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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Inteligencia menguante

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 24 de mayo de 2007, 21:29 h (CET)
“-Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?

- El vacío es más bien de la cabeza.”


Antonio Machado

El hombre de hoy suele creerse dispensado de ser inteligente. No ya el político, el ejecutivo, el profesional, el artista o el escritor, sino incluso el “intelectual”. No digo con esto que haya menos hombres “inteligentes” que en otras épocas, si por ello se entiende que sus dotes psicofísicas sean inferiores; por el contrario, creo que dentro de lo que llamamos la historia, por oposición a la prehistoria, las dotes del hombre han sido estadísticamente muy comparables. El fenómeno que me inquieta no tiene raíces biológicas o psicofísicas, sino sociales. Se trata de que la inteligencia ha perdido vigencia y prestigio, ha empezado a ser menos estimada, y eso ha producido su mengua.

Hace unos setenta años, la inteligencia irritaba profundamente a muchos hombres -no se podría entender la floración de los fascismos sin tener en cuenta esta actitud-. Pero irritaba precisamente porque tenía prestigio y vigencia, porque se le estimaba enormemente, porque se la deseaba, se la consideraba necesaria, su ausencia se sentía como privación

Esto es lo que ha cambiado; la inteligencia apenas irrita más que a los supervivientes de generaciones que conocieron la situación anterior; ahora más bien es olvidada, omitida, pasada por alto; no se le percibe ni se le echa de menos; apenas se la envidia; no se distinguen bien sus grados. Adviértase que es infrecuente que se elogie a alguien por su inteligencia.

La causa real de la disminución efectiva de la inteligencia en los primeros años del siglo XXI es su deterioro o deslustre; el haber perdido “parte de la estimación o lucimiento que antes tenía”. Porque es menos estimada la inteligencia es menor.

Estamos en uno de los momentos en que los hombres “públicos” han sido menos interesantes. Haga el lector el experimento de intentar recordar quiénes estuvieron al frente de los distintos ministerios del anterior Gobierno encontrará que en inaudita proporción no lo sabe; y cuando lo sabe, apenas sabe más que el nombre del ministro o ministra, sin que el ministro o ministra se presente a sus ojos con una figura personal, con un contenido humano, mental o programático identificable.

Véanse los elogios que se tributan por los críticos a los artistas, a los literatos: rara vez apuntan a la inteligencia, a la compresión de la realidad. Y ¿qué duda cabe de que el arte, no ya en sus formas literarias, sino la música o la pintura, es siempre compresión, interpretación de la realidad, y que puede y debe ser inteligente, aunque no sea conceptual? ¿No es evidente la inteligencia de Leonardo, Velázquez, Rembrandt, Goya o Picasso, la de Mozart, Beethoven, Debussy, Stravinsky o Falla, la del Dante, Petrarca, Shakespeare, Cervantes, Lope, Quevedo, Unamuno, Machado, Juan Ramón Jiménez, Neruda, Vallejo, Octavio Paz, Lorca o Alberti? Yo me pregunto si es algo semejante lo que se busca, lo que se desea, lo que se exige o se estima.

Esa falta de estimación social de la inteligencia como tal, el que haya dejado de ser “requisito”, conduce al descenso de su nivel afectivo. La inteligencia nunca es “segura”, porque no consiste en sus facultades ni en su mero funcionamiento automático, sino en su uso humano, en su ejercicio circunstancial frente a la realidad, en la multiplicidad de sus conexiones con todos los ingredientes de la vida. Cuando no se espera que esto se haga, es imposible que el individuo haga el esfuerzo -siempre penoso, aunque a la vez delicioso- de conseguirlo. Falta la necesidad, el estímulo, más que nada el “contagio”: el pensamiento es algo que se hace normalmente porque se ve como funciona; cuando empiezan a faltar los ejercicios de la inteligencia, es más infrecuente su espectáculo y por tanto su contagio, y por consiguiente, la probabilidad de que se engendren nuevos focos disminuye. Es una reacción en cadena, y muy rápida.

Por estos son posibles las “épocas estúpidas”, en que la inteligencia parece haberse atrofiado, en que casi nadie es inteligente -aunque las dotes permanecen iguales-. Cuando no se espera, reclama, exige una conducta inteligente, se bajan las defensas, se deja que penetre en la mente el tópico, el slogan, la consigna, la moda; y entonces es infrecuente que nadie se encuentre con un ejemplo vivaz, ejecutivo de pensamiento inteligente, y que en él se encienda una luz análoga.

Nada me parece más urgente que la restauración del ejercicio de la inteligencia -lo más dramático del mundo, porque es lo más inseguro-. Sólo de ello me atrevo a esperar que no se malogren las espléndidas posibilidades humanas que ha llegado a tener en sus manos -pero quizá no en su mente, y por tanto en su vida efectiva- el hombre de nuestro tiempo. Y como dijo el poeta: “Saber de verdad es saber / que la inteligencia es lo único / que no se debe perder.”

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