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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

Cohesión

Daniel Tercero
Daniel Tercero
jueves, 24 de mayo de 2007, 21:29 h (CET)
Cuando todo este malson de los nacionalismos pase, algún sociólogo con voluntad de aportar algo realmente interesante para con sus conciudadanos podrá llevar a cabo la ingente obra de analizar el porqué de su éxito. Los nacionalismos son antidemocráticos, por definición, al postular unas supuestas ideas por encima de otras por el único y exclusivo hecho de ser, de existir como tales. Es decir, las opciones políticas que defienden los partidos nacionalistas son irrefutables racionalmente y se convierten en dogmas de fe por aquellos que las exponen.

En Cataluña sabemos mucho de nacionalismos. Hemos pasado de casi cuarenta años de nacionalismo español a treinta de nacionalismo catalán, si bien es cierto que los primeros fueron obligados y estos segundos voluntarios, lo cual dice mucho -y nada bueno- de la sociedad catalana.

Todos los nacionalismos se sirven de palabras y conceptos que calan fácilmente y son irrefutables. Se creen, y por lo tanto se cumplen a pies juntillas, o no se creen, y entonces uno debe atenerse a las consecuencias del vacío social, en el mejor de los casos, el destierro voluntario, o la muerte física, directamente.

Uno de los ítems de moda en el nacionalismo catalán es la palabra cohesión. De moda digo, pero nada nuevo, ya que es un concepto base de cualquier nacionalismo y recurrido cuando faltan ideas, algo muy habitual. En pos de la cohesión se desgarraron no pocos españoles durante el franquismo y en pos de la misma cohesión se están cometiendo atrocidades en algunas comunidades españolas a comienzos del siglo XXI.

Uno de los argumentos que defienden los nacionalistas lingüísticos, en Cataluña, a la hora de negar la educación en castellano o español para los ciudadanos que así lo deseen es que se podrían formar guetos y estaría en peligro la cohesión social de Cataluña. Claro, y para evitar esto se cohesiona a toda la ciudadanía en la lengua, de las dos oficiales, menos hablada, que menos proyección internacional tiene. ¿Qué tal si para evitar que se rompa Cataluña socialmente nos cohesionamos todos en la religión musulmana? ¿O la budista? ¿Y por qué no todos del mismo equipo de fútbol? Bueno, en esto, están en ello.

Hay palabras que rechinan a arcaico, a rancio, a pueblerino... una de ellas es cohesión. Igual que pueblo. En nombre del pueblo español... en nombre del pueblo de Cataluña... ¿Cuántas atrocidades se han cometido en nombre de conceptos vacuos y abstractos? ¿Por qué existe ese afán en los gobiernos de la Generalidad catalana de intervenir en la vida de las personas?

Imagino que el que les escribe estas líneas será atormentado en el infierno de las religiones nacionales ad infinítum. No me rijo por ninguno de los postulados del nacionalismo catalán, bien visto, y políticamente correcto. Ni en lo deportivo, ni en lo religioso y mucho menos en lo nacionalista. De hecho, pertenezco a un partido político que es el mío, el que lleva mi nombre, y el día que admita a un solo militante más abandonaré la formación política.

Espero, sin embargo, que algún descendiente mío, allá por la segunda o tercera centuria de este milenio, pueda un domingo sentarse en el salón de su casa, coger el libro que un sociólogo habrá escrito sobre la episteme del nacionalismo y preguntarse por qué ocurrió todo esto. Que lo pueda hacer, además, con toda la libertad que nos falta en la Cataluña de principios del siglo XXI.

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