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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El horizonte de la vida

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 6 de mayo de 2007, 23:23 h (CET)
“Repiquen las campanas
Del Amor y el Dolor
Que el llano de la vida
Tiene un secreto inmenso.
¡El llanto!
Que es el alma
Hecha gotas y Sol!”


Federico García Lorca

No es solo el tiempo de cada día, el de la vida cotidiana, el que puede ordenarse de maneras diversas; el tiempo total de que dispone el hombre en su vida terrena se ordena de maneras diferentes, y esta disposición interna suya afecta en los estratos más profundos a la melodía vital. Por lo pronto, la trayectoria vital puede ser más o menos larga; no ya, por supuesto, de hecho y en cada individuo, sino estadísticamente y como determinación de la estructura empírica de la vida. Aunque la muerte es cierta y la hora incierta, se cuenta -vaga e inseguramente, pero con firmeza- con una duración aproximada de nuestra permanencia en este mundo. Los hombres viven, por lo general, tantos años; pueden morir antes, pero se siente que han muerto “antes de tiempo”, que su muerte ha sido prematura; pueden también morir después, pero se piensa que es una suerte o don inesperado, que no es debido, con lo cual no se puede contar. La economía se ajusta a un horizonte probable y opera en función de él y de su inseguridad.

La longevidad media humana tiene una gran repercusión sobre las generaciones. En cada vida individual y en las relaciones interindividuales repercute análogamente. El horizonte de la vida, que hasta hace poco tiempo se cerraba hacia los sesenta años, hoy se dilata, por lo menos, quince o veinte más. Y al ser la trayectoria vital más larga, es más tendida esto es, tiene otra curva, otra figura diferente; y sus articulaciones, las edades, varían de duración absoluta y de función en el conjunto.

En cada sociedad hay una edad para considerarse adulto -y suele ser distinta para los dos sexos-. La niñez puede ser muy breve o considerablemente larga; la juventud, también. Pero no bastaría con una simple determinación cronológica de su duración, sino que habría que precisarla en una serie de dimensiones relativamente autónomas. Por ejemplo, en algunas sociedades la iniciación sexual es precoz -por lo menos, es más precoz que en la época anterior o en la sociedad vecina-; pero puede suceder que la dependencia económica del joven respecto de sus padres se prolongue más; si de un lado, pues, parece que la infancia se abrevia, del otro, en cambio, se dilata. Tal vez el joven se siente apto para ocupar puestos importantes, pero se siente disculpado largos años de no hacer obra intelectual, literaria o artística importante, madura, adulta -esta es acaso la situación en los últimos años-; puede ocurrir que desde edad muy temprana el joven tenga que afrontar los peligros de la guerra, pero un sistema de autoridad senatorial lo excluya hasta muy tarde de la intervención en la vida pública.

La juventud es a veces fugaz; otras se tira elásticamente durante decenios; y esto puede ser -y hay que determinar de qué se trata en cada caso- vitalidad, flexibilidad, capacidad de innovación, o bien temor en la madurez, resistencia a solidarizarse con una actitud o una forma de vida, inseguridad y afán de perpetua provisionalidad. Con la madurez ocurre algo semejante: el hombre se instala en ella largos años, como en una edad que finge una ilusión de permanencia y estabilidad, o por el contrario se le presenta como un nuncio de próxima e inevitable decrepitud. Y la vejez, por último, funciona unas veces como simple espera insustantiva de la muerte, mientras que en otras sociedades se convierte en una edad con atributos positivos, segura de sí misma, acaso orgullosa y esperanzada. Y como dijo el poeta: “La hora de la verdad / es la hora de la mentira / si es la hora en que la muerte / viene a quitarnos la vida”.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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