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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

‘La higuera’ de Ramiro Pinilla, un hijuelo de su trilogía vasca

Herme Cerezo
Herme Cerezo
jueves, 1 de noviembre de 2007, 07:51 h (CET)
Con ‘La higuera’, un hijuelo de su trilogía ‘Verdes valles, colinas rojas’, Ramiro Pinilla explora el mundo del sentimiento de culpa y del arrepentimiento, con el telón de fondo, inagotable telón, de la Guerra Civil, esa parte de nuestra historia que parece condenada a repetirse eternamente dentro del actual panorama literario español.

Hay en ‘La higuera’ como dos partes muy bien definidas. Un arranque espléndido, ‘Mercedes Azkorra’, narrado en primera persona, que sirve de introducción al meollo de la novela y enmarca las coordenadas temporales, los escenarios, los personajes. Y una continuación, ‘Rogelio Cerón’, extensa, también en primera persona, de inicio duro y demoledor, que prende bien pero que languidece bastante pronto. Se remata el texto con una especie de epílogo, también titulado ‘Mercedes Azkorra’, que enlaza con los propósitos expuestos en la primera parte. En ambas ‘Mercedes Azkorra’, el escritor bilbaíno muestra la versión exterior de la historia, la visión desde la distancia, los ecos que perciben quienes conocieron lo sucedido sin tomar parte activa en ello. ‘Rogelio Cerón’, por el contrario, contiene los hechos crudos, tal y como ocurrieron en la realidad, como los vivieron los protagonistas. Son dos planos de lo mismo que ofrecen una dicotomía interesante y complementaria.

Decía antes que el texto languidece a medida que avanza. Y es que ‘La higuera’ no puede estimular mejor nuestro apetito lector, siempre voraz y expectante: recién iniciada la Guerra Civil en Euskadi, años 1936 y 1937, un grupo de falangistas dedica todo su tiempo a ‘limpiar’ la retaguardia de desafectos al nuevo régimen. Sus acciones se centran en localizar quintacolumnistas, es decir, personas que se suponían colaboradoras del ejército republicano dentro de la zona nacional. Encabezados por Pedro Alberto Echavarri, joven vasco de familia acomodada, media docena de camisas azules invierten su tiempo en eliminar los posibles reductos de ‘traición’, de resistencia ‘roja’. El mecanismo que utilizan es bien sencillo: alguien presenta una denuncia o, simplemente, da un chivatazo y el comando, un auténtico escuadrón de la muerte, arranca de su domicilio al denunciado y, cuando localizan el lugar propicio, le descerrajan un tiro en la nunca. Luego, cualquier cuneta será buena para abandonar el cadáver. En muchos casos, las denuncias tenían carácter político o ideológico, lo que las convertía en terrible, vulgar y miserable ajuste de cuentas. Pero en otros, como es el caso que nos ocupa, venían provocadas por ambiciones desaforadas: alguien deseaba algo (una casa, unos terrenos, un capital) de otra persona. El procedimiento era difamar, denunciarle. Y así, en ‘La higuera’, Simón García y su hijo de dieciséis años son detenidos, ‘paseados’ y asesinados por sendos tiros en la cabeza. Detrás de todo ello, se alza la sombra de Joseba Ermo, un tipo envidioso y rencoroso, que desea posesionarse de las tierras de los García. Un segundo hijo, de seis años, Gabino, mirará de un modo significativo a Rogelio Cerón, uno de los del escuadrón, quien intentará llevárselo para ejecutarlo también. Pero Pedro Alberto, el jefe del comando, futuro Jefe Local del Movimiento, en un arrebato de viril patriotismo, zanjará la discusión con una fase inapelable, muy de la retórica de la época: ‘Escucha: nosotros no matamos niños, somos muy hombres para hacerlo’. Gabino dará sepultura a su padre y su hermano y plantará sobre su tumba un hijuelo de higuera. Rogelio Cerón, atormentado por el remordimiento y temeroso de la venganza de aquel niño cuando alcance la edad adulta, abandona el grupo falangista y se dedica a cuidar del árbol y la tumba de los muertos.

Estas son las mejoras páginas de la novela a mi juicio. Páginas llenas de realismo, de verismo, de esa memoria del olvido, que poco a poco está siendo rescatada. Los manejos del ‘grupo de limpieza’ están magistralmente dibujados por Ramiro Pinilla, cobrando especial relevancia tanto sus ademanes como los diálogos. Estamos probablemente ante un relato que el propio escritor vivió de cerca o escuchó de primera mano. Páginas como estas no salen de una hemeroteca, sino de la boca del pueblo, de los amigos. Hay un trabajo de campo previo, de diálogo, de conocimiento, de escucha. A fin de cuentas, esa es la labor de los escritores.

Pero tras este arranque imponente, la acción decae y, por momentos, se detiene y enrolla sobre sí misma. Rogelio continúa su vigilia temerosa frente a la higuera, observando su crecimiento. Hay incisos brillantes (las intervenciones del alcalde, de un ministro de la iglesia, las visitas de Cipriana, una extraña beata, o el regreso esporádico de Pedro Luis y sus camaradas), que llevan a Rogelio Cerón a convertirse en un anacoreta, un ermitaño (recuerda vagamente al santón de ‘La guerra del fin del mundo’ de Vargas Llosa), a cuyo falso santuario arriban los sábados algunos peregrinos en busca de salvación. La historia se muere, sigue unos derroteros inciertos y aburridos y no sacia las expectativas que creó al inicio del relato. No resulta demasiado creíble que, convirtiéndose Rogelio en un auténtico lastre para sus antiguos camaradas, los cazadores de quintacolumnistas, personajes de gatillo fácil y resuelto y espíritu enfervorizado, le concedan tanta tregua a su antiguo camarada. El desarrollo final de ‘La hoguera’ es el previsible, pero excesivamente dilatado en el tiempo.

No quiero terminar sin hablar de Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923), un hombre poco común. Posee un curriculum raro o, al menos, curioso. Tras conseguir el Premio Nadal (1960), el Nacional de la Crítica (1961) con su novela ‘Las ciegas hormigas’, y ser finalista del Planeta (1971) con ‘Seno", desapareció del panorama literario español. En su extravío, que no locura, escribió su obra más copiosa: ‘Recuerda, oh recuerda’, ‘Primeras historias de la guerra interminable’, ‘La gran guerra de Doña Toda’, ‘Andanzas de Txiqui Baskardo’, ‘Quince años’ y ‘Huesos’. Desde ese extravío, que no locura, repito, sorpresivamente regresó al mercado editorial en 1997. Lo hizo con su trilogía ‘Verdes valles, colinas rojas’, que mereció el Premio Euskadi y el Nacional de la Crítica en 2005. ‘La higuera’ es la última de sus novelas y, como ya dije antes, tiene todo el aspecto de ser un apéndice desgajado de esa trilogía. De todos modos, creo que para conocer un poco más la escritura de Pinilla, sobria, efectiva y ¿barojiana?, sería bueno acercarse a otras obras suyas. ‘Verdes valles, colinas rojas’ parece una buena opción para consumar este propósito.

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‘La higuera’, de Ramiro Pinilla. Editorial Tusquets, año 2006. Precio: 17 euros.

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