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Hay que vitalizar la Iglesia española

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 3 de mayo de 2007, 23:07 h (CET)
Me temo que los católicos de nuestras antiguas colonias del otro lado del Atlántico conservan su fe y la manifiestan públicamente con más ánimo que nosotros, los españoles, que fuimos precisamente quienes la exportamos a aquellos lares. Por supuesto que este artículo va dedicado en exclusiva a mis correligionarios, los que nos consideramos, quizá inmerecidamente, practicantes de la religión que Cristo nos enseñó a través de los apóstoles. Sé que en estos tiempos no es fácil mostrarse publicamente como católico; supongo que si fuera musulmán tendría más facilidades y, al menos, estaría seguro de que no se burlarían ni se mofarían de mi religión, por aquello de que muchos se ven con fuerzas de meterse con el que ofrece la otra mejilla, pero pocos lo hacen con quien les puede clavar un cuchillo en el vientre por reirse de su dios, Ala.

Lo cierto es que en México, hace poco tiempo, se aprobó una Ley en virtud de la cual queda despenalizado el aborto hasta las doce semanas de gestación. Ha sido una ley conflictiva que ha venido precedida de fuertes protestas por parte de la Iglesia y muchos ciudadanos, que eran contrarios a la promulgación de una norma que atentaba contra los derechos de un ser inocente, cuya única culpa es la de haber sido concebido en el vientre de alguien que no lo desea. Obviando los motivos por los que un estado laico permite tales crímenes – en España ya tenemos comprobado la escasa sensibilidad de los ciudadanos ante los embriones fecundados y, sin embargo, la preocupación que algunos sienten por preservar la vida de un criminal que ha matado a veinticinco personas, y que se ha puesto en huelga de hambre voluntariamente –, debemos resaltar la energía y rotundidad, del obispado de la capital mexicana, con la que ha puesto en conocimiento de sus feligreses lo que la Iglesia Católica tiene establecido respecto a tales prácticas abortivas. No se han andado con chinitas y se han apresurado a dejar claro que, para un católico, el cooperar en un aborto, participar en él o favorecerlo significa caer, automáticamente, en excomunión; sin que sea preciso que las autoridades eclesiásticas se pronuncien previamente sobre ello. ¡Así de claro!

Advierten, así mismo -como no podía ser de otra manera-, que la excomunión sólo les afecta a los católicos, por ser los únicos que participan de la comunión dentro de la Iglesia.Los otros no católicos serán libres de actuar según les marque su conciencia o sus creencias particulares. No hay paliativos ni justificaciones para escurrir el bulto (nunca una expresión más apropiada) porque esta es la doctrina católica. Lo que otros, desde fuera, opinen, no tiene ningun efecto ni debe preocuparnos. La existencia de un ser que tiene vida no puede depender del estado de ánimo de su madre; de su irresponsabilidad ni de su condición de soltera o casada: su obligación es apechugar con su obligación de madre. En todo caso, tuvo ocasión antes de no haberlo concebido.

¡Qué diferencia con la tibieza con la que los católicos españoles aceptamos la legalización de tamaño crimen! España, la España que quieren imponernos los socialistas, ha pasado de ser el paradigma del catolicismo, la España Mariana y la luz de la cristiandad, a lo que hoy podemos observar, o sea, la representación genuina del materialismo ateo; la imagen del desenfreno sexual; la patria de la libertad gay y la única nación de Europa que, por méritos propios, ostenta la triste primacía de ser el país más permisivo en pervensiones sexuales y degeneración moral.

Tampoco dejan de tener nuestros pastores parte de culpa en lo que está sucediendo. Olvidándose, quizá, del ejemplo de los primeros cristianos, que no se dejaron convencer por los requerimientos de quienes quisieron apartarlos de la fe; rechazando la apostasía y las riquezas, fueron capaces de entregar sus vidas, imitando el ejemplo de Jesucristo. Pues bien, si es cierto que la Iglesia española ha mostrado su rechazo al aborto, no obstante, también lo es que ha negociado con el Gobierno socialista –el promotor y valedor de la repugnante ley del aborto – para asegurarse aportaciones económicas y cediendo, en materias de educación, en virtud de lo que se puede denominar un 'posibilismo' práctico; seguramente pensando en que, en la situación actual, es mejor no destacarse demasiado.

Son los que prefieren olvidarse de la masacre de sacerdotes y monjas mártires que los del Frente Popular perpetraron para, como nuevos Esaúes, aceptar el plato de lentejas que les ofrece este Gobierno, descendiente de aquellos mismos que se cebaron con sus hermanos en la fe. Los católicos no queremos pastores fríos, ni pastores separatistas ni pastores reformistas, lo que queremos son dirigentes espirituales que apliquen la doctrina tal y como Jesucristo dejó mandado en los Evangelios sin componendas ni cesiones. La evidente decadencia de la Iglesia no sólo se debe al materialismo imperante, sino también, a la acomodaticia posición de muchos de los clérigos, que se olvidan de que estamos en el siglo XXI y que la fe cristiana necesita predicaciones actualizadas y defensa de los soportes doctrinales con argumentos adaptados a la sociedad y los tiempos en los que vivimos. ¡Ojalá que los responsables se enteren a tiempo!

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