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Desprotección

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 19 de mayo de 2007, 08:39 h (CET)
En el período pre-electoral es cuando el ciudadano sencillo y corriente más percibe sentirse desprotegido de cuanto lo que la política afecta a su existencia. “El arroyo intenta hacerse torrente…”, y a él no le queda más arma que elegir una papeleta con una lista, entre las que previamente han sido manipuladas.

Las cosas de los políticos a lo largo de las legislaturas no es que resbalen, pero se pone la esperanza en que, como a cada individuo de la especie porcina, les llegará su San Martín ante las urnas. Más tarde o temprano, en su día y hora, y por bendición democrática, llega la convocatoria electoral precedida de las alharacas y sandeces de la campaña previa. Son tantas, que, como Leónidas, hacen preciso proseguir a la sombra.

Normalmente, ese mencionado ciudadano sabe defenderse por sí solo; él se saca las castañas. Digiere, sin más pena que gloria, lo que no le gusta de los gobernantes de turno. Traga con aquello que más le afecta -como el inestable euribor, p.e.-, y se defiende de la propaganda oficial de los medios de comunicación públicos. De los privados también. No compra tal o cual periódico, o hace uso del instrumento de libertad privilegio de nuestro tiempo; el mando para hacer zapping. Lo mismo protege contra la publicidad que contra un rostro no grato. Si se anotan las veces que la aparición de un político es automáticamente seguida de un cambio de canal, los responsables de imagen tendrán el mejor baremo de impopularidad.

Las mentiras se suceden de modo equiparable a las acusaciones de mentiroso –ya se sabe, ¡y tú más!...-, y él conoce lo que en verdad ha supuesto la legislatura que caduca. Se trata de “capear”, como en los temporales y aguaceros. Más, gane quien gane las elecciones ha dejado su poso en la campaña, por muy de rosa que hayan querido pintar el futuro. Salga quien salga, ha dejado su reguero de falsedades y sandeces.

Y, ¿quién defiende al reiteradamente mencionado ciudadano? En teoría, esa función “pastoral” corresponde la Junta Central Electoral. Que, lamentablemente, resulta en su función más burocrática que eficiente.

En las pasadas elecciones generales un salvaje atentado, traumatizó a la ciudadanía que salió a la calle y manifestó su profunda tristeza. En ese estado de tribulación, tuvo que votar tan sólo tres días después. ¿Quien se permite tomar importantes decisiones en situación de emergencia? “En tiempo de turbación, no hacer mudanza”, escribió San Ignacio de Loyola, y esta sabia máxima ha sido aceptada con general aprobación e incorporada al saber ciudadano.

La desprotección se palpa; la mentira se impone como norma política, y no hay un bastón a mano con el que apartar al perro rabioso del camino, tal y como hacen los senderistas y jubilados que pasan ante el catalejo de esta columna.

Cómo dice el pueblo mejicano –sabio por viejo- ante una previsible catástrofe: ¡Que les agarre confesados!...

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