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Sana envidia de Francia

Pascual Falces
Pascual Falces
domingo, 6 de mayo de 2007, 07:41 h (CET)
Esta columna quisiera ser hoy de “historia-ficción”, por lo que quien guste de recabar opiniones, en lugar de “reflectaciones” –otro día se explicara esta palabreja-, es aconsejable busque en otros lugares, donde las encontrará sobre la actualidad, y “a mogollón”. Es fácil asociar los dos acontecimientos celebrados en esta misma semana; el “Dos de mayo”, y las elecciones a la Presidencia de la Quinta República francesa (ya consumieron cuatro anteriormente, y aquí llevamos dos estruendosamente fracasadas, y una Constitución, la actual, que se cimbrea).

Si la Guerra de Independencia la hubieran ganado los franceses, se hubieran asentado en España sus usos y costumbres, y el “afrancesamiento” habría dejado de ser vergonzoso. El hermano de Napoleón no hubiera durado mucho en el trono, porque no soportaba a los españoles, ni ellos a él. Es muy posible, ficción por medio, que una República se hubiera instaurado, aunque primero se interrumpiese el orden dinástico al rodar las cabezas reales -al estilo francés-. Durante el S. XIX los españoles habrían aprendido las artes de la democracia y desarrollado el sentido republicano no reivindicativo. Con ello, y deseablemente, se hubiera vivido un “siglo de las luces”, en lugar de la bochornosa época de Isabel II. Su hijo con Enrique Puig Moltó, se hubiera conocido como Puig Borbón, en lugar de Alfonso XII. Ahora, en el Registro civil figura Borbón Ortiz y no pasa nada.

La República Española instaurada en los comienzos de mil ochocientos luciría polvorienta, pero, posiblemente Gloriosa. La progresiva independencia de los antiguos Virreinatos en tierras americanas hubiera sido tratada por políticos parlamentarios, no por Generales. Tal vez, al general Valeriano Weyler no le hubiera cabido el dudoso honor de inventar los “campos de concentración”, como bastiones inexpugnables para la población en su sesudo mandato durante la guerra de Cuba.

Casi con certeza se hubieran evitado las tres guerras civiles, llamadas Carlistas, que asolaron buena parte del país a lo largo de todo el siglo diecinueve por reivindicaciones dinásticas. Con idénticas probabilidades, de ficción, no hubiera habido lugar a la sangrienta Guerra Civil con “un millón de muertos”, como dicen en la narrativa. Y, sin la menor duda, no se habría soportado el franquismo, al que se atribuyen tantos males, que, camino del siglo después, precisa de la revisión histórica de la Memoria.

Y, con todo, no termina aquí la fábula. ¿Se imaginan que el país estuviera viviendo la “jornada de reflexión” para las elecciones presidenciales teniendo a Esperanza Aguirre en lugar de Segolene Royal, y a Ruiz-Gallardón en vez de Sarkossy?... por ejemplo.

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