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Villarrubia de los Ojos, Alcázar de San Juan y otros sustos

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 27 de mayo de 2007, 04:07 h (CET)
Es lo que tiene la Mancha que no siempre es tan seca como la pintan o como la imaginamos, y sorprenden, por ejemplo estos afluentes de afluentes que de tiempo en tiempo se despiertan al cobijo de la madre naturaleza y nos pegan unos buenos sustos. Sorprende también el Guadiana que aparece y desaparece en cada uno de sus tramos fluviales, como igualmente sorprende Doña Ruidera con sus numerosas y cervantinas hijas vestidas de agua azuladamente milagrosa, pero también muy peligrosas.

El agua y su potencial fuerza es lo que la hace realmente peligrosa, es entonces cuando el elemento líquido puede pasar de ser increíblemente necesario a ser profundamente odiado.

Tras las trágicas noticias de que toda una población como Villarrubia de los Ojos se ha inundado surgen los comentarios y cuando el río suena ..., ... hay acequia, cauce o arroyuelo que busca un camino natural. En una de estas avenidas dicen que desde siempre corría agua en lugar de coches y que no es la primera vez que esto pasa.

Toda una Villarrubia, como punta del iceberg de los desastres y catástrofes naturales de una región, incluido nuestro Alcazar de San Juan, espera y esperan una respuesta sobre si realmente están condenadas a soportar la amenaza constante o por el contrario debe aceptar la periódica fatalidad según vengan dirigidas las lluvias ocasionales.

En La Mancha hay un dicho popular muy utilizado que reza: “Nunca llueve a gusto de todos” pues desde luego que esta vez, la forma de llover no ha sido a gusto de nadie. Hace años era muy común escuchar y rememorar viejos recuerdos de infancia cuando por culpa de las tormentas, las vecinas se reunían al resguardo de galerías y salas interiores y rezaban oraciones especiales a Santa Bárbara bendita, protectora para las catástrofes naturales, entre truenos y relámpagos, y signos cristianos de santiamén. Vecinas que también comentarían que hasta los truenos suenan distintos y extraños.

Cosechas perdidas en miles de hectáreas, casas destrozadas, pueblos inundados, nervios y miedo, mucho miedo, por lo que con toda la fuerza de su ira, manda el cielo, un cielo amedrentador que es también víctima del temido y amenazante cambio climático.

Hace sólo unas horas que he atravesado conduciendo en solitario una de las peores tormentas de pedrisco, que digo de pedrisco, de piedras, porque eran piedras y pedruscos de hielo. Confieso que nunca he pasado tanto pavor como esta tarde cuando las piedras del tamaño de pelotas de ping-pong comenzaron a botar en el asfalto seco, porque al principio fue una tormenta seca. Los coches que pudieron parar, pararon y otros continuamos a 30 km/hora por una autovía que enseguida cambió su firme gris por un blanco escurridizo repleto de pelotitas perversas con muchas ganas de romper la luna delantera de mi vehículo, de todos los vehículos en la tormenta atrapados.

Justo el día anterior me comentaron que habían visto un coche en siniestro total por culpa de una tormenta parecida con mucho peligro para el conductor por lo que no sólo a Santa Bárbara sino a todos los santos benditos del cielo les recé para que parara o se abriera el cielo.

Pasado el peligro y sin víctimas nos convenceremos de que son catástrofes pero sustos al fin de la loca climatología que nos manda el cielo. Y entre susto y susto La Mancha llora lágrimas de lluvia ante tanto desastre.

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