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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

No me gusta mi ciudad

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 3 de mayo de 2007, 09:06 h (CET)
El lema de la campaña municipal de los socialistas de Lleida es: «SÍ, ME GUSTA LLEIDA». Según ellos, les gusta porque «es creadora, está cohesionada, sin fracturas urbanas, porque es innovadora y de progreso y sin fronteras». Es decir, que no le falta nada. Es cierto, de lo que tiene no le falta nada. Quienes han de decir si les gusta su ciudad son los ciudadanos que viven en ella. ¿Qué dicen estos? No escribo en representación de nadie. Lo hago en nombre propio. A mí, personalmente no me gusta mi ciudad. Con ello no quiero decir que no se haya hecho nada. Si miramos fotos de hace 30 ó 40 años apercibiremos que zonas hoy urbanizadas eran auténticos charcos cuando llovía y que levantaban molestosas polvaredas cuando el viento soplaba en el estío. Pero no todo son virtudes lo que caracteriza a mi ciudad. Zonas recientemente urbanizadas tienen muchas baldosas sueltas que cuando las pisas en días de lluvia te ensucias los zapatos y pantalones, o se convierten en auténticos lagos porque se dice que ha primado la belleza a lo funcional en el momento de su urbanización. Siguen calles abandonadas a las que no se les ha dado una mano desde el día que fueron mejoradas hace años. Se construyen plazas que son auténticas birrias a pesar de que hayan sido proyectadas por arquitectos de fama. Se diseñan zonas ajardinadas, muy bonitas en el momento en que el alcalde hacía la inauguración oficial, después apenas se acuerdan de ellas y presentan un aspecto lamentable.

En el aspecto social hay muchas cosas que no me gustan. No me agrada la especulación que se hace del suelo urbano con lo que el precio de las viviendas no estén al alcance de muchas economías, y que se privaticen zonas destinadas a equipamientos y zonas verdes, con ello, mi ciudad pierde encanto. No me gusta el sistema educativo y la carencia de infraestructuras de que adolece. No me gusta la situación en que se encuentran los desvalidos, a menudo abandonados por sus familiares y olvidados por la administración.

No me gusta el incivismo que prolifera. No me gusta el vandalismo juvenil, con la quema de contenedores y la destrucción de mobiliario urbano. Me desagrada la incultura adulta que tira los desperdicios en la vía pública cuando se tiene a mano papeleras y contenedores. Me disgustan los orines y cacas caninas que ensucian aceras y contaminan las zonas exclusivas para la infancia, poniendo en peligro su salud.

No me gusta la contaminación acústica a la que no se le pone remedio suficiente y, lo más lamentable es que en ciertos caos lo promuevan instalaciones municipales.

No me gusta la inmoralidad que se da en mi ciudad. No me gusta ver como las prostitutas se pasean por la carretera en espera de encontrar clientes. Me disgustan los divorcios e infidelidades con los problemas familiares que les acompañan.

No me gusta la violencia larvada y la que se manifiesta públicamente. No me gusta levantarme una mañana y descubrir que mi ciudad esté relacionada con una red de pornografía infantil o que alguno de sus ciudadanos practique el turismo sexual en busca de carne barata. No me gusta leer en el periódico que una mujer ha sido apaleada o asesinada por su marido o compañero. No me gusta que se maltrate a los niños. Me disgusta que se paguen salarios y pensiones de miseria que apenas dan para malvivir.

A pesar de los muchos «NO ME GUSTA» con los que tal vez he cansado al lector no puedo dejar de intentar hacer alguna cosa para que mi ciudad sea más habitable. El Señor manda a su pueblo a que se preocupe por el bienestar y prosperidad de los pueblos y ciudades en donde viven. No podemos ser pasivos. A la vez que hemos de contribuir al bienestar de sus ciudadanos, no podemos evitar esperar aquel lugar que el Jesús resucitado está preparando para su pueblo para que lo gocen en un futuro indeterminado. La promesa de Jesús no la podemos asumir en toda su amplitud. Por ello, mediante las visiones que tuvo el apóstol Juan y que describe en Apocalipsis se puede tener un atisbo de lo maravilloso que es. Nos pinta una ciudad construida con materiales muy valiosos: oro, piedras preciosas, perlas y un boceto geométrico de su perfección. Esta descripción nos permite entender un poco el lugar gloriosos que se nos reserva a la vez que nos estimula a no perderlo de vista. Esta esperanza que no se marchita cubre con creces la tristeza que nos produce ver la fealdad e imperfección de la ciudad que amamos.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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