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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La despolitización

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 19 de mayo de 2007, 22:17 h (CET)
“Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuestión de medida:
un poco más, algo menos...”


Antonio Machado

“El que no se ocupa de política es un hombre inmoral; pero él que sólo se ocupa de política y todo lo ve políticamente es un majadero”, escribía Ortega. Pienso que esta frase debería estar permanentemente ante nuestros ojos. Gran parte del mundo actual está en una de esas dos actitudes; lo que significa, si Ortega tenía razón, que buena parte de nuestros contemporáneos son inmorales, y una fracción considerable resultan ser unos majaderos.

Pero ¿qué quiere decir “ocuparse de política”? Vivimos en un tiempo en que no hay política. ¿Y qué hay en el lugar de política cuando no la hay? La respuesta no es fácil, ni es única. Se llama política -abusivamente- a los manejos a que se entregan los grupos que tienen acceso al poder, para repartírselo o excluirse alternativamente o aprovecharlo de diversos modos, de espaldas a la sociedad que “asiste” pasiva y más o menos resignada a ello, que se entera por los periódicos o la televisión de qué le va a pasar, de quién es bueno y quién es malo. Pero, naturalmente, eso no es política.

Política es vida pública, publicidad, res publica. Cuando, los asuntos de la vida colectiva son públicos -se expresan, manifiestan, constan, están ahí, sobre el tapete, se pueden discutir, se puede volver sobre ellos, se puede partir de ellos para una acción ulterior-, entonces hay política, sea de la clase que se quiera. Cuando lo público es en su sustancia clandestino, no hay ni puede haber política: ni siquiera la hacen los que ejercen el poder. Y no es suficiente que haya elecciones o votaciones.

¿Quiere decir esto que no puede uno ocuparse de política, porque no la hay? Sería demasiado. Cuando no hay política, la ocupación política no puede consistir en “fingir” que la hay, sino en crear las condiciones para que llegue a haberla. En otros términos, la preparación de una opinión pública, que es el suelo donde la política puede brotar. Por eso me parecen sumamente sospechosos los movimientos con vocación de clandestinidad que la cultivan aun en situaciones en que todo puede hacerse a la luz del día y en el escenario público: son los que hacen y dicen clandestinamente lo que pueden hacer y decir en medio de la calle, en los periódicos o en la televisión. Yo creo, por el contrario, que el usar la publicidad en cualquier medida y en cualquier circunstancia es ya un acto político positivo y eficaz en aquellas ocasiones en que la política está prohibida o negada -y los grados de esta negación podrían medirse por el margen en que esa publicidad sea todavía posible.

Lo grave es el abandono, la renuncia, la pasividad. En otros términos, la despolitización en que hoy viven la mayoría de los ciudadanos. Por terror, por simple temor, por cómoda y culpable adhesión a cierta propaganda, por utilitarismo, son innumerables los hombres de nuestro tiempo que se desentienden de la vida pública y -no lo olvidemos- de las relaciones con los demás, ya que toda verdadera política es siempre exterior.

Otra forma de despolitización -propia de los hombres que por su profesión viven en el elemento de lo “público”: intelectuales, escritores, artistas- es el olvido de la dimensión política de lo que directa o inmediatamente no es político. Me refiero a los que no se dan cuenta de que es difícil ser inteligente en una sociedad en que los otros no lo son, honestos en medio de la corrupción. Aun en el caso excepcionalmente favorable de que el creador individual, por suerte o por esfuerzo heroico, consiga para sí estas cualidades de que está privado su pueblo, hay que advertir que tiene que consumir increíble cantidad de energía en conseguirlo; y que el destino histórico y social de su obra queda comprometido al haber nacido en una circunstancia adversa.

Pero el riesgo opuesto es la politización, el no ocuparse más que de política y, sobre todo, verlo todo políticamente. La política es solo una fracción de la vida, y solo tiene realidad sustentada sobre el resto de ella. Una visión exclusivamente política de la realidad no es ni siquiera política; en realidad, no es una visión, sino lo contrario: un fanatismo. Y el fanatismo es lo que no deja ver, lo que sustituye la realidad por esquemas a priori, la suplanta por una construcción que a última hora es una decisión voluntaria y arbitraria.

El politicista es lo contrario del político; el político es un hombre alerta, despierto, atento a las circunstancias, el politicista es un obseso, un sonámbulo, un dispositivo mecánico que no reacciona más que a un estímulo elemental. De ahí el culto a la violencia que florece en este tipo de situaciones, y que es precisamente la negación de la política y la forma más evidente de falta de imaginación y de pereza mental.

Hace falta que haya política en las sociedades, porque es la única manera humana de gobernarlas, porque es la única manera de que las masas sean pueblos, y los individuos ciudadanos. Y es menester que haya política para que muchas cosas -la mayoría- no sean políticas, no estén contaminadas de politicismo, puedan vacar a ser libre y plenamente lo que tienen que ser. La política es el arte de entenderse -”hablando se entiende la gente”, dice un viaje dicho español-. Y como dijo el poeta: “Cuando el agua se hace charca, / como ya no tiene voz / hablan por ella las ranas”.

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