetirá y repetirá desde el inicio y después multiplicará su obra –ya consolidada- para que no haya coleccionista que deje de tener su cocodrilo. Su único empeño consistirá en intentar colocar –con mayor o menor fortuna- una concepción visual en nuestro imaginario que se parece cada vez más, por mucho que nos desagrade, al arte corporativo.

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