La reciente ley elaborada por la Asamblea legislativa mexicana aprobando la interrupción voluntaria del embarazo, se ha desarrollado entre una fuerte controversia pública y política. La jerarquía católica con el respaldo vaticano, ha dado, una vez más, todo su apoyo en defensa de la vida humana desde su concepción, en la consiguiente circunstancia de mayor indefensión.
El derecho de la mujer mexicana sobre su cuerpo lo han defendido los asambleístas (parlamentarios) de la izquierda “progre” y radical que no atraviesa un buen momento político, y que ha visto en esa reivindicación un postura a favor los más desfavorecidos, y por una vía expeditiva… ¡eliminando al más débil!. Las mujeres con recursos ejercen ese derecho sin dificultades aparentes –el aborto siempre conlleva problemas-, recurriendo a los centros capacitados donde alcanzar su intención de no continuar con el hijo concebido. Un rebasado argumento demagógico.
Acerca de los auténticos intereses agazapados detrás de esa despenalización, se han hecho públicas razones poco conocidas, pero, de enorme peso y consistencia, y que arrojan nuevas luces para juzgar con verdad y razón esta cuestión junto a tanta demagógica simpleza. Entre las voces de categoría que las han aportado, figura la de la habitual columnista del principal diario de la capital mexicana, Paz Fernández Cueto, quien por designación gubernamental viene siendo parte de los organismos internacionales donde se debaten los temas de demografía en las áreas mundiales menos desarrolladas.
En esos foros promovidos por la ONU y patrocinados por Fundaciones como la Ford o Rockefeller, entre otras, afirma que se descubre un tinte colonialista-demográfico “para frenar el crecimiento de población en los países pobres, es decir, de aquellos cuya tasa poblacional representa una amenaza a los intereses políticos y económicos de los poderosos, poniendo en riesgo su estado de bienestar”. Es conocida, desde hace décadas, esa política del capitalismo más duro de orientar a los países más pobres para que frenen su natalidad.
Para Fernández Cueto nada de lo que ahora se esgrimido en el debate es nuevo. Ha sido consciente, en dichos foros, de la desesperación de países africanos, como Benín, por ejemplo, que se ha quejado amargamente por el hecho de que ante la urgencia de recibir medicamentos contra enfermedades infecciosas gastrointestinales, les envían, en su lugar, ¡anticonceptivos!. También menciona, entre lo más llamativo que ha podido recoger, “la obstinación por eliminar la palabra MADRE de la llamada Plataforma de Acción, y menospreciando, con ello, todo lo relacionado con la maternidad”.
Con idéntico testimonio, presencialmente vivido, señala que la despenalización del aborto, obviamente, no ha sido ocurrencia de la izquierda mexicana, que se ha limitado a seguir las directrices impuestas desde el mundo desarrollado y económicamente pudiente, para los menos favorecidos.
El proceso de deshumanización que sufre nuestra sociedad, en este, como en otros aspectos, se ha introducido en la legislación de su país. La ciencia demuestra, y no es un asunto religioso, que la fecundación es el inicio de una nueva vida, y que depende de la mujer tanto en el claustro materno como en sus primeros pasos. El nuevo ser recibe del útero lo mismo que la humanidad viene recibiendo de la tierra, todo lo necesario para su desarrollo y expansión.
Resulta de un paradójico egoísmo que la ecología y el medio ambiente se hayan impuesto como derechos y obligaciones colectivas, y se deje a un lado, o se persiga legalmente, el derecho del individuo aislado haciendo caso omiso de cual sea su grado de desarrollo.
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Publicado el viernes 11 de mayo de 2007 a las 01:55 horas.
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