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La afición del Espanyol

Carlos Macho
Redacción
sábado, 19 de mayo de 2007, 10:24 h (CET)
Era el minuto 114 del partido. Los seguidores pericos sollozaban, conteniendo el llanto más por esperanza que por lógica. El Espanyol perdía con honor y casta por un gol ante uno de los mejores equipos de Europa; la segunda parte de la prórroga se acababa sin remedio. Cuánto daño hizo la expulsión de Moisés, justo cuando los blanquiazules despertaban, cuando jugaban a su mejor nivel, cuando llevaban el control absoluto del partido, cuando la Grada Este vibraba, y el Sevilla tenía miedo. Pero eso ya hacía rato que quedaba atrás, y la realidad es que sólo un milagro podía salvar a un conjunto malherido, desfallecido, que se había dejado honor y corazón en el campo.

Aunque el milagro sí llegó. Fue un instante de magia que hacía justo al fútbol, que le daba un vuelco al partido y encendía por enésima vez los cánticos en la grada. Porque la afición del Espanyol es increíble, porque nunca calla, porque siempre anima, porque en los malos momentos da la cara, ayer se pudo ver. Doscientos de ellos llevaban más de 14 horas entre vuelos y esperas sólo para llegar al campo y volverse rápidamente después.

Un indeseable estafó a más de 600, vendiendo billetes de un vuelo que no existía. Aún así, después de una paliza monumental, del estrés, todavía les quedaban ganas de chillar, de cantar, de disfrutar y hacer que todo el esfuerzo valiera la pena.

El instante de magia salió de las botas de Jônatas, enganchó un derechazo desde 30 metros que entró apurado al palo derecho, ni Palop pudo llegar. La grada liberó las lágrimas, de alegría en vez de tristeza, y con esa casta que caracteriza a esta gran afición gritó sin parar “¡este partido lo vamos a ganar, este partido lo vamos a ganar!”, con una convicción que asustaba. La fiesta era grande, los nervios se desvanecían, la remontada posible.
Finalmente el milagro quedó en un buen truco de magia, la justicia se convirtió en delito. Y la grada siguió cantando.

Los jugadores lloraban sabiendo que habían perdido una gran oportunidad de hacer historia. Por los penaltis de nuevo, la dichosa tanda en la que portería encoge a medida que te acercas. Aún así no pueden renunciar a sentirse campeones, orgullosos del trabajo bien hecho.

El rojo acabó imponiéndose al final del partido. Estaba en las camisetas sevillistas, en la grada de sus seguidores. Pero también en las gargantas y los ojos pericos, irritados de tanto animar y llorar. Ellos que no escondieron sus colores, que no agacharon la cabeza, deben llevarla siempre muy alta.

Fue un partido en el que quizá sólo pase a la historia Palop, pero que seguro quedará marcado en el corazón de los pericos, y hará que bombee con más fuerza esa sangre blanquiazul que hace que nunca se callen, ni cuando llueve, ni cuando truena, ni tan siquiera cuando pierde su equipo.

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