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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Casi, un país serio (II)

Pascual Falces
Pascual Falces
domingo, 29 de abril de 2007, 09:48 h (CET)
En España es muy socorrido establecer semejanzas con el espectáculo taurino. La popularidad es tan de antiguo, que difícilmente se perdería entre los usos, costumbres y lenguaje, si llegasen a desaparecer. Una corrida de toros culminada en la muerte y arrastre del animal es algo “peculiar” de nuestro viejo solar. En ella, el público, la representación de la ciudadanía, ocupa los tendidos, palcos y andanadas; los famosos ocupan las primeras filas y acaparan fotos y atención. El resto es masa que trasmite la sensación del lleno “hasta la bandera”. El ambiente es relajado, festivo, y propio de espectáculo al aire libre. Quiérase o no, todos están pendientes de lo que se ofrece en el ruedo ante sus ojos. Aquí está la clave.

Una figura de la tauromaquia política fuera de lo convencional y tan sólo equiparable a Don Tancredo, el que burló todas las reglas de la lidia, hace payasadas sin cuento en la plaza. La cuadrilla le sigue el juego, y con “espontáneos” como Ibarreche o Maragall llevan toda la legislatura haciendo acrobacias y jeribeques ante el cornúpeta, y al margen de cualquier convencionalismo.

Se ha distorsionado el tratamiento serio del terrorismo y se juega frívolamente con la propia constitución del Estado. Los epítetos de mentiroso contra mentiroso (y, tú más), entre gobierno y oposición, se repiten hasta aburrir, mientras son manipuladas las intocables reglas de la norma financiera con la que entenderse para comprar y vender. Se ha jugado con el agua que riega el país, siempre escasa. Y, para colmo se cambian de lugar los burladeros o las puertas de salida de caballos; como cambiarían el tamaño de las porterías si en lugar de ruedo fuera estadio.

Este país además de especial, tan poco serio en su historia política de los dos últimos siglos, llegó a salir de un régimen totalitario y denostado –al moro muerto, lanzada, ya se sabe-, e instauró una democracia en 1978 como nunca la había tenido. Casi, llegó a ser un país serio en el concierto internacional. Y así podía haber seguido una vez superados los robos a mansalva de los “felipistas”, si no hubiera sucumbido ante la vanidad la anterior “figura” del espectáculo, que, con la legendaria foto de las Azores dio lugar a su relevo por esta cuadrilla de artistas del alambre, cuya eficacia tan sólo se está demostrando al hacer funambulescos equilibrios con los que mantenerse en el aire esperando terminar el número sin descalabros. ¿Qué dirá el respetable cargado de crispación?

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