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Hergé y Tintín, dos iconos del siglo XX

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 20 de mayo de 2007, 22:02 h (CET)
- Quisiera hablar con el señor Tíntín, dice el hombre vestido de verde, descubriendo su cabeza.

- ¿Para qué? ¿Usted se llama también Rackham el Rojo?, le pregunta el capitán con tono desabrido.

- ¿Sí?

-No. Le pregunto si usted se llama Rackham el Rojo.

- ¡Ah!

- ¡LE PREGUNTO SU NOMBRE!

- Hable un poco más alto. Soy un poco sordo.

- ¡SU NOMBRE!

- ¿No? Qué pena, pero volveré ... Hubiese querido hablar con el señor Tintín.

Con esta conversación, hilarante, sorprendente y kafkiana, incluida en el álbum ‘El tesoro de Rackham el Rojo’, se incorpora a la serie de TINTÍN, uno de sus más logrados personajes secundarios: Silvestre Tornasol, científico de primer nivel, sordo y un poco despistado, que se abrirá pronto un hueco por méritos propios en las correrías del periodista belga y de su fiel compañero, el alcohólico Haddock, capitán de barco, al que Bianca Castafiore rebautiza frecuentemente con apellidos tales como Kodack, Kosack, Kolback o Karbock. Siempre pensé que al traducir el nombre de Tornasol al castellano, alguien se acordó de un libro de Pío Baroja, ‘Aventuras y mixtificaciones de Silvestre Paradox’, cuyo protagonista guarda similitudes con el hombre del abrigo y sombrero verdes, péndulo y paraguas. La llegada de Tornasol a la serie significa la aparición del humor. Un tipo como él proporciona mucho juego en cualquier relato. Y Hergé, Georges Remy (Etterbeck, 22 de mayo de 1907-Bruselas 3 de marzo de 1983), lo sabía. Y lo que es mejor todavía, manejó hábilmente estas posibilidades cómicas en los álbumes de Tintin, reportero trotamundos, al que jamás hemos visto escribir un artículo o despeinarse para entregar una crónica urgente antes del cierre de edición.

Caí en las redes de Tintín muy pronto, con aquellos ejemplares de tapa dura, lomo de tela y letras doradas, publicados hace mucho tiempo por la editorial Juventud. Y sigo atrapado en ellas. Es raro el año que no repaso si no todas, al menos unas cuantas de sus aventuras. Es Tintín un cómic seriado que soporta muy bien el paso del tiempo. Es más, a medida que los años van sucediéndose, las aventuras del joven imberbe y del mechón rubio adquieren una pátina de romanticismo, de tiempos pasados, de intemporalidad, que todavía las hace más apetecibles. En este sentido, a Tintín le ocurre como a los libros del francés Julio Verne: envejece bien.

Leer Tintín y sus aventuras es comprender que no hay nada nuevo bajo el Sol. Es observar que, a pesar de los años que transcurren uno tras otro, con el goteo irremisible de las hojas del calendario, todo sigue igual. En Tintín están los regímenes totalitarios (‘Tintín en el país de los soviets’ o ‘El asunto Tornasol’); las dictaduras militares sudamericanas (‘La oreja rota’ o ‘Tintín y los Pícaros); el tráfico de esclavos negros (‘Stock de coque’); el contrabando de estupefacientes (‘El cangrejo de las pinzas de oro’); las conquistas espaciales (‘Objetivo: la Luna’ y ‘Aterrizaje en la Luna’); las aventuras de siempre (‘El secreto del Unicornio’ y el ‘Tesoro de Rackham El Rojo’); las visitas de los alienígenas (‘Vuelo 714 para Sydney’); la lucha por el petróleo (‘Tintín en el país del oro negro’); el colonialismo (‘El loto azul’); el descubrimiento de civilizaciones perdidas (‘Las siete bolas de cristal’ y ‘El templo del Sol’); la falsificación de billetes (‘La isla negra’). También tuvo Hergé tiempo de homenajear al científico francés, nacido en Ucrania, Jacques Bergier, autor del celebérrimo libro ‘El retorno de los brujos’ en otro de sus álbumes: ‘Vuelo 714 para Sidney’. No hay duda, pues, de que Tintín es un compendio de situaciones universales, tratadas en forma de cómic, con el triunfo, siempre garantizado, del bien sobre el mal. Cosa que, por desgracia, no ocurre siempre en el mundo real, aunque a todos nos gustaría que así fuese.

Como serie, Tintin ofrece dos etapas bien definidas. Una primera, en la que el periodista del ‘Petit Vingtième’ se maneja solo en su lucha contra el Mal, ayudado en cada momento por colegas ocasionales, provisionales. Son los primeros álbumes, los que van desde ‘Tintín en el país de los soviets’ hasta ‘El Cangrejo de las pinzas de oro’, donde se incorpora su ya inseparable, a partir de entonces, capitán, Haddock. Con su llegada, las aventuras se vuelven algo más complejas. La ayuda del capitán, en algunos momentos una auténtica rémora por su alcoholismo, planteará siempre nuevas situaciones que tendrán que resolver entre ambos. Tintin ya no está solo y, por tanto, no depende exclusivamente de sí mismo para salir airoso de las situaciones comprometidas en las que Hergé lo embarque. Haddock, además, aportará su retahíla de insultos y epítetos impagables: archipámpano, bebe sin sed, marino de agua dulce, filibustero, que lo lleven los demonios, cafre, estropajo, sinvergüenza, ganapanes, ectoplasmas, bachi-bouzouks, zulúes, mil rayos, etcétera. Pero Haddock no llegará solo con sus "palabrotas". Con él vienen otros personajes que enriquecerán notablemente la serie: el ya citado Silvestre Tornasol, que le ayudará económicamente al capitán para poder adquirir Moulinsart, el castillo de sus antepasados; Néstor, el mayordomo, al que algunos tachan de xenófobo; Bianca Castafiore, el Ruiseñor de Milán; el contramaestre Allan y un vendedor de todo, pelmazo y empalagoso, Serafín Latón, un auténtico coñazo, inoportuno a más no poder, y al que espero no encontrarme nunca llamando a la puerta de mi casa para venderme alguna batidora, secadora o cualquier otro artefacto terminado en dora. Tampoco puedo olvidar a otros personajes que ya aparecían cuando Tintín funcionaba solo por esas páginas de Dios: Rastapopoulos, Tchang y Hernández y Fernández, o Dupont y Dumond, los gemelos del bombín, terno y bigote negros (¿tal vez un guiño al Poirot de Agatha Christie?) y del bastón torpe, representantes del policía metepatas pero que, casualmente, casi siempre terminan por conseguir sus objetivos de modo indirecto. Lugar preponderante merece el perro Milú, ese fox-terrier que acompaña a su amo en todas y cada una de sus aventuras. Un perro hablador, con problemas de conciencia (dicotomía bien-mal) y aficionado, sin duda por culpa de Haddock, al buen whisky escocés.

Ciertos sectores acusaron a Hergé de racista. En su momento el dibujante belga manifestó que en el lenguaje del cómic, la única manera de entenderse era a través de la caricatura. Y la caricatura no es sino una exageración de las características de los grupos humanos. Aceptar ciertos estereotipos del momento, era la única forma de hacer que los álbumes funcionasen y se entendiesen como tales. Quizá como también el mismo dibujante reconoció, sus imágenes sobre los judíos constituyeron un error. Pero sólo tuvo conocimiento del holocausto una vez finalizada la guerra, cuando se descubrieron los horrores nazis. También se le acuso de colaboracionista, ya que continuó dibujando durante los tiempos de la ocupación de Bélgica por los alemanes. De este época son los álbumes ‘El cangrejo de las pinzas de oro’, ‘El secreto del Unicornio’ y ‘El tesoro de Rackham el Rojo’. En estos dos últimos, por primera vez, Hergé repartió una misma aventura en dos volúmenes. Al final de la contienda, llegó el momento de la depuración. Pero la purga duró no demasiado. A la opinión pública belga le pareció excesivamente duro sentar a Tintin en el banquillo de los acusados. Y así poco después, Hergé retomó la publicación de sus aventuras, con un nuevo título: ‘Tintín en el templo del sol’.

En 1950, apareció el doble álbum sobre la aventura espacial: ‘Objetivo: la Luna’ y ‘Aterrizaje en la Luna’, un alarde de imaginación y de confianza en los avances tecnológicos del ser humano por parte del dibujante belga, quien, mucho antes de que Armstrong hollara el suelo lunar, creía firmemente en la llegada del hombre a la Luna. Estos dos libros fueron editados once años antes del lanzamiento del primer ‘sputnik’ y diecinueve antes del primer alunizaje.

‘Tintin en el Tibet’ es un álbum homenaje de Georges Rémy a la figura de su amigo Chang Jong-Zen, quien en su juventud le abrió los ojos al conocimiento de la civilización oriental. Casi cincuenta años después, Chang Jong-Zen regresó a Bruselas para encontrarse con su viejo amigo del alma, afectado de una grave enfermedad, y que apuraba sus últimas bocanadas de vida. Las imágenes en deuvedé del reencuentro de los dos amigos son realmente entrañables. Mientras las contempla, uno tiene que hacer verdaderos esfuerzos para contener las lágrimas que pugnan por asomarse a las pupilas.

Gráficamente, la colección también evoluciona, sin perder jamás un ápice en la pureza de trazo del dibujante belga. Tintín y el capitán Haddock se estilizan. En los primeros álbumes, el reportero tiene una cabeza más bien redondeada y grande, tipo chupa-chup, que después se apepinará lo suficiente para cambiar su aspecto. Haddock, por su parte, adelgaza y, a pesar de que conservará su tradicional indumentaria de marino mercante, adquirirá otro aspecto, más distinguido, como si Hergé, con un trabajo gráfico subliminal, tratase de advertirnos que el borrachín empedernido que era, ya no lo es tanto y que si, bien, de vez en cuando se toma unas copas, eso entra dentro de las conductas sociales "normales". En resumen, tácitamente, Haddock adquiere la "dignidad" del ser humano rehabilitado, de quien consigue rechazar los efectos nocivos que el abuso del alcohol conlleva.

Algo que siempre llamó mi atención es lo cuidadoso que fue siempre Georges Rémy en el dibujo de sus escenarios. Y nada más cierto. Documentales y estudios recientes sobre el historietista belga, nos lo muestran como un obsesivo coleccionista de fotografías, recortes de prensa e incluso maquetas, que le sirvieron como decorados para sus aventuras. En este sentido, son especialmente relevantes las imágenes de los barcos, de los puertos – Hergé llegó a involucrarse personalmente en asuntos de la navegación – y de los países que visitó Tintín: Nepal, India, China, Rusia, Estados Unidos, el continente Africano, Marruecos, las zonas desérticas, etcétera. No hace falta mencionar el minucioso trabajo desplegado cuando se trata de entornos urbanos, auténticas fotografías en que las que integró a sus personajes como un elemento más del paisaje. Para este trabajo tan ingente, Hergé contó con un importante equipo de colaboradores, algunos de los cuales construirían después su propia carrera como dibujantes. Es el caso de Edgard P. Jakobs (‘Blake and Mortimer’), Bob de Moor (‘Cori el grumete’ o ‘Las aventuras del señor Barelli’) y Jacques Martin (‘Alix’). Sin embargo, es evidente en todos ellos la influencia de Hergé, algo que se ha convenido en llamar la estética de la ‘línea clara’. Según el especialista en cómics, mi paisano, Álvaro Pons, esta tendencia estaría basada en tres premisas esenciales: "la pura y estrictamente formal, caracterizada por una línea de trazo limpio y colores planos [...] la narrativa, definida por la simpleza compositiva, que establece la composición lineal de la historia [...] Y, por último, en la temática, enmarcada siempre en el género de aventuras, destacando el concienzudo trabajo de documentación del que se acompaña".

Es satisfactorio comprobar que el trabajo de Hergé como ilustrador e historietista no ha caído en saco roto. Todo lo contrario. En este momento, Tintín es un personaje conocido en todo el mundo, traducido a todos los idiomas, un ser de tinta y papel que ha motivado la aparición de un nuevo tipo de aficionado: el tintinófilo. A todo ello, claro, ha contribuido una sabia promoción comercial, una red de merchandising que abarca desde insignias hasta estatuas, atravesando por los tradicionales pósters, alfileres de corbata, camisetas, chapas, fondos de pantalla para ordenador y móvil, etcétera. Tintín es casi un personaje de referencia, alguien en quien, involuntariamente, pensamos de vez en cuando en nuestra vida diaria y al que, también inconscientemente, recurrimos cuando nos encontramos en situaciones parecidas a las que vivió, vive y vivirá siempre. Tan es así, que un escritor de tanto prestigio como Arturo Pérez-Reverte, no tuvo inconveniente en incluir entre las páginas de su novela ‘La carta esférica’ continuas menciones al álbum ‘El tesoro de Rackham el Rojo’ y un poeta, articulista y escritor como Luis Alberto de Cuenca, también ha hecho pública su condición tintinófila.

No he querido cerrar este artículo sin incluir la opinión que Hergé tenía sobre su propia criatura. "Tintín representa una mirada atrevida y escéptica al mismo tiempo del mundo. La seriedad y la sonrisa en una misma historia van unidas, son una misma cosa pero distintas, son como el anverso y reverso de una misma moneda [...] En realidad, cuando el capitán se enfada, se parece a mí cuando me enfado. Cuando Tornasol está distraído, soy yo el distraído. Los Dupont hacen una tontería, soy yo cuando hago una tontería. En realidad, Tintin soy yo en cierto modo". (Hergé, ‘Moi, Tintin’).

Mientras escribo esto, tengo frente a mí un Tintín de un metro de altura con su fiel e inseparable Milú, recortados en madera, no vean, trabajo fino de marquetería, que me acompañan cuando me siento a escribir para ustedes, mis improbables e invisibles lectores. Desde que me los regalaron, han estado siempre conmigo, acompañándome y prestándome su sonrisa entrañable y su saludo amistoso. Y en el centenario del nacimiento de Hergé, que se cumple el próximo día 22 de mayo, quiero estar presente y manifestar la enorme suerte que tuve, tengo y espero que tendré durante mucho tiempo, de poder volver un año tras otro sobre las aventuras de Tintín y sus amigos.

Hergé y Tintín. Tintín y Hergé. Dos iconos del siglo XX.




Imagen de un cómic de Tintín.



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