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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

En ello radica el cambio

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 29 de abril de 2007, 09:48 h (CET)
“La vida que persigues no la encontrarás jamás.
Cuando los dioses crearon la humanidad,
asignaron la muerte para la humanidad,
pero ellos guardaron entre sus manos la Vida.”


Se puede intentar abordar de muchas maneras: puede haber quien se especialice en crear herramientas para elaborar el duelo y aceptar la pérdida; habrá también quien piense que la sensación de la pérdida es uno de los mayores momentos de egoísmo (‘no lloro por ti, lloro porque ya no te tengo’, dirían).

Sea como sea, la muerte es algo que fascina al vivo. Quizás sea porque sabemos que el destino de todo lo vivo es la inactividad y que, al fin y al cabo, en polvo hemos de convertirnos.

Y si hay algo que nos anuncia la llegada de la parada de motores es aquello con lo que estamos condenados a vivir a diario, lo queramos o no. Las dudas razonables sobre la existencia del alma han sido construidas sobre la fe residente en los ojos o en la emoción. Pero sobre lo que nadie puede dudar es que el paso de los años marca la piel de los humanos, desgasta sus huesos, entumece sus músculos y descompasa sus movimientos reflejos.

Aun así, en todas las épocas han existido individuos o grupos de individuos que creen poder doblegar las despóticas leyes del tiempo y gozar de los placeres de la juventud eterna. No es de extrañar que haya gente dispuesta a emplear tiempo y recursos en hallar el secreto de la suavidad de los niños -acaso el secreto no consista en sentirse como un niño sino en serlo realmente, cosa muy difícil de conseguir si no se es uno de ellos-.

La mitología está llena de ejemplos sobre la preocupación por el instante en que termina la vida. Mitos sobre la inmortalidad física y el anhelo por la juventud eterna. El fragmento de más arriba es una muestra.

Corresponde al ‘Poema de Gilgamesh’ obra maestra de la literatura mesopotámica que recoge el mito del tirano Gilgamesh, al que se describe como dos tercios dios y un tercio hombre. En cierto momento de la obra, el protagonista pierde a su amigo Enkidu tras unas ‘desavenencias’ con la diosa Isthar.

Entonces decide dejarlo todo y recorrer la tierra hasta encontrar a aquél que sabe dónde se encuentra el secreto de la inmortalidad. Finalmente baja hasta el fondo del mar y se hace con la planta que le devolverá la juventud eterna, pero una serpiente marina se la arrebata poco antes de que Gilgamesh emerja de nuevo. Derrotado, vuelve a su ciudad a esperar la hora de su muerte.

Antes de iniciar el viaje, es una tabernera la que le recuerda en manos de quién se encuentra el dominio de la Vida (”ellos guardan entre sus manos la Vida”).

No somos los primeros, como se ve, que nos preocupamos por dar esquinazo al avance inexorable del destino. Tampoco somos los primeros que comprobamos día tras día que podemos huir, pero nunca escondernos.

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