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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Una lucha desigual entre el Bien y el Mal

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 23 de mayo de 2007, 21:13 h (CET)
Hay formas y formas de enfrentarse a unas elecciones. Hoy en día, vista la catadura de los contendientes en liza, poco se puede esperar de ellos en cuanto a conservar las buenas maneras o a enfrentarse con honor al adversario político; más bien todo lo contrario. Se trata de destrozar al adversario utilizando para ello cuantos medios, trucos, artimañas, maldades y descalificaciones sean necesarias. En consecuencia, cualquier formación política que, por bisoñez o fé en el electorado, se imagine que podrá llegar a buen término con un candidato honrado, bien preparado académicamente, veraz, buena persona y trabajador; mejor será que renuncie y se dedique a cualquier otra actividad.

En España tenemos, en la actualidad, un ejemplo palpable de lo que he reseñado en el párrafo anterior. Si nos detenemos a examinar al perfil del lider del PP señor Mariano Rajoy, nos encontraremos con un hombre probo, distinguido, un prodigio de buenos modales, íntegro y con un expediente académico inmejorable; incluso, se le puede considerar un buen polemista y tiene sentido del humor. Pero es una buena persona, un hombre incapaz de prepararle una trampa a nadie, un personaje que no sabe mentir ni dirigir su, indudable, sagacidad a destrozar la honra de su rival ni a buscar en él o en su familia un fallo al que poder agarrarse para desacreditalo. Estas cualidades, que a cualquier ciudadano le parecerían inmejorables y una garantía para dirigir el gobierno de la Nación, por increible que pueda parecer, en un político de los que hoy se estilan, son más bien inconvenientes.

Observemos, sin embargo, a su adversario político, el señor Rodriguez Zapatero. Un oscuro militante del PSOE de León, uno que estuvo arrastrando el fondillo de sus pantalones por el Congreso sin que nadie se fijara en él, una sombra que nadie conocía vegetando bajo la tutela del gran Felipe González. Pero el destino tiene recovecos difíciles de prever y todavía más árduos de comprender y, vean por donde, de la noche a la mañana, sin comerlo ni beberlo, más por los fallos de sus antecesores en el cargo que por méritos propios, se ve encumbrado a la cúspide del partido socialista. Alcanzado el poder, no tarda en deshacerse de aquellos que le ayudaron a conseguirlo, para formarse su propia camarilla de fieles colaboradores. ¿De dónde consiguió sacar tantas nulidades? Es difícil de saber, pero el hecho es que supo rodearse de un sanedrín de fieles vasallos que han aprendido a cumplir sus órdenes sin rechistar y a atenerse a sus más mínimos sus deseos sin preguntarse si éstos son políticamente correctos o no.

Hombre de aspecto afable, de conversación escueta y pausas sincopadas, ha tenido la habilidad de explotar una sonrisa, a medias entre la de mister Bean y la del Lobo Feroz, pero que, en todo caso, le ha valido para conquistar a la parroquia; primero a la socialista y, más tarde, a muchos ciudadanos inocentes –carentes de la malicia necesaria para descubrir lo que se esconde detrás de la máscara de un político –; que han visto en él a un héroe capaz de librar a España del azote terrorista. En realidad, este look no es más que la piel del cordero que oculta la verdadera personalidad del sujeto en cuestión. Debajo de ella encontramos a un peronaje frío, no muy inteligente, pero lo bastante listo para saber como manejar sus cartas para que parezcan un poquer de ases aunque sólo tenga una pareja de nueves. Como muchos de los de su especie se caracteriza por empeñarse en un proyecto, por muy inverosímil que pueda ser y por muy desacertado que resulte para los intereses del país, y luchar por él aunque, para ello, tenga que saltarse los obstáculos que se le pongan delante, llámense leyes, llámese oposición o llámese ética. Su filosofía entra de lleno en los planteamientos de Maquiavelo y, por ello, no duda en sacrificar a cuantas personas, organizaciones o colectivos se le crucen en el camino, utilizando sin vacilar todos los recursos que el poder pone en sus manos. Sabe utilizar al Fiscal General, que depende de él; a los ministros, que actúan a su dictado y si alguno, en un rapto de honradez, se le opone, pronto encuentra el camino para deshacerse de él. Sabe escurrirse con habilidad de las situaciones adversas, olvidarse de los temas incómodos y mentir, mentir con increible facilidad, mentir sin que ni un solo músculo de su cara se mueva ni su fría mirada se altere en lo más mínimo.¡Si hay Dios será testigo de que no hay otro alter ego suyo en todo el universo orbe! El Frégoli de la caracterización, el Hudini del escapismo político y el Buster Keaton de la pantomima gestual, el señor Rodriguez Zapatero, es la imagen viva del diablo encarnado para reinar en la arena política.

Ante una disparidad semejante, cómo podemos confiar los ciudadanos de a pie en que se produzca el milagro de que, el ángel Mariano, sea capaz de derrotar al espíritu tenebroso, al Rasputín insinuoso y al Stalin frio y calculador, Rodriguez Zapatero que, por más INRI, tiene sus hormonas embebidas del rencor vesánico trasmitido, desde el más allá comunista, por sus lares familiares. Ni San Miguel arcángel, con su espada flamígera, es capaz de sacarnos del apuro a los diez millones de ciudadanos que buscamos que nos libren de esta pesadilla que, cada vez más, se cierne sobre nosotros como un tornado letal que amenaza con engullirnos para, luego, escupirnos inermes en un país desconocido, un nuevo paraiso socialista como el que prometía Stalin a sus correligionarios que enviaba a Siberia. ¡Qué Dios nos coja confesados!

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