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Los stalkers de Chernóbyl

Tatiana Sinítsina
Redacción
jueves, 24 de mayo de 2007, 21:29 h (CET)
El accidente de Chernóbyl ha producido un peculiar fenómeno: creó sus stalkers. Esta palabra en Rusia (es una palabra inglesa que significa cazador, perseguidor tenaz) se ha hecho popular después de la publicación del libro de los hermanos Strugatski “Partida de recreo en el campo”. El físico Alexandr Borovoi dice: “En el Instituto Kurchátov este título lo merecen los mejores investigadores de la zona de Chernóbyl. Así llamábamos a los especialistas que obtenían valiosos datos trabajando en los locales destruidos del cuarto bloque en condiciones de alto, y en ocasiones demasiado alto, campo radiactivo”.

Los stalkers son, sin duda, gente especial. Para muchos la pugna a brazo partido contra el peligro mortal resultó ser su verdadero elemento. Son justamente ellos quienes obtenían información valiosa sobre los procesos que se producían en el combustible del bloque destruido.

Pero toda situación suele cambiar. La inspección visual iba paulatinamente cediendo lugar a investigaciones de laboratorio, cálculos minuciosos y al análisis de hechos y materiales. Los requisitos de los servicios de dosimetría se hicieron más estrictos. Una parte de los stalkers de Chernóbyl han cambiado de especialidad pero los campos radiactivos los atraían de vez en vez, y ellos partían subrepticiamente para la zona de Chernóbyl sin pedir permiso de los jefes.

Han sido distintos los destinos de los stalkers. Por ejemplo, Édvard Pázujin se hizo Doctor en Ciencias y famoso científico. Ahora es uno de los mejores especialistas en la lava de Chernóbyl. Tampoco se puede dejar de mencionar una stalker maravillosa como Irina Simanóvskaya. “Había pasado casi tres años después del accidente de Chernóbyl –, narra el profesor Borovoi -. Locales del bloque destruido se arrebataban a costa de enormes esfuerzos a la radiactividad. Eso hacía falta para instalar en estos locales equipos de perforación e introducir a través de los taladros nuestros instrumentos con el fin de saber qué peligro nuclear y radiactivo nos acechaba en estas ruinas. Tenía que ver con mis propios ojos los locales en que nadie aún había estado, y fui al “Refugio” (“Sarcófago”). Cuál fue mi asombro cuando vi una luz saliendo de detrás de la puerta: alguien tenía encendida la linterna. Al cabo de unos instantes oí una amable voz femenina: “Buenos días, Alexandr. Aunque, es cierto, que ya nos hemos visto en la reunión”. Desde un rincón oscuro salió una figura vestida de traje protector cargada de instrumentos. En ese instante vi el maravilloso cabello de Irina Simanóvskaya que le salían tercamente de la gorra. En el departamento científico estaba encargada de todo lo relacionado con la desactivación. En los últimos años gastaba la mayor parte de su energía en atender a los trabajadores de Chernóbyl que tenían quebrantada su salud. Pero sólo los médicos sabrán la cantidad de roentgens que recibió ella.”

Irina Simanóvskaya se ha hecho enciclopedia andante de aquellos acontecimientos que sucedían en el bloque destruido. Su trabajo en Chernóbyl dura desde hace ya 21 años. Tampoco ahora Chernóbyl no puede prescindir de ella: la Academia de Ciencias de Ucrania la invita a trabajar allí todos los años.

A algunos de los stalkers la vida sin peligrosas visitas al “Refugio” les parece ya insípida. Con el correr del tiempo iba disminuyendo el interés, empeorando de paso la situación económica de los trabajadores de Chernóbyl porque ya dejaron de pagarles gratificaciones por condiciones de trabajo nocivas para la salud. Poco a poco iban cayendo en el olvido, igual, por cierto, que muchas otras personas que arriesgaban su vida y su salud en aras de la sociedad. Esta circunstancia los hacía sufrir psicológicamente, y no todos tenían suficiente fuerza de carácter y sabiduría para aguantar en esta nueva situación. Lo más probable es que es justamente a este hecho al que se deben muchas “noticias sensacionales acerca de Chernóbyl”.

Primero en revistas extranjeras y luego en la prensa rusa comenzaron a publicarse artículos que contenían testimonios de quienes habían recibido en Chernóbyl muy altas dosis de radiación. La revista “Sobesédnik”, por ejemplo, decía que Konstantín Chécherov del Instituto Kurchátov en diez años de trabajo cogió 2000 roentgens (a título de información diremos que una dosis de 500 roentgens supone un síndrome radiactivo garantizado). La prensa hasta llamó a los médicos a investigar el fenómeno. Pero, ¿cómo se podía confirmar que ese hombre recibió esta elevada dosis que equivale a la muerte?

Ahora se vocea que un stalker experimentado afirma que no hace falta gastar dinero en el “Refugio-2” porque el reactor de Chernóbyl está vacío: todo el polvo se esparció ya en el momento de la explosión. Primero, para esta “noticia sensacional” cedió sus páginas el diario “Berliner Zeitung”, luego esa patraña la repitieron en mil versiones muchas ediciones de Internet, explotando las frases trilladas proferidas por Konstantín Chécherov. En esos artículos se recalcaba que por fin “el mundo escuchará la verdad”. Pero, ¿cómo se puede creer a puño cerrado una “verdad” basada en criterios poco fundados? Chécherov afirma que nadie como él ha estudiado tan minuciosamente todo lo relacionado con el accidente de Chernóbyl. Pero, ¿se puede prescindir de las conclusiones sacadas por muchos especialistas cualificados quienes afirman que las ruinas encierran aproximadamente 50 millones de curios?

Yevgueni Vélijov, presidente del Centro Científico de Rusia Instituto Kurchátov se siente preocupado: “Una cosa es cuando Chécherov dice lo que le entre en gana como persona particular. Pero es absolutamente distinto cuando se presenta como trabajador de nuestro Centro, actuando de esta manera en nombre del Instituto Kurchátov. La gente puede tener la impresión de que estas son las conclusiones a que llegó el Instituto, lo que no corresponde a la verdad”.

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Tatiana Sinítsina, para RIA Novosti.


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