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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los iracundos

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 2 de mayo de 2007, 23:22 h (CET)
“Y al fin correréis la suerte
de los que matando llegan
a dar a su vida muerte.”


Rafael Alberti

Si me preguntan cuál es el espectáculo más aflictivo que el hombre proporciona de sí mismo, yo diría que el del hombre arrebatado por la ira. Ya sé que se buscan justificaciones y cada uno de nosotros, cuando la ira nos agarra del cuello, cree tener una base racional y justificadora. ¿No se llega a hablar, incluso, de una “ira santa”?

Ninguna excusa es válida. Ni siquiera la de Moisés cuando, de acuerdo con el relato bíblico, convirtió en polvo las Tablas de la Ley. Significativo episodio, por cierto. Cada vez que el furor nos arrebata, hay una Ley- y a veces “La Ley”- que desaparece.

No es la ”paciencia” la panacea contra la ira. Lo que produce la pasión iracunda, sino la “parcialidad”. He dejado de ir al fútbol -que, a veces, es un vistoso espectáculo- afligido de ver a algunos amigos míos congestionarse hasta saltárseles los ojos, empeñados en convencerme de que los once de “su” equipo eran once perfectos “gentlemen”, mientras “los otros” abrigaban tenebrosos designios homicidas. Lo terrible de la ira es la obnubilación del pensamiento.

Como en ciertas enfermedades de la visión, en las que el ojo deja de percibir determinados colores, así también el iracundo es un ciego parcial para cuanto le rodea. De esta visión mutilada surge una visión deformada de las cosas que -y esto es lo más grave- intenta imponerse a los demás.

Todo dentro de un encadenamiento en apariencia lógico, porque si el iracundo se cree en posesión de su verdad, creerá actuar de acuerdo con su conciencia, intentando imponer a los demás lo que para él es la más pura certeza. De ahí que, entre nosotros, sea tan peligroso aquel que quiere, a viva fuerza, hacernos felices.

La iracundia en los pueblos se llama la guerra. Y lo que más aflige no es el hecho mismo, el brutal enfrentamiento de los aviones, de los tanques y de las ametralladoras, sino la estremecedora velocidad con que las gentes se apresuran a “parcializarse”, a declararse, resueltamente, por uno u otro bando. A justificar la actitud de “unos” y a denostar la de los “otros”. A silenciar las crueldades de los primeros y a gritar estentóreamente la de los segundos. A “tomar partido”, es decir, a “partir” su alma de manera que sólo vea la porción que su propia iracundia le deja percibir. Lo grave de la iracundia no es sólo la guerra, sino la mutilación anímica que comporta. Y como dijo el poeta: “¿Queréis la guerra? No iremos. / Con la paz entre las manos / por arma os enterraremos. / ¡Paz al mundo! Corazones / arrebatados y unidos / de millones y millones. / Paz para toda la gente. / Se abran y cierren los ojos / del día tranquilamente”.

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