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Etiquetas:   ARTÍCULO   -   Sección:   Revista-musica

Luces del Beat y Sombras del Beatnik

Nicolai Stavrogin
Redacción
lunes, 30 de abril de 2007, 22:00 h (CET)



Allen Ginsberg



LUCES DEL BEAT
Nacido en Estados Unidos a mediados de los años cincuenta, el beat fue uno de los movimientos contraculturales más llamativos de la segunda mitad del siglo XX. Según la feliz expresión acuñada por Herbert Marcuse, los beat propusieron un Gran Rechazo sociocultural, esto es, una separación radical de una sociedad, de un estilo de vida, de un código de valores y de una idea de familia que consideraban profundamente falsos y aburridos. Se trataba, pues, de una negación rotunda de un determinado estado de cosas; un movimiento rebelde, espontáneo, minoritario y marginal que proponía salir del gran Kibutz social para plantear un estilo de vida basado en el arte, la rebeldía y el ansia de libertad individual.

Sus influencias literarias y filosóficas más evidentes pueden rastrearse en el individualismo libertario de Thoreau, en el tono profético de Walt Whitman, en el halo visionario de William Blake, en el hombre del subsuelo de Dostoievski, en el anarquismo literario de Henry Miller y en las experiencias alucinógenas propuestas por Artaud o Michaux. Todo ello combinado con una fuerte inspiración budista (zen y tántrica, principalmente), con una concepción más erótica de la sexualidad y con un considerable interés en las drogas como vía para alcanzar nuevas dimensiones de percepción.

La edición en 1956 del poema Howl (Aullido), de Allen Ginsberg, fue ejemplar como cántico, como mística y como disidencia del sujeto “underground”; como conciencia, en definitiva, de un estilo de vida y de un impulso espiritual diferentes. El movimiento beat, como estilo de vida marginal y contracultural, no había hecho más que nacer. Y Ginsberg se convirtió en su primer gurú, un héroe gay que partía del subsuelo para comprometerse con los más débiles.

La publicación en 1957 de la novela En el camino, de Jack Kerouac, supuso un punto de inflexión decisivo para que millones de jóvenes en EEUU, Europa y algunas grandes ciudades de América Latina descubrieran una nueva manera de sentir la vida juvenil, entendida ahora como una necesidad de frenesí, de aventuras y de vivencias; un no detenerse, un no dormirse, un goce constante, un estar siempre en el camino. Probablemente todos los adolescentes y jóvenes que leyeron esta novela de Kerouac sintieron un impulso decisivo para poner patas arriba sus vidas, un anhelo de lanzarse a la carretera en busca de una vida llena de sustos y sorpresas. Aún hoy, En el camino sigue considerándose la novela de referencia para todos aquellos que quieren hacer de sus vidas algo diferente y apasionante, como prueba el hecho de que fuera el libro más robado en Nueva York durante el año 2005.

En un estilo algo diferente, William Burroughs trataría de desmarcarse de algunos de los primeros estereotipos creados en torno a la cultura beat por medio de una escritura deslavazada y en ocasiones alambicada, planteada como un cut-up (o collage) imposible de reconstruir o de articular. Una obra pretendidamente densa y hasta cierto punto ilógica que alcanzó su mayor grado de brillantez en la novela Almuerzo desnudo (1959).

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SOMBRAS DEL BEATNIK
Pero el movimiento beat, como modo de protesta y medio de transgresión del orden social burgués, no tardó demasiado en dejar de ser rompedor e interesante. Pronto se convirtió en una moda y, lo que es peor, en parte del ritual de los jóvenes más acomodados e individualistas, de modo que el sistema sociocultural establecido se los tragó como parte de su dieta. Los herederos del beat, que empezaban a ser conocidos despectivamente como “beatniks”, se convirtieron desde los años sesenta en una tribu urbana casi antagónica a sus propios ídolos. Ya no eran representantes de un estilo de vida diferente, sino más bien refinados universitarios perfectamente integrados en el modelo burgués, y que por lo tanto servían como afirmación antes que como negación del orden social establecido.

El movimiento beat se popularizó aún más gracias a la música, que de la mano de grupos -en principio minoritarios- como la Velvet Underground de Lou Reed acabó llegando hasta el último rincón de Occidente (y parte de Oriente). Los años ochenta y noventa no hicieron más que confirmar la transformación de todo este movimiento en una moda propia de jóvenes acomodados y con demasiado tiempo libre, más interesados en el lado más estético y literario del beat que en su primigenia rebeldía y preocupación social.

Y ésa es la gran tragedia de la herencia beatnik: que, siendo en un principio un movimiento social claramente transformador y negador del orden establecido, al final ha quedado limitado a una mera forma de vestir, a una corriente musical propia de jóvenes urbanos y acomodados, a una manera de entender la literatura asombrosamente simplista e hipersubjetivizada, y a una indiferencia casi absoluta por los colectivos verdaderamente marginados de nuestras sociedades (refugiados, inmigrantes, enfermos mentales, prostitutas o mujeres árabes, por poner sólo algunos ejemplos).

Así, el nuevo joven beatnik es un falso bohemio autocompasivo y enamorado de sí mismo que siente devoción por su colección de discos y que puede dedicar una hora diaria a despeinarse y a diseñar su propio look underground, pero que a la hora de la verdad es incapaz de dar un abrazo a su novia o de hacer un regalo a su madre. Estos nuevos beatniks, en definitiva, son “niños-bien” carentes de la más mínima noción de afectividad y preocupados exclusivamente por el disfrute bohemio y hedonista de la juventud; megalómanos con ganas de considerarse a sí mismos como grandes creadores artísticos y de hondo calado trágico y existencial, pero sin interés por transformar la realidad o por enfrentarse a los grandes enemigos del hombre contemporáneo.

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Blog de Nicolai Stavrogin

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