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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El descontento

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 21 de mayo de 2007, 21:57 h (CET)
“Alegraos por fin los carcomidos,
los desplomados bajo la tristeza:
salid de los vivientes ataúdes,
sacad de entre las piernas la cabeza,
caed en la alegría como grandes taludes.”


Miguel Hernández

El descontento es la condición misma del hombre, y el divino estímulo que permite conseguir todo lo que vale la pena. El hombre fracasa siempre, y lo da por bien empleado, y vuelve a empezar. Eso es ser hombre, y al que no le guste, puede dedicarse a ser otra cosa. Pero el descontento, para ser verdadero y valioso, tiene que ser concreto: de esto, de aquello que está mal, que reclama rectificación, corrección, reforma, cirugía, extirpación -según los casos-. El descontento universal y absoluto es una estupenda coartada para no hacer nada, para recaer en el más abyecto conformismo y confiarlo todo a las calendas griegas o a la insincera esperanza de derribar el templo para que caiga Sansón con todos sus filisteos.

Los principios de este último siglo, los que me hacen sentir orgullo y alegría de haberlo vivido, podrían enumerarse así: libertad frente al pasado, pero no olvido del pasado para que no pueda volver; capacidad de ponerlo todo en cuestión, dominio de la realidad; conciencia real de fraternidad, que abarca el mundo entero.

Los hermanos se pelean, pero se pertenecen; eso es la concordia: la decisión de vivir juntos, de dejarse mutuamente ser, por supuesto sin estar de acuerdo.

Un factor más de la época en que estamos; es la solidaridad que hoy existe en dosis antes desconocidas. Sabemos todo lo malo que pasa en todas partes y nos importa. Nos dolemos de los muertos de las guerras y de las pateras, del hambre existente en el mundo, de los torturados por los fanáticos, del niño andino que no irá a la escuela, del negro americano a quien se niega el derecho de entrar en un hotel, del niño gitano español a quien se le niega el derecho de entrar en una escuela, del escritor procesado en este o en aquel país, de los asesinados por las bandas terroristas .En los principios del siglo anterior pasaba todo eso y mucho más; pero apenas se decía, apenas se sabía, un oscuro telegrama, la sexta página de un periódico, nadie decía nada, porque a casi nadie le hubiera importado.

Cuando se me propone volver la espalda a todo lo que significa estos primeros años del siglo XXI en el mundo occidental, echarlo todo abajo y renegar de ello, tengo que contestar: “Gracias, no “. Prefiero entrar de verdad en ese mundo, sentirme descontento de lo mucho malo que todavía tiene, e intentar, con alegría de ser posible, que el primer cuarto del siglo que tenemos delante, si por azar llegara hasta su fin, no me hiciera mirar con nostalgia al último cuarto del siglo XX.

Este es el mundo en los principios del XXI. Se presenta como una gran empresa incitante, como una inmensa posibilidad. Todo está por hacer, pero ya se ve cómo hay que hacerlo. Nada me parece más tentador.

Recuerdo la frase de Chastellux: “Vosotros los que vivís, y sobre todo empezáis a vivir, en el siglo XVIII, regocijaos”. Yo me volvería a todos los jóvenes de hoy, a todos los que no son muy viejos, y les diría: Vosotros que vais a vivir en el siglo XXI, alegraos.

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