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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Como la mayoría de hijos

Alberto Sánchez de la Nieta
Redacción
lunes, 28 de mayo de 2007, 10:33 h (CET)
Nuestro padre, Félix Alberto Sánchez de la Nieta, era un hombre culto, trabajador, amante de la naturaleza y deportista desde su infancia pero con una lacra genética en su familia, el cáncer. Su hermana y tíos maternos habían muerto por esta enfermedad tan trágica años atrás. Y él no iba a ser uno menos. Murió el 7 de Mayo en un hospital.

Como la mayoría de hijos, somos un fiel reflejo de nuestros padres y en su memoria, quiero relataros el suplicio, su agonía y finalmente, su muerte ante la impotencia de su familia de ver como se le apagaba la vida frente a la ignorancia de un hospital público de la Comunidad de Madrid que nos ha demostrado que sólo somos un número para una estadística y no, como nosotros pensábamos, una vida.

Como advertía mi madre, no nos debemos de poner enfermos en puentes señalados: Navidad, Semana Santa o las fiestas de Mayo. Puede peligrar nuestra salud y vida ya que los hospitales se deshacen del poco personal cualificado de los que disponen. Especialistas como cardiólogos, neurólogos, neumólogos u oncólogos brillan por su ausencia y, además, los pocos que quedan por estas fechas deben de atender a multitud de enfermos.

Que pena para los familiares, nosotros, que vemos como nuestros seres queridos necesitan de la asistencia de estos especialistas pero que asistimos impotentemente a las trabas que van poniendo unos y otros para librarse de los mismos aunque se estén muriendo como ocurrió con nuestro padre.

Todo lo que le paso a nuestro padre, Félix, voy a relatarlo tal como ocurrió. Aunque no sé si estas letras saldrán algún día de mi ordenador y serán leídas por otras personas.

Todo empezó a finales de marzo de este mismo año con un supuesto catarro, cierta tos seca sin esputos, falta de apetito, apneas y dolor lumbar. Teníamos loco al médico ya que mi padre no se encontraba bien y éste no hacía más que mandarle siempre lo mismo: antibióticos para aliviar la tos y antiinflamatorios para curar su “lumbalgia”.
Al cabo del tiempo, nuestra insistencia y a que mi padre seguía encontrándose igual, nuestro médico de cabecera nos manda de forma preferente una radiografía para salir de posibles dudas. Cuando llegamos a por los resultados nos dicen que no nos preocupemos, “tiene una fibrosis pulmonar y todo el que ha fumado puede tenerla. Debería de verte el especialista de neumología”. Nos manda un volante preferente y, después de esperar tres horas en citaciones del Hospital Universitarios de Getafe, conseguimos una cita para el 10 de abril.
Como no se encontraba nada bien, mi madre se acerca al Ambulatorio de Los Ángeles en Getafe e intenta conseguir en Atención al Paciente un posible adelanto de la cita. Pero nada, no es posible adelantarla. Ese mismo día, comienza nuestra odisea por las Urgencias del citado Hospital. Y digo odisea no sólo por las veces que hemos ido y las horas y horas que hemos perdido allí, sino también por el trato denigrante que se hace (conscientemente y a sabiendas de la dirección del hospital por la multitud de hojas de reclamaciones que pusimos) tanto a los pacientes (amontonados en la sala de espera junto con las personas que están sanas y teniendo que soportar una larga espera acompañados del ruido del resto de las personas y de la megafonía ruidosa, estridente y neardenthal por la que los médicos realizan las citaciones) como a los acompañantes (que tienen que esperar horas y horas, además de compartir espera con personas enfermas, al diagnóstico de sus familiares). Asimismo, las camas de esta sección del hospital no están preparadas para personas que miden más de 180 cm y pesan más de 90 kg, lo que hizo aún más tortuoso las continúas idas y venidas de mi padre.
Así, la primera vez que vamos a urgencias, el 23 de marzo (día en el que comienza nuestro viacrucis particular), auscultan a mi padre y le toman la temperatura, observan su radiografía y le mandan para casa con el siguiente diagnóstico: “Tos en relación con catarro de vías altas sin datos de gravedad en el momento actual; dolor costal de carácter mecánico. Continuar con antibiótico y antiinflamatorios”.
Como continúa igual, agravado con una pérdida de apetito, decidimos llevarlo de nuevo a urgencias el 31 de marzo. Esta vez, le ponen el termómetro, le toman la tensión y como los valores son correctos, nos mandan de nuevo para casa.
Como no teníamos nada mejor que hacer la noche del 2 de abril, nos vamos de nuevo a urgencias. Esta vez el diagnóstico es el siguiente:”Lumbalgia mecánica en paciente con hernia de disco; astenia más anorexia relativa posiblemente asociada a gastritis. Tratamiento: diclofenaco y omeprazol”.
Desesperados, y después de quedarse sin respiración por un rato en casa(o mejor dicho, después de tener otra apnea), volvemos el 4 de abril a urgencias. Al cabo de muchas horas nos remiten el siguiente diagnóstico: “Astenia con analítica y exploración normal en probable relación con cuadro de ansiedad; Vómin aislado probablemente secundario a la toma de AINES, sin datos de gravedad en el momento actual”.
Los siguientes días transcurren con la desesperación de mi madre que, con sus conocimientos de auxiliar de enfermería, y los síntomas que presentaba mi padre (apneas frecuentes, pérdida de apetito, tos seca sin esputos, cansancio muscular) sabía que no estaba nada bien y debido a los antecedentes familiares, se temía lo peor.
De nuevo y por quinta vez consecutiva, y un día después de su último cumpleaños y tras haber pasado de nuevo por otra apnea, volvemos a urgencias el 9 de abril. Esta vez y, por fin, tenemos suerte y damos con una doctora que se preocupa realmente por el estado de mi padre. Así, le hacen un análisis de sangre, electro y radiografía. Después de una larga espera, la doctora nos comunica que tienen que hacerle dos nuevas radiografías porque ven algo anormal en el pulmón. Al final de esta larga noche, la doctora nos confirma que tiene un posible fibroma pulmonar en el pulmón derecho y nos ofrece dos posibles opciones: que se vaya a casa y que esperar hasta el día que le tienen que hacer las pruebas en neumología; o que se quede ingresado para acelerar así dichas pruebas. Sin dudarlo, decidimos conjuntamente que se quede ingresado.
Lamentablemente, el día 12 de abril le dan el alta con el siguiente diagnóstico: “masa en pulmón derecho con patrón compatible con linfagitis A filiar”. Y eso que el médico, aunque no descarta que sea un posible fibroma pulmonar, nos confirma que, a falta de la biopsia, hay patrones que indican que pueda ser un tumor. En este sentido, nos citan para una broncoscopia el 16 de abril. A lo largo de todos estos días, mi padre ya no es el mismo. Ha perdido 5-6 kg, se agota enseguida, tiene un semblante triste, no quiere salir con sus amigos y familiares y está muy nervioso pensando en sus antecedentes familiares. Yo le comprendía. Menos mal que le habían medicado para tratar de paliar estos síntomas.
Por fin, llega el 16 de abril. Le anestesian y consiguen hacerle la broncoscopia con biopsia. Recogida de datos y confirmación de diagnóstico, el 4 de mayo (si no se muere antes). Menos mal que en Madrid funciona de miedo la sanidad pública.
Desesperados, hundidos y fuertemente enojados, regresamos a urgencias el 19 de abril. Como cabía de esperar, ya conocen al paciente y directamente ingresa en observación. Mismo procedimiento, misma tortura psicológica y a esperar. El 20 de abril, y milagrosamente, con los resultados de la biopsia, le confirman a mi padre que tiene un adenocarcinoma.
Quiero denunciar aquí la forma en que sucedió la comunicación a los familiares de su enfermedad ya que no hubo humanidad ninguna por parte de la doctora, jefa de neumología, y de su acompañante, que creemos era una psicóloga pero que no intervino para nada en la conversación, ni ayudó en absoluto a mi familia, sobre todo a mi hermana y mi madre, las cuales, tuvieron mayor ayuda de un médico de urgencias que ya conocíamos de estos días que de la propia psicóloga.
Como diría Jacinto Benavente “La peor verdad sólo cuesta un gran disgusto. La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños y al final, un disgusto grande”.
Como no reviste gravedad su enfermedad y tiene los patrones correctos, la doctora decide darle el alta ese mismo día, afirmando que ya no es paciente suyo, que ella ya no puede hacer nada y que mi padre ya pertenece a oncología. Además nos recuerda (como no lo sabíamos ya) que si se encuentra mal, que le llevemos de nuevo a urgencias. Ese mismo día, abandonamos el hospital sin saber siquiera que nos teníamos que haber presentado en citaciones para pedir cita en oncología. Una vez más quiero dejar claro la escasez de comunicación y trato que ha tenido este hospital con mi familia.
Una vez calmados los ánimos, la doctora me pregunta si hemos pedido cita con oncología. Le respondemos que no, que no nos habían dicho cual era el procedimiento a seguir. Así, una vez enterado, me presento en citaciones de oncología. Nos citan para el 18 de mayo. Alarmados por el tiempo que falta para ese día, comentamos a la doctora si es posible adelantarlo. Para ello, tenían que hablar la jefa de neumología con la de oncología. Recibimos una contundente respuesta, “si le han dado para ese día es porque hay gente que está peor que vuestro padre. No podemos hacer nada”. Pobre gente la que este delante y peor aún, pobre de aquellos que estén detrás y tengan la esperanza de librarse de esta enfermedad.
Probamos en “Atención al paciente”. Le expongo el caso y se quedan asombradas. Me dicen que harán todo lo posible y que me llamarían en 24 horas. Nada de eso ocurre. Mi padre sigue en casa, sin poder levantarse del sillón, casi no tiene fuerzas para asearse y su estado de ánimo está por los suelos.
Y haciendo caso a los consejos de nuestra doctora, volvemos a urgencias el 24 de abril. Después de otras 24 horas en observación deciden, de nuevo, darle el alta. Esta vez, mi madre tiene un enfrentamiento dialéctico con la doctora de urgencias la cual, basándose en las pruebas realizadas, nos da de nuevo el alta. No me extraña, después de este calvario, dicha doctora no comprendía la situación de mi madre y, en vez de comprenderla, se sintió “amenazada” por ella. Y sí, amenazada por una mujer que era la octava vez que regresaba a urgencias y no conseguía ingresar a su marido, amenazada por una mujer que estaba viendo en primera persona como a su marido se le iba la vida día a día y, en definitiva, amenazada por exigir una atención especializada para la enfermedad de su marido.
Por fin, y después de regresar de nuevo a urgencias el día 25 de abril, mi padre, después de otras 24 horas en observación, ingresa definitivamente en oncología. La pena es que ya no saldrá de allí.
Durante estos días, ocurre lo inimaginable. Hasta el 27 de abril, viernes, no conseguimos hablar con la doctora para conocer exactamente la gravedad de la enfermedad de mi padre. Esta conversación duró escasamente un minuto y ocurrió de casualidad. Mi hermana estaba con mi padre en la habitación y de repente entra una mujer que manda salir a mi hermana al pasillo. Ésta incrédula, se pregunta quién es, ya que esta mujer no tenía nada que hiciese ver a primera vista que era una doctora (como una bata verde o traje blanco). Inmediatamente después, vuelve a salir esta señora y mi hermana, como es lógico, la pregunta si era la doctora de mi padre y que tal estaba. La respuesta fue rotunda y, “psicológicamente correcta” demostrando el trato humano que rebosaba en la misma: “tu padre está muy mal. Le vamos a poner el primer ciclo de quimioterapia el lunes”. Se fue sin más.
Luego nos enteramos del porqué de su sinceridad: estaba muy estresada porque era la única oncóloga que había para toda la planta ese día. Y me pregunto, por qué lo paga con los pacientes y sus familiares. Qué tenemos que ver nosotros en su estado de ánimo. Por qué no lo paga con sus superiores.
Avergonzados por todo, pero fundamentalmente por lo mal que estaba funcionando nuestro sistema sanitario con nosotros y sobre todo, desesperados por encontrar una solución inmediata a la enfermedad de nuestro padre, solicitamos su informe y las pruebas realizadas para contrastarlas con otros especialistas.
Recibimos otra respuesta tajante por parte de una enfermera: “La doctora ya se ha ido. No se puede hacer nada, es fin de semana, hay puente, y no habrá ningún oncólogo de guardia. Os tenéis que esperar hasta el jueves”. Vergonzoso.
El lunes día 30 de abril recibe la primera sesión de quimioterapia. Seis días después de su ingreso, recibe el primer tratamiento correcto para atajar su enfermedad. Demasiado tarde. Mi padre empieza a tener fuertes dolores de espalda, su movilidad está muy limitada y su respiración depende exclusivamente del oxígeno que le han puesto.
Han pasado cinco días desde que ingresó mi padre y aún no tenemos el diagnóstico confirmado. Por fin, conseguimos hablar con la doctora y pedimos que nos explique realmente que es lo que tiene mi padre, cuáles son sus esperanzas de vida, como va a ser su calidad de vida a partir de este momento, etc... Nos confirma que es un adenocarcinoma de pulmón y que le van a poner un tratamiento con quimioterapia paliativa y no curativa porque tiene el tumor totalmente extendido en su lado derecho y comienza a extenderse en su lado izquierdo. No puede estimar el tiempo que le queda de vida, “pueden ser dos meses o un año, depende como reaccione al tratamiento”. Sería la única y última vez que hablaríamos con ella.
Llega el jueves 3 de mayo, después del puente, y comentamos con las enfermeras y con la doctora los fuertes dolores de espalda que padece y la insistimos de nuevo que queremos su informe para contrastar su opinión con otros especialistas de oncología de Navarra y de la Clínica Anderson. Y lo que nos faltaba, la doctora nos dice que no nos puede dar el informe porque están los ordenadores estropeados y que puede que los dolores de espalda pueden ser debidos a las malas posturas, los días que lleva en cama y a la predisposición de mi padre a la lumbalgia.
Bajamos de nuevo a Atención al paciente y le explico lo que me ha ocurrido. Asombrada de nuevo, me confirma que no tiene que ver nada una cosa con la otra y que haría todo lo posible para conseguir el informe. De nuevo, me comenta que me llamaría en 24 horas. Pero otra vez nada de esto ocurre.
El viernes día 4 de mayo la doctora ve oportuno, al fin, realizar a mi padre una gammagrafía para comprobar si el cáncer se le ha extendido a los huesos y así tratar de explicar su lumbalgia (después de su muerte, comprobamos con su informe que tenia también extendido el ´cancer por su zona lumbar).
Y, lamentablemente, otro fin de semana, el último. Los dolores de espalda no terminan, el cansancio es visible en su cara, le cuesta recostarse en la cama (incluso para comer), le han subido el oxígeno y ya no puede moverse a ningún sitio, ni si quiera al servicio. Sabe que el primer ciclo de quimioterapia no ha servido para nada pero tiene confianzas de que se pondrá bien a partir del segundo.
Llega el día 7 de mayo. Su doctora no está y tiene que ser atendido por otra oncóloga que por problemas de personal, tiene que atender a toda una planta. Como es lógico, no conoce al paciente ni tiene los resultados de las diferentes pruebas realizadas.
Mi padre está cada vez más nervioso porque pasan las horas y no vienen a pesarle para la quimio. Al cabo de un rato, la doctora le comunica que sus defensas están al límite y que, por tanto, no pueden ponerle el segundo ciclo de quimioterapia. Al recibir esta noticia mi padre se pone muy nervioso, empieza a tener sudoraciones y le da otra apnea. Consiguen estabilizarlo, pero en su cabeza alguien le decía que no podía seguir luchando. Sabía que la enfermedad le había ganado este último pulso. Así, después de cenar tiene otro ataque que no podrá superar.

Muere ese mismo día a las nueve menos cuarto. No pudo despedirse de nosotros.
Desde entonces que dolor tenemos todos sus familiares, que impotentes nos sentimos ante determinadas enfermedades. Que trato tan denigrante. Pero hemos llegado a una conclusión, para determinados médicos somos trozos de carne, un número para sus estadísticas. Que falta de humanidad y de ética. Luego se quejan ellos de que se sienten maltratados, ¿Quién es el “maltratador” aquí?
Me gustaría que me respondieran a esa pregunta y a otras tantas que se me ocurren como: ¿Quién organiza las urgencias?, ¿Sirven únicamente para poner escayolas y hacer radiografías?, ¿Por qué no ingresan a enfermos, cuando las plantas disponen de camas?, ¿Qué ocurre en vacaciones con determinados especialistas?, ¿Por qué la doctora que trataba a mi padre sólo habló con nosotros y con él una única vez?, ¿Para qué sirve atención al paciente?, ¿Por qué no hemos tenido el informe de oncología hasta pasada una semana?

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