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Opinión
Etiquetas:   La parte por el todo  

No digas nada

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 6 de mayo de 2007, 07:41 h (CET)
Es bien conocida la anécdota del malestar del occidental que se presenta ante el desierto por un breve espacio de tiempo. No es cosa de estar lejos de casa: la afición turística del hombre blanco no sabe de distancias y, en todo caso, coteja la longitud del espacio en función de los trayectos de su avión.

Lo que aturde al inocente blanquito cuando se postra en el centro del gigante de arena es una sensación que nunca (nunca) antes había padecido. Roto por el vacío sonoro, somatiza lo que no es más que un malestar del alma. Es la desesperación por permanecer parado frente la inactividad, lo que no puede oírse, la nada.

Cansado, pues, del ajetreo diario y de la contaminación acústica, tampoco el puro silencio ancestral sacia la inquieta voluntad de deseo del español medio.

Pensándolo bien, lo que nos gusta es la descripción poética del silencio, utilizarlo como recurso lingüístico. Música como sonidos entre silencios, silencios que lo dicen todo, silencios administrativos previstos en el funcionamiento de la moderna jaula de hierro de Weber. Medias tintas, lo miremos como lo miremos.

No somos capaces de tolerar su intangible presencia átona.

En la pequeña parcela biológica que nos pertenece, -si no es que somos nosotros quienes le pertenecemos- el cuerpo de cada uno, existe la posibilidad de crear una cierta forma de silencio. Solamente es necesario unir labio con labio y esperar.

Y, sobre todo, no pretendamos esperar a nada. No pongamos límites a lo que no lo tiene, dejemos que el silencio nos transporte desde el alba hasta el ocaso, otorguemos aunque sea solamente por un día.

Consolidemos el día mundial del silencio aplicado al ser humano, callémonos todos durante veinticuatro horas.

Porque nuestras relaciones no se basan únicamente en mantener un tono correcto al hablar y en usar el registro adecuado. Valoremos la sonrisa matinal y la caricia vespertina, planteémonos si la palmada en la espalda es más que una palmada en la espalda. Gritemos, si es preciso, sin abrir la boca.

Acaso comprenderemos entonces el verdadero sentido de la palabra hablada.

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