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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El bien leer

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 3 de mayo de 2007, 22:50 h (CET)
“Dejaría en este libro
toda mi alma.”


Federico García Lorca

Hace más de un siglo que Edgard Alland Poe escribía: “La enorme multiplicación de libros, de todas las ramas del conocimiento, es uno de los mayores males de nuestra época”. El hombre se haya perdido entre tantos libros. Quizá se tilde de bárbaro a cualquiera que se atreva a insinuar que la abundancia de libros sin más, puede ser tan lesiva para la cultura como la escasez. Pero es un hecho que la copiosidad creciente del material impreso que solicita a diario nuestra atención y nos hace llamada a gritos desde los escaparates, colocan al hombre moderno en un apuro. Bien mirado es un problema de distribución: lo que hay que distribuir es el tiempo. Se trata de leer muchos más libros de los que leía un clérigo del siglo XIII, un culto del siglo XVII o un enterado del siglo XIX, dentro de las mismas veinticuatro horas del día.

A primera vista, pues, el problema se plantearía así: ¿Cómo se las puede componer el hombre de hoy para leer tanto libro en tan poco tiempo?

Una de las cuestiones, a escala mundial, que caracterizan nuestra época, es la falta de tiempo. La mayoría de personas nos salen con la usada monserga: “Si, pero tengo tan poco tiempo... Ando tan mal de tiempo...” Y el caso es que nadie duda de esa afirmación sea el que fuere el que la profiera.

¿De qué le sirve entonces -me pregunto-, al hombre moderno, tanto y tanto ingenio que le han inventado o se ha inventado, para hacerse más tiempo, para defenderse del tiempo? La jornada de 35 horas, el motor de explosión, la electrónica, la informática, el hablar a distancia.

Nos tememos que quizá el hombre que cree encontrarse apurado para leer, por cortedad de tiempo, se engaña miserablemente, en el supuesto de que no quiera engañarnos; le faltan no el tiempo, sí las ganas. El querer, la preferencia. No hay que desahogarse, cargándole todas las cuentas al tiempo, el gran pagano. La verdad podría ser que lo que ha cambiado, más que la disponibilidad de las horas, es la consideración de las cosas y su valor respectivo.

No obstante, no puede negarse la tremenda realidad del conflicto en que se afrontan tiempo y lectura, los libros que esperan y que se cuentan por millares, y las horas que tenemos, que no pasan, ni en este siglo XXI, de veinticuatro al día.

Lo que conviene es conformarse con el tiempo que no es dado, por tanto, no queda más remedio que no leer más libros que los que podamos leer. ¿Que no puedan ser muchos? Pues que sean buenos. Pocos libros bien leídos mejor que muchos leídos malamente.

Por desgracia la época que vivimos no se aparece como inclinada y propensa al bien leer. Millones y millones de personas afanadas sobre una tarea, se mueven ante que por la perfección de su trabajo por despachar, por salir del paso, por cumplir; por acabar su faena, aunque no la acaben, es decir, la perfeccionen. Bien a la vista está la causa: no hay tiempo para la perfección. ¿Será posible, en un mundo donde casi todo se hace de cualquier modo, aspirar a que hagamos una cosa bien, leer? Prestemos atención a lo que dice el poeta: “Despacio y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”.

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