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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos  

Injusticia injustificada con las víctimas de ETA

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 17 de mayo de 2007, 21:03 h (CET)
El economista y sociólogo español nacido en l840, G. Azcárate, dejó para la posteridad el siguiente pensamiento:”Un pueblo puede vivir con leyes injustas, pero es imposible que viva con tribunales que no administren bien y pronto la justicia”. Creo sinceramente que esta frase le viene como anillo al dedo a la situación por la que estamos pasando, en España, desde que, el señor Zapatero, ha decidido amordazar a la Justicia para que ninguno de sus representantes pueda intervenir en su famoso proceso de paz , que consite en ceder ante la banda terrorista ETA, para que pueda concurrir a las elecciones municipales y autonómicas, camuflada bajo las siglas de la formación ANV. Al respecto me gustaría hacer algunas consideraciones, de orden moral, que creo que conviene que los ciudadanos de a pie nos planteemos y, para ello, nada mejor que intentar meternos en la piel de uno de los familiares de aquellas personas que sin culpa alguna, por mero azar del destino, fueron sacrificadas impunemente por los asesinos de la banda terrorista.

Figurémonos, por unos momentos, que somos uno de los padres, hijos, viudas, hermanos o amigos íntimos de aquel ser querido que un día, cuando menos nos lo podíamos imaginar, al ir al trabajo, al salir de un bar o dando un paseo, recibe un tiro en la nuca y queda tendido en el suelo en medio de un charco de sangre, sin vida. Imaginémonos el inmenso vacío que se produciría en nuestro corazón; intentemos sentir las reacciones que se engendrarían en nuestro interior al darnos cuenta de que, aquella persona a la que amábamos, ya nunca más volvería a formar parte de nuestro entorno familiar, ni volveríamos a escuchar sus palabras, ni a verla sonreír. Recreemos el rencor, la rabia, la impotencia y el desespero que se apoderarían de nuestro corazón y el clamor que saldría de nuestra alma pidiendo justicia y reparación por aquel execrable crimen.

Reproduzcamos y extendamos estas mismas reacciones a setecientas u ochocientas familias y multipliquemos por tres o por cuatro el número de personas que pudieran estar afectadas por el drama. ¡Una multitud de seres dolientes, a los que las actividades criminales de unos asesinos sin escrúpulos, les han privado de seres queridos, y que, pasados los primeros instantes de desconcierto, se dirigen exigentes hacia la Justicia para pedirle reparación y castigo! Un grito, unánime, en demanda de justicia.

Y ahora veamos lo que les brinda el Estado de Derecho en compensación. Observemos lo que el Gobierno de la nación les ofrece en respuesta a sus reivindicaciones. Contemplemos lo que la ciudadanía está dispuesta a sacrificar en solidaridad con ellos seres desconsolados. Pues,,, por triste que a ustedes les pueda parecer: nada en absoluto. Al dolor de las víctimas, los que debieran salir en su defensa y apoyo, los que se deberían esmerar en cazar a los culpables para que pagaran sus culpas y aquellos que les prometieron un gobierno donde imperara la justicia y el orden; deciden, con el beneplacito de una ciudadanía vergonzante y egoísta, que a las justas reclamaciones de las víctimas se le deben anteponer los intereses partidistas, el maquiavélico interés del Estado y el contentamiento de la masa insolidaria, que prefiere insensible el carpe diem a su compasión por los que sufren.

Y aquí comienza el segundo calvario para aquellos que, lejos de ver que sus justas reclamaciones son atendidas, son postergados y humillados debiendo soportar, para más INRI, que ante sus ojos asombrados, ante sus pupilas llameantes de odio y ante su propia impotencia y despecho; los asesinos de sus deudos sean tratados a cuerpo de rey, se los deje en libertad sin haber cumplido más que una parte ínfima de su condena, sean tratados de igual a igual y que, el propio Gobierno, sin empacho alguno, les rinda pleitesía y les entregue sumiso lo que los asesinos le exigen para no continuar matando. ¡Aquello mismo por lo que murieron las víctimas! ¡Aquello que antes se les negaba y ahora, en cambio, sin lucha, se les entrega de gratis!

No acaba aquí la ignominia, ni el sadismo de quienes nos gobiernan. Su maldad llega incluso a acusar a los familiares de las víctimas de estar politizados, por salir a la calle en demanda de la justicia que se les niega sistematicamente. Se les atribuyen fines espúreos e incluso burdos intereses personales. Todo vale para desprestigiar a aquellos que sólo piden que se les restituya el honor, que se haga pagar a los criminales sus delitos, sin prebendas ni beneficios, exigiendo al Gobierno que les ampare y defienda contra aquellos que atentaron contra ellos y la unidad inviolable de la nación.

Nada de eso, al contrario, De Juana Chaos riéndose ante la cara de los perdedores, de los mártires de la locura zapateril, el Nerón de la época actual; abandonados desde las más altas instituciones, que tampoco parece que se compadezcan de ellos ya que, en ningún momento, han tenido un instante para recibirlos, dentro de sus apretadas agendas de cacerías, inauguraciones y exposiciones mediáticas. ¡Pobre España! Quien te ha visto y quien te ve. Antes una nación solidaria, de ciudadanía brava y luchadora, de convicciones morales firmes y de gobiernos insensibles al chantaje; ahora reducida a una Sodoma, donde quienes mandan son la expresión más palmaria de la hipocresía, la corrupción, la ingratitud, la soberbia y la eneptitud. Decía Virgilio:”Los hados nos llaman”. Así sea.

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