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Rusia-EEUU: más vale el realismo que ilusiones

Alexandr Karaváiev
Redacción
lunes, 14 de mayo de 2007, 21:18 h (CET)
Todo el mundo comete errores más o menos fatales. Rusia se equivocó al considerar segura que llevaría la voz cantante en el espacio de la antigua URSS.

Puede parecer que el Kremlin olvidó el principal postulado de la política norteamericana: los intereses de la seguridad nacional de EEUU. En realidad, esta postura norteamericana sólo ha sufrido cambios tácticos impuestos por la situación. Tan pronto surgían tendencias alarmantes, EEUU comenzaba a actuar: conceder créditos a costa del Fondo Monetario Internacional destinados a apoyar la economía de Rusia; recursos para mantener la seguridad del arsenal nuclear, para liquidar las armas de destrucción masiva y así sucesivamente. Pero no se debe considerar a EEUU como adversario cínico en extremo que para siempre incluyó a Rusia en la lista de sus enemigos. La política exterior norteamericana se basa en sacar ventajas donde sea posible y prevenir amenazas en potencia. La combinación de esos elementos preside las relaciones entre EEUU y Rusia en el espacio postsoviético.

Tras surgir una decena de nuevos Estados orientados hacia el Occidente, EEUU se puso a la expectativa. Las capitales de la CEI buscaban capitales y ofrecían activamente grandes proyectos inversionistas a EEUU. Si desde la óptica de Moscú el espacio en torno a la Federación de Rusia parecía escindido en lo económico y acusaba una tendencia políticamente centrífuga, Washington lo consideraba como bastante monolítico. EEUU elaboraba, sin darse prisa, su visión de la futura configuración de la CEI como observador imparcial.

El Washington oficial se involucraba irresoluto en el arreglo de los conflictos separatistas. El alto el fuego en un espacio desde la Transnistria hasta el Cáucaso del Sur y Tayikistán es en grado decisivo un mérito del Kremlin. EEUU vio en realidad la conflictología postsoviética en el ejemplo de Alto Karabaj en marzo de 1992 y más tarde, como participante del Grupo de Minsk de la OSCE creado para cancelar ese conflicto y, además, debido a las enérgicas exigencias de los propios actores del conflicto: Azerbaiyán y Armenia. En aquel caso, como en otros análogos, el alto el fuego fue fruto de los esfuerzos diplomáticos de Rusia. En 1994 ambos bandos optaron por firmar el acuerdo extraoficial sobre el alto el fuego hoy vigente.

El único proyecto conjunto Federación Rusa-EEUU fue la creación del grupo de trabajo en la Conferencia de Dartmouth sobre conflictos regionales. Entre los logros de ese grupo figuran las negociaciones concluidas con la firma del Acuerdo de Paz Intertayiko en Moscú el 27 de junio de 1997. Pero también a este respecto es necesario hacer una precisión: el Grupo Dartmouth no es un proyecto estatal, sino la iniciativa de las personas interesadas en suavizar la tensión entre EEUU y la Federación Rusa en la década del 80.

Hacia las postrimerías de los 90 la situación en la CEI comenzó a complicarse. Washington ofreció a esos países crear su propio foro sin la participación de Rusia (GUUAM: Georgia, Ucrania, Uzbekistán, Armenia y Moldavia). Pero en el período anterior a las “revoluciones de terciopelo” no estaba claro de qué manera sería posible utilizar esa estructura de la CEI en beneficio de EEUU. Pues ahora el GUAM (ya sin Uzbekistán) parece un proyecto económico publicitario de los revolucionarios anaranjados que en el marco de esa estructura buscan organizar un mercado interno y a la vez contribuir a la cancelación de los conflictos entre los territorios separatistas mediante su reincorporación a los Estados unitarios.

Una situación especial se creó en torno a la comisión Gore-Chernomyrdin. Tal vez este aspecto de las relaciones ruso-norteamericanas haya sido el único que ambas partes consideran como período positivo de sus acciones y resultados prácticos. El objetivo de la comisión consistía en que los acuerdos presidenciales (con frecuencia muy problemáticos) fueran realizados por las segundas figuras del Estado duchas en la promoción de problemas concretos a niveles inferiores del aparato burocrático. Además, un rasgo distintivo de la comisión fue la puesta en agenda de varias cuestiones “secretas”.

De este modo, hacia finales de la década del 90, se configuró un esquema preciso de relaciones entre EEUU y los países de la CEI: por separado con cada uno de éstos. La gran distancia que media entre EEUU y la región Euroasiática, así como cierto idealismo pronorteamericano imperante en las capitales de la CEI permitió a Washington insistir en lo suyo, pese a las contradicciones y conflictos existentes en el seno de la CEI. Moscú no logró conseguir el nivel norteamericano de “reserva de confianza” de los países de la CEI. Moscú limitaba el acceso de cada uno de estos países a los procesos comunes y a las numerosas obligaciones económicas, lo que se manifestó bien a las claras en los conflictos interestatales de corte separatista. A diferencia de Rusia, EEUU no fue involucrado en los problemas separatistas; libre de ese lastre, Washington tenía mayor margen de maniobra. Además, Washington pudo permitirse el lujo de realizar simultáneamente varias jugadas: con la oposición y con diversos grupos de la élite. El Kremlin se orientaba exclusivamente a la cúpula gobernante.

En resumen, EEUU invertía apreciables recursos financieros en programas concretos de desarrollo socio-económico; otorgaba créditos sin interés; contribuía a la concesión de grandes préstamos por el FMI. Rusia dependía igualmente de EEUU y por esto no se puede hablar de un papel importante que ella desempeñara en el espacio postsoviético. Por último, la imagen de EEUU la contribuía a elevar el trend del globalismo procedente del Occidente: relaciones de mercado, dolarización de las economías, llegada de compañías extranjeras a los mercados locales, brusco aumento del surtido de artículos de uso y consumo y un amplio abanico de tecnologías industriales. Todo esto impulsó el avance de EEUU en el espacio postsoviético.

En la agenda norteamericana la unanimidad de acción con Rusia dejó de ser primordial pasando al final de la lista de intereses. Esta situación existía antes de que apareciera el peligro islámico. En aquella época el Kremlin perdió de vista muchos temas exclusivamente rusos en la CEI y mucho fue dejado a la buena suerte. En lo referente a la experiencia política positiva hay que destacar la necesidad de asegurar un equilibrio simétrico en las relaciones con un socio tan importante como EEUU; la época de confianza absoluta pertenece al pasado.

La actual crisis en torno a la defensa antimisiles (DAM) puso de manifiesto la escisión que se irá ahondando. Hacia finales de 2008, cuando en el Kremlin quede el mismo equipo (Putin se irá, pero su equipo se quedará) y en Washington llegará al poder un nuevo equipo “democrático”, el conflicto de intereses crecerá como los hongos después de la lluvia. Los intentos de velar por vía diplomática la escisión y la escalada de contradicciones se verán reducidas.

El agravamiento se reflejará inevitablemente en el espacio postsoviético. El terrorismo internacional (por sí solo ese concepto es sumamente amorfo), los intereses en el comercio y la exploración del espacio extraterrestre y la lucha contra la proliferación nuclear no estarán en condiciones de aminorar las discordias existentes. La cooperación se mantendrá, pero se hará menos visible sobre el telón de fondo de las divergencias políticas.

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Alexandr Karaváiev, Centro de Estudios del espacio postsoviético, para RIA Novosti.

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