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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Leer para vivir

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 14 de mayo de 2007, 21:18 h (CET)
“Libros nuevos. Abro uno
de Unamuno.
¡Oh, el dilecto,
predilecto
de esta España que se agita,
porque nace o resucita!”


Antonio Machado

Puede decirse que a la sociedad española le estorba el intelectual. En realidad, ¿qué concepto tenemos en España de la mente? Más bien, flojito. Creemos suficiente que los españoles sepan leer y escribir para echarnos la siesta sobre la labor cultural realizada. Caemos en lo que podríamos llamar trampa del analfabetismo.

Desgraciadamente, no todo consiste en saber leer y escribir. Casi el 50 por ciento de los españoles que saben leer no ejercen. Otro importante porcentaje sólo se molestan en leer la lista de la lotería, los resultados de la quiniela y el número premiado del cupón de ciegos. En cuanto a escribir, son millares los españoles que se las ven y se las desean cada vez que llega la Navidad y tienen que poner cuatro letras a la familia en un christmas. La cultura precisa de un entrenamiento constante si queremos evitar que el cerebro críe las grasas de la ignorancia.

Lentamente están cambiando las estructuras económicas del país, pero si se deja en el olvido y sin cambiar las estructuras mentales corremos el riesgo de la indiferencia total sobre el futuro del país. Son muchas las veces que los encuestadores al hacer preguntas elementales a nuestros vecinos reciben invariablemente la siguiente contestación: “No lo sé ni me preocupa”.

Rescatar al analfabeto adulto de su ignorancia es necesario, pero no suficiente. El país está lleno de ciudadanos que saben leer y escribir, pero no ejercen. Hay que realizar una educación permanente de adultos, a quienes, una vez rescatados del analfabetismo, se les estimule a la lectura, al perfeccionamiento intelectual. Pero si, a inicios del milenio, la sociedad sigue ofreciendo, como prototipo del éxito y la fama a futbolistas, toreros y cantantes, mientras silencia los méritos del estudioso, del investigador, del intelectual, ¿con qué fuerza moral se les dice a los españoles que estudien y se perfeccionen intelectualmente? Nos exponemos a que nos contesten, muy bien contestado: “¿Para qué? ¿Para morirme de hambre?”

De esta subversión de valores de que la sociedad española es culpable por su eterna manía al intelectual, empiezan a ser víctimas hasta los estudiantes. En la mayoría de los casos carecen de curiosidad por elevar su cultura en aquellas cuestiones y problemas que no son de su especialización.

La deficiente cultura y la falta de inquietud intelectual que caracterizan a grandes zonas de la población humana contribuyen a la “ausencia de personalidad”, a la “inexistencia de criterios propios”. Insoslayable realidad en la que debe meditarse en la actual coyuntura sociopolítica.

Si no se tiene “criterio propio” en torno a la posible solución de los problemas que el país tiene planteados, se corre el riesgo de convertirse en fácil instrumento de todo tipo de propagandas electorales sin que nunca se sepa calibrar -exactamente- si esas propagandas son demagógicas o, por el contrario, responden a las necesidades auténticas del país. Y es que, como dijo el poeta: “En verdad que no lo sé, / aunque me atrevo a decir / que lo que hablaste es mentira / desde el principio hasta el fin”.

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