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Etiquetas:   Con permiso  

Cuatro años de cárcel por meter ruido

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 11 de mayo de 2007, 22:15 h (CET)
Miren, hoy quiero relajarme un poco, que los últimos acontecimientos me han dejado el pulso un tanto acelerado. Permítanme por una vez, amables lectores, dejar a un lado la política y hablar de cosas más próximas a los ciudadanos de la calle.

Tengo la suerte, la enorme suerte, de vivir en una zona enormemente tranquila dentro de un país sumido en el alboroto perpetuo. Siempre he pensado que es cuestión de educación, claro. Y de primitivismo. Somos un país de ignorantes irrespetuosos que hemos llegado a la velocidad de AVE a un poder adquisitivo que hace tan sólo una generación no podíamos sospechar. Lamentablemente nuestra mala educación no ha seguido la misma evolución que nuestro bolsillo y creemos que a las dos de la mañana se puede organizar una buena jarana simplemente porque nos apetece y porque estamos en nuestra casa, como si cualquiera de las dos cosas pudiera justificar semejante despropósito.

Nos pasa como al famoso torero, no basta con que lo pasemos bien sino que además necesitamos que todo el mundo se entere, ¿de qué nos vale corrernos una juerga si no conseguimos que los demás se mueran de envidia? Pues vengan voces. Con los placeres pasa como con los viajes de vacaciones, que si no los pregonas, video y fotos por el medio, no sirven para anda, somos así de estúpidamente indiscretos, créanme. Cuántas vacaciones de los del tercero izquierda me tengo yo tragadas, todo porque un día pasé a pedirles un calcetín que se me había caído sobre su tendedero. Nada de sexo, el placer número uno de este país es contarlo, si uno se emborracha es fundamentalmente para poder contarlo al día siguiente en la ofi.

El caso es que el Tribunal Supremo ha confirmado la condena a cuatro años de prisión contra el responsable de un bar por los ruidos que generaba el establecimiento. Previamente la Audiencia Provincial de Barcelona había considerado probado que, a consecuencia de la reiterada existencia de ruidos en el bar del acusado, que no adoptó las medidas correctoras que exige el Ayuntamiento, los cuatro vecinos "se han visto sometidos a insomnio y estrés".

Personalmente me alegro muchísimo de todo ello, siempre he creído que los españoles necesitamos volver a la educación más tradicional, aquella que enseñaba a dejar el asiento a los mayores y embarazadas, que se debe dejar pasar delante a los demás y cosas así de olvidadas. Y respetar por encima de todo a los demás y sus derechos. Y el descanso es un derecho sacrosanto que debía figurar con letras de oro en la Constitución. Ay, de esto, de los derechos de los demás, nadie nos ha hablado lo suficiente. ¿Por qué me voy a callar yo si estoy de juerga y sólo son la doce de la noche? Pero qué burros debemos ser, qué poco pensamos en los derechos de los demás. Años me pasé haciendo un puñetero stop (¿por qué ese anglicismo, por qué no decimos “alto” o “pare” como en toda América de habla hispana?) frente a una fastidiosa tapia en la que un quisquilloso crío en un impertinente concurso de pintura urbana había coloreado: “Los niños tenemos nuestros derechos”. Y seguro que el prosaico autor de la pintada, pues en realidad no era otra cosa a pesar de sus artísticas pretensiones, ganó el concurso. Sí, hijo, sí, los tienes, pero de tus obligaciones, pedestre criatura, ¿cuándo te van a hablar?

Hay zonas céntricas de la ciudad en la que vivo absolutamente degradadas por culpa de la sobreabundancia de bares, chiringuitos y tabernas diversas. Parte de nuestra democrática y altruista juventud se dedica a beber y desbeber en plena calle, vociferando como posesos, dispuestos a pelearse cual machos alfa en celo contra cualquiera que ose recordarles que los vecinos tienen derechos.

¿Y el alcalde? Será reelegido, me temo.

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