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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Del rubor a la caradura

Pascual Falces
Pascual Falces
martes, 8 de mayo de 2007, 00:07 h (CET)
En un momento del país caracterizado entre gran mayoría de los políticos por las mutuas acusaciones de mentir, cabe preguntarse… ¿qué fue del rubor, del sonrojo que aparece en el rostro por afluencia de la sangre, y que suele estar relacionado con el hecho de estar mintiendo, o ante una acusación injusta? ¿Pasó a la historia? Tanto en España, como en cualquiera otra parte, por lo que se sabe, los dirigentes, y los hombres y mujeres de la cosa pública, tan difundida por la televisión hasta caer en el “famoseo”, han llegado al absoluto control de esta respuesta fisiológica de la naturaleza humana (tan sólo una de las que llegan a conformar la expresión, y de donde salió la conocida afirmación de que “la cara es el espejo del alma”). Lo de “ponerse colorado” ha sido dominado por la especie, y, por ello, la gente, sabia por vieja, llegó a establecer el adjetivo de “caradura”, entre otros rotundos epítetos. Por su extensa repercusión social, proliferan los programas televisivos en que se recurre al llamado “polígrafo” o detector de mentiras. Por fortuna la respuesta tramposa se refleja en otros lugares además de en la cara, y los simultáneos registros de ellas proporcionan una aproximación a la realidad de lo que sucede en el interior del hombre. La caradura, que arrolló el rubor, se detecta en un conjunto de parámetros como el ritmo respiratorio, la frecuencia cardiaca, o el temblor muscular, dando lugar a que salten alarmas previamente diseñadas y que orientan hacia un veredicto. Descubrir al caradura, al embustero, no es sólo tarea de la práctica judicial, sino que el gran público puede juzgar también con el auxilio de la tecnología.

Lamentablemente no siempre es posible la aplicación de esta última, ni todos están dispuestos a someterse a ella. Es un problema de desarrollo tecnológico perfeccionar otras clases de detectores. ¿Se imaginan una cámara de televisión que parpadee ostensiblemente al detectar desfachatez en el rostro más pétreo del mundo? ¿O, un micrófono que interfiera con una aguda señal, como cuando se neutraliza el uso de algún vocablo inadecuado? Y si la tecnología, tan avanzada, de telefonía móvil, avisase de modo solo perceptible para el oyente que su interlocutor está mintiendo a mansalva? La caradura no es un logro del desarrollo en las relaciones humanas, sino una peligrosa arma tan necesaria de ser intervenida como la tenencia ilícita de armas de fuego. ¡Hasta mañana!…

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