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Morirse de vida
Eduardo Cassano
Confundir una pancreatitis por un cáncer pancreático podría ser parte del guión de un capítulo de House, pero le ha ocurrido a John Brandrick, un británico que estaba a las puertas de la jubilación y que la Seguridad Social inglesa le ha jugado una mala pasada.
Ante la noticia de su inminente muerte en pocos meses, decidió disfrutar sus últimos días de la mejor manera posible, vendiendo todos sus bienes para acudir en compañía de su pareja a los mejores restaurantes y hoteles, esperando que la muerte lo cogiera con el estómago lleno, el gusto satisfecho y la sonrisa agridulce del que sabe que va a morir irremediablemente.
Cuando se quedó sin dinero y sólo con la ropa que tenía planchada para su funeral, los síntomas de su enfermedad empezaron a remitir y los médicos descubrieron que su primer diagnóstico fue erróneo, y decirle al paciente que iba a seguir vivo se convirtió en una pesadilla para él, peor incluso que la muerte que ya había asumido.
Imagínense, un error y dos decisiones que cambian la vida de una persona por completo. Cuando la reacción ante la muerte se asimila llevando un nivel de vida que en condiciones normales no podía llevar, la mejor de las noticias le hace pensar a uno que hasta para morir hay que ser responsable.
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