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Etiquetas:   TEATRO CRÍTICA   -   Sección:  

No estamos locos... ¿Sabemos lo que queremos?

Redacción
sábado, 26 de mayo de 2007, 19:52 h (CET)


Animalario aterriza con la revolucionaria Marat-Sade de Peter Weiss en el Teatre Tivoli de Barcelona

Rafaela Rivas
Aproximadamente el 51% de la población europea ha padecido o padecerá una enfermedad mental a lo largo de su vida... ¿Qué es el dolor? ¿Quién está enfermo, el ciudadano o la sociedad? ¿Cuándo comenzaremos a comprender? ¿Cuándo aprenderemos a ver? Estas, y muchas otras cuestiones, son las que la compañía Animalario lanza al público en su versión sobre el texto de Peter Weiss “Marat-Sade”. El título ya nos adelanta, aunque después nos sorprendamos, lo que vamos a ver: Persecución y asesinato de Marat representado por el grupo teatral de la Casa de Salud de Charenton bajo la dirección del señor de Sade. Y además, un regalito para los que a esto nos dedicamos: teatro dentro del teatro. Una experiencia en definitiva alucinante que a más de uno le sugiere la duda de no saber cuáles son los límites de la representación y de la realidad representada. Sobretodo si tenemos en cuenta que la realidad representada se cimienta sobre el decálogo de la locura, es decir, que nos encontramos ante la supuesta “experiencia terapéutica libre a cargo del equipo médico del Sanatorio Psiquiátrico Doctor Nervión y con la colaboración de la compañía teatral Animalario”.
Una oportunidad así no nos la podíamos perder. Animalario y el Centro Dramático Nacional nos han traído de la capital un montaje muy ambicioso, con un reparto de lujo encabezado por Alberto San Juan (Sade), Pedro Casablanc (Marat) y una excelente Nathalie Poza (Carlota Corday) en los papeles protagonistas. El montaje cuenta también entre su reparto con una de las caras más conocidas de la televisión y el cine actual, Fernando Tejero, que aunque interpreta uno de los papeles más cortos su representación y sobretodo su transformación en el papel de Cucurucú no dejan inmunes al público. Ni ellos ni el resto de actores despunta dentro de esta locura, y no es de extrañar, ya que una de las condiciones que puso el director Andrés Lima para aceptar llevar las batutas de este espectáculo fue la de poder desarrollar un taller de investigación previo. Fue cuando en octubre de 2005 comenzaron una serie de visitas al Sanatorio Esquerdo y a un centro penitenciario de mujeres, con la voluntad de desarrollar tanto con los pacientes como con las presidiarias como con los actores, un taller de teatro en el que se investigara sobre teatro y revolución. Después de un año realizando una visita al mes a cada centro y con la ayuda de la compañía de teatro Yeses en la cárcel de Alcalá II, el resultado es una experiencia apasionante no sólo para los actores sino también para el público que ve transformado el escenario en un sanatorio mental envuelto en pilas de ropa que según la escenógrafa Beatriz San Juan representa la ropa usada de los cadáveres de la Revolución Francesa. Una escenografía excelente con una potencia plástica impactante que evoca un paisaje de suciedad y al mismo tiempo un lugar bonito y cómodo donde jugar a ser otro y no hacerse daño.
Expectación defraudada y polémica servida son algunas de las sensaciones del público después de ver el espectáculo. Personalmente, encuentro que Alfonso Sastre ha actualizado la obra con algunos comentarios que fácilmente involucran al público y lo inmiscuyen en un aplauso generalizado (tales como que abdique el rey, la disolución del ejército o viva la revolución), pero para muchos es imposible olvidar la versión que Marsillach llevó a escena en 1969. La realidad social y política era otra, y el mensaje que propone el texto de Weiss quizás llegaba más al espectador. Es cierto que con la versión musical de Animalario (música de Nick Powell que escuchamos en directo) quizás prestamos más atención a las caricaturas de los personajes y a su movimiento escénico que no tanto al texto, ininteligible algunas veces y caótico en otras, tanto que el público llega a perderse. Por tanto si la intención era según palabras de Lima que “la piedra que lanzó Weiss en 1789 rebote y alcance el siglo XXI”, es decir, volver a provocar y hacer una crítica político-social creo que no lo han conseguido con creces, es un subtexto de la obra, en la que la copulación y el exceso es lo que prevalece finalmente. Mucho más insatisfactorio que provocador parece el final rematado por piezas de ropa que vuelan a una platea que no en todos los casos la recibe con los brazos abiertos. Pero a mi me ha seducido, que quieren que les diga, encuentro que la interpretación es excelente, la escenografía inolvidable y aunque la música no mata hace más ameno el montaje que personalmente pienso que se podría haber acortado, sobretodo la primera parte. No sabemos si Animalario volverá a conquistarnos tanto como quizás lo haya hecho en otras ocasiones como por ejemplo con el montaje de Alejandro y Ana o Hamelin, pero lo que si que es cierto es que atrae, y merece la pena verlo, ni que sea para sumarnos a la comparación o para sumergirnos en una locura compartida y reflexionar sobre el nuestro mundo, sobre la realidad y el peligro, la revolución y locura, Marat y Sade, filosofía y acción, política y sexo, el pueblo y el individuo. Todos son conceptos contrapuestos, la dialéctica crea la contradicción, el conflicto que genera espectáculo en escena y reflexión en el espectador. Locura y teatro... Yo me quedo con una frase de Voltaire: No hay que esperar a que cambien las cosas: ¡cambiemos nosotros!

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