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Incomunicación

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 23 de mayo de 2007, 21:13 h (CET)
Sebastià Serrano, profesor de comunicación en la Universidad de Barcelona aconseja dedicar tres cuartos de hora diarios a hablar con la gente. El docente considera la charla como una excelente terapia para mantener la salud mental. Vaciando el buche hablando con el vecino tal como se hacía antaño que las personas se sentaban en la calle compartiendo las noticias del día, es una buena manera de descargar las angustias que le hacen a uno mal vivir. Hoy sea por las presiones que nos obligan a ir por la vida sacando dos palmos de lengua, o por los desengaños que nos han producido el trato con otros individuos, lo cierto es que cerramos la puerta de nuestra alma y le colgamos el cartelito «NO MOLESTEN». Este aislamiento voluntario, en gran parte, nada tiene que ver con los desengaños y las presiones del mundo moderno. Se debe al alzamiento de un muro de separación entre «YO» y el «OTRO». Este aislamiento degradante de la calidad de vida es la consecuencia del alejamiento que se ha producido entre Dios y el ser humano. El Señor no es quien lleva la iniciativa en esta ruptura de relaciones. La voz cantante la lleva el hombre que no quiere dejarse escudriñar por los inquisitivos ojos divinos. Tan pronto como la criatura deja de comunicarse con Dios se rompe la saludable relación hombre con hombre. Si no es por cuestiones estrictamente profesionales o por una exigente necesidad, no se da el diálogo entre los humanos. De producirse algún tipo de comunicación, las pocas palabras que brotan de los labios son para tratar cuestiones banales como puede ser el tiempo que hará mañana o el próximo fin de semana, del embarazo de la famosa del día o de la separación de una pareja de conocidos astros de la pantalla. Se llega al extremos que se tiene que utilizar el sacacorchos para extraer un buen día cuando se entra en una tienda o, dos personas se encuentran en un ascensor.

Analizando la filosofía de Sabastià Serrano pronto se descubre su creencia evolucionista. Según esta filosofía el ser humano es el resultado de la auto modificación de la materia. Teniendo nuestro profesor esta ideología no nos ha de extrañar que se fije exclusivamente en los aspectos psicológicos del ser humano y se olvide, porque no cree, de su espiritualidad.

Consciente o inconscientemente, la mayoría de las personas son evolucionistas. El ser humano no es nada más que materia que ha llegado hasta el estadio más alto en su carrera evolucionista. La aceptación masiva de esta creencia nos ha llevado hasta el individualismo extremo que prevalece en nuestros días. Debido a la extraordinaria multiplicación de la especie humana gracias al desarrollo de la medicina, de una alimentación más saludable y de otros avances sociales, vivimos apretujados como sardinas. Pasear por la calle se ha convertido en una carrera de obstáculos que se han de evitar. En nuestros pueblos y ciudades masificados, nuestra conversaciones se reducen a un “hola, ¿cómo estás?” y, poco más. Si creyésemos en la teoría evolucionista la interpretaríamos en un sentido negativo, de retroceso: hemos perdido el uso del habla. Nos encontramos en una situación que más bien parece que tengamos un nudo en la garganta que nos impide hablar.

El mutismo imperante no es un problema de voluntad que se soluciona con el compromiso de charlas tres cuartos de hora diarios. La cuestión es que no vemos a la persona que tenemos enfrente como a nuestro prójimo a quien hemos de ayudar. Ver al ser humano que tenemos a nuestro lado como persona necesitada nada tiene que ver con la voluntad, sino del hecho de que uno se haya convertido en un hijo de Dios por la fe en Jesucristo. La consecuencia inmediata de dicha conversión es que se empiezan a formar los sentimientos de Dios. El Señor ama al hombre y por ello le hace partícipe de sus sentimientos de bienestar y de felicidad si obedece sus mandamientos y de castigo si los desobedece. El amor inmenso que siente por nosotros le mueve a tomar la iniciativa en un intento de dialogar con quienes no queremos hacerlo. Nos negamos a hablar y Él no se cansa de volver a intentarlo.

Cualquier persona, hombre o mujer, tocada por el amor de Dios, al igual que éste, toma la iniciativa para comunicarse con su prójimo, compartir con él, en un intento muchas veces fallido de eliminar el mutismo que les mantiene incomunicados. Nunca debe olvidarse que la comunicación es cuestión de dos. Si uno de ellos tiene los labios sellados con una cremallera, la comunicación jamás se produce.

El problema de comunicación que denuncia Sebastià Serrano es una evidencia del alejamiento de Dios del hombre de nuestro tiempo. Se intenta subsanar las consecuencias de este alejamiento con terapias psicológicas que de alguna manera no son nada más que un nuevo modelo de delantales de hojas de higuera que Adán y Eva confeccionaron al inicio de la Historia para tapar la fealdad del estado deplorable en que se encontraban por haberse alejado de Dios.

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