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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El desprecio al pueblo

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 19 de mayo de 2007, 08:44 h (CET)
“Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.”


Gabriel Celaya

El “despotismo ilustrado” es una tentación que acomete a los hombres de vez en cuando. Es cierto que realizó grandes obras en el siglo XVIII; pero se suele olvidar primero, que el despotismo ilustrado fue una invención política, anterior a la democracia en Europa; y segundo, que cuando no hay democracia, la ilustración pasa y el despotismo queda.

La democracia encierra un riesgo permanente, un riesgo que la acompaña inevitablemente, que pertenece a su propia realidad. Si no se tiene en cuenta -y no suele tenerse- lo perturba todo, y puede dar al traste con ella.

La democracia se funda en la persuasión. Hay que persuadir a los electores para que voten a un partido o a un candidato. La quiebra de la retórica -de la buena retórica, el arte de mover a los hombres sin profanarlos- es lo más grave que le ha acontecido a la democracia -en general, a la política- en los últimos años. Este instrumento de persuasión es sustituido, en unos casos, por la demagogia, por la excitación de las pasiones; en otros, más leves, por ese pariente pobre de la demagogia que es la promesa hueca y falsa.

Cuando un partido ofrece beneficios incontables, supresión de inconvenientes, eliminación de peligros, inevitablemente despierta el deseo de que todo eso se realice, y los electores se sienten inclinados a ponerlo en el Poder. Es una tentación muy fuerte para los otros partidos el prometer otro tanto, o acaso más, para conseguir el apoyo del cuerpo electoral. Se establece así una pugna de la oferta, literalmente una inflacción de ella muy semejante a la económica.

Este riesgo es muy difícil de superar, porque acompaña al mecanismo de la democracia. No se pueden proponer medidas impopulares, por justificadas y aun necesarias que sean, porque ahuyentan el voto. Es muy improbable que ningún candidato se atreva a decir la verdad, si no es agradable.

¿Hay algún medio de escapar de esta situación, de evitar este riesgo que ha llevado a muchos países a la destrucción de la democracia, a la ruina económica, hasta que se llega a la solución mágica de una dictadura que, naturalmente, no resuelve ninguno de los problemas pendientes y añade uno más grave, el de ella misma?

Creo que sí, pero requiere un examen de conjunto de la cuestión y una vuelta a la condición profunda de la democracia, que casi siempre se olvida y se pasa por alto.

Actualmente está muy difundido entre los políticos, el desprecio al pueblo. Nunca lo he compartido. Siempre he creído que en muchos casos acepta lo inferior -se resigna, tal vez se aguanta con ello- porque no se le ofrece, o no se le presenta con suficiente eficacia, lo superior. Creo que la sociedad en su conjunto tiene capacidad de discernimiento y una alta dosis de buena voluntad.

A ello hay que apelar. A esta instancia suprema hay que recurrir contra la demagogia, la mentira, la oferta desleal por imposible de realizar y cumplir. El político que de verdad lo sea, que tenga vocación de orientar a su país hacia algo mejor y más interesante, de contribuir a la perfección de sus conciudadanos, tiene que ejercer, lo primero de todo, un acto de confianza en su pueblo. Debe prohibirse todo engaño, toda ocultación de la situación real, de las dificultades insuperables por una gestión particular de gobierno, porque no dependen de él, sino tal vez de la situación del mundo entero o de una fracción de él. Tiene que evitar la adulación, el halago de las pasiones bajas, del resentimiento, de la nostalgia irreal. No puede prometer lo que no está en su mano cumplir.

Y, claro está, debe mostrar la falsedad de adversario que falte a estas normas, persuadir al pueblo de que va a ser engañado, seducido, de que se está abusando de su desconocimiento, de la verdadera naturaleza de los problemas, de las consecuencias de las soluciones frívolas. Y como dijo el poeta: “Lo que tú me estás diciendo / ni tú lo puedes creer / ni yo me lo estoy creyendo”.

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