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Etiquetas:   Políticamente incorrecta   -   Sección:   Opinión

La España de las castas

Almudena Negro
Almudena Negro
@almudenanegro
lunes, 21 de mayo de 2007, 21:56 h (CET)
Que los políticos se dediquen todo tipo de epítetos entre ellos es algo que el ciudadano español, y más en campaña electoral, se toma como algo natural. Ahora, el que un candidato arremeta contra otro esgrimiendo contra él su vida privada ciertamente no es algo habitual. Y esto es justo lo que hizo durante el debate televisado de TVE el candidato socialista a la alcaldía de Madrid. Que entre Alberto Ruiz Gallardón y Montserrat Corulla, presuntamente la principal testaferro de Juan Antonio Roca –ya saben, el del Miró colgado encima de la bañera que se lo habría llevado crudito de Marbella-, había una relación personal era bien sabido –y ocultado-. El juez Miguel Ángel Torres se negó a adjuntar al sumario la transcripción de las conversaciones telefónicas entre la bella abogada y “Alberto 2” alegando que dichas conversaciones se limitan al ámbito de lo estrictamente privado. Ni rastro de tráfico de influencias o tratos de favor. Nada de corrupción.

Tan bochornosa, mezquina y premeditada fue la actuación del señor de Intermoney al intentar mezclar la vida privada del alcalde más socialista del PP con la operación “Malaya” que se armó la de San Quintín y casi todos sentimos vergüenza ajena. Al día siguiente, los programas más culturales de la televisión, por ejemplo, “Aquí hay tomate”, se hicieron eco de lo sucedido. Y entre los políticos (y los periodistas) cundió una mezcla de pánico, asombro e indignación.

ABC retiró el blog que el candidato socialista tenía en Vocento. El Partido Popular, como si lo de la Oficina Económica de elaboración de dossieres contra presidentes de compañías privadas no fuera bastante, afirmó que Sebastián había quedado inhabilitado de por vida para la política. Compañeros del PSOE e IU aseguraron haber sentido vergüenza ajena. Y todos juntos acusaron al colega de Arenillas de haber roto una regla de cortesía no escrita. Y la prensa, en el colmo de la hipocresía, al tiempo que la historia ocupaba sus portadas, denunció la vulneración de la intimidad del político.

Que quede claro: en mi opinión utilizar la vida privada de las personas para arremeter contra ellas profesionalmente e intentar destrozarlas, por mucho que sea la táctica habitual de los totalitarios de todos los pelajes desde los tiempos de Maricastaña, es un atentado contra la libertad de las personas, no está nada bien y merece todo el reproche de la sociedad.

Sin embargo, no acabo yo de entender por qué esta escándalo por la violación de la intimidad se circunscribe al ámbito de los políticos. Ni por qué en España esto horroriza tantísimo a los mismos que ni se inmutan ni alzan la voz por desconocer, pasados casi tres años, qué estalló en los trenes el 11 de marzo de 2004. Además, ¿acaso no es igual de bochornoso, zafio y poco profesional debatir acerca de si el hijo de la Pantoja ha visitado no sé qué burdel o emitir imágenes de su tío ejerciendo de Ernesto de Hannover por las calles sevillanas? ¿Y desvelar la vida íntima de tal o cual empresario, cantante o actor? ¿No sería ello igual de escandaloso? Siendo esto la tónica habitual de casi todas las televisiones ¿a qué tanto escándalo cuando se habla de la vida privada de un político?

Típico clasismo de la Europa que, pese a tanto presumir de igualdad o democracia, añora el clasista y aristocrático Antiguo Régimen y considera que los políticos son los que saben lo que le conviene al pueblo, al que, naturalmente, consideran tonto de remate. Y como gracias a Dios existen los políticos, estos, creen los prejuiciosos, deben gozar de un estatus diferente al del albañil. Pues bien, no en todas partes se considera a los políticos, periodistas y jueces miembros de una casta superior exenta de padecer los mismos sufrimientos que sí padecen otros personajes populares, sino que se considera a todos los ciudadanos como a iguales. El albañil como el político. Hablo de ese país tan denostado que se fundó sobre una base que ya quisiera para sí Europa: la igualdad entre las personas.

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