|
El volante de nuestras vidas no lo llevamos solo nosotros
Pelayo López
Cuando uno va con dos copas de más, suele ser frecuente que las palabras proferidas sean, en numerosas ocasiones y en función del volumen dispensado, de lo más insensatas posibles. Si la cordura es más que habitual que brille por su ausencia cuando nuestro cuerpo no ha ingerido copa alguna de alcohol, lo que ocurre cuando hemos probado ya algún que otro trago es que la ausencia probable se cobre visos de certificado de garantía. Ocurre que el alcohol, lejos de ser el generador de una chispa de lucidez transitoria en su justa dosis, es un elemento que, ligado al tráfico, produce índices de mortalidad más que preocupantes. Un vehículo arrolló hace unos días a una pareja de jóvenes, ambos con apenas 18 años y en el caso de ella embarazada. La conductora sobrepasó con creces las tasas de alcohol permitidas para la conducción. Apenas unas horas antes, la responsabilidad para con todos los ciudadanos de un Ex-Presidente de Gobierno quedó en entredicho con unas declaraciones muy poco acertadas. Saber lo que uno puede beber no depende de nuestro auto-conocimiento, si no más bien de nuestra ignorancia. Hay arquetipos, clichés del pasado que siguen manando en el presente y haciéndonos partícipes de errores atemporales. Al volante, alcohol cero.
Lo de la autorregulación también nos viene que ni pintado si atendemos a otro consumo que, en numerosas ocasiones, nos deja con las defensas de todo tipo por los suelos. Los medicamentos, que sirven para salvar vidas con su pertinente prescripción médica, pueden llegar hasta el extremo contrario en el caso de que nosotros hagamos de médicos sin serlo. Lo que sucede, en algunos casos, es que el abuso de los medicamentos no es sólo del tipo ingesta por parte del paciente, sino que, por lo que se ve, y por lo que ya se intuía, es que el abuso también llega, pero de otro tipo, de más arriba. En Brasil han decidido arrancar de raíz un agravio diferencial a nivel mundial y han puesto a las grandes empresas farmacéuticas contra la pared. Los brasileños han roto la patente de los fármacos contra el sida. Al parecer, estos emporios tratan con los distintos países el precio de esos productos de primera necesidad y negocian un acuerdo u otro. Mirando a un futuro más o menos cercano, y adelantándonos a posibles reacciones por ambas partes, sería posible que la respuesta de las corporaciones fuese cerrar el suministro de otros fármacos al gobierno brasileño, y la contrarréplica de éste la creación de un laboratorio farmacéutico nacional. Y, digo yo, ¿no sería esta última cuestión la más lógica para plantear?. Si la educación y la sanidad son dos pilares fundamentales en el desarrollo de toda sociedad, ¿por qué no crear laboratorios farmacéuticos públicos al igual que hay escuelas públicas?. La simplicidad de un argumento puede ser ignorancia o brillantez. Recuerden, no mezclen alcohol y medicamentos, y tampoco alcohol y carretera. El volante de nuestras vidas no lo llevamos sólo nosotros.
|