“El noble oficio de escribir” es una de esas acuñaciones facilonas que nada dicen; tan vacía como “le acompaño en el sentimiento”, “el gusto es mío” o “la pertinaz sequía”. En muchos casos se trata de un matrimonio –felizmente disoluble- entre adjetivo y sustantivo (cómodo plazo, noble oficio, sentido pésame) y en otros, simplemente, de una soberana sandez que a fuer de usarla se ha convertido en algo que reclama nuestra rutina auditiva (¿qué sería del “nexo” sin su “unión”, aunque no se necesitan para sobrevivir en el mar del lenguaje) Cualquier oficio es noble, con la excepción de uno que afortunadamente va en retroceso: el de verdugo.La escritura –como acaso la composición musical- tiene mucho de carpintería, de ensamblaje, adaptación, limadura, pulido, barniz. Alguien puede apresurase –el pensamiento suele ser más rápido que la palabra- y deducir que me refiero a un tipo de escritura academicista, rancia, que acaba teniendo la apariencia literaria de una cómoda isabelina contrachapada o de una imitación de un bargueño del XVII en PVC. Sin embargo, nada más lejos de lo que quiero decir.
Un trazo grueso, a veces el brochazo, puede revelar al más grande de los pintores. De la misma manera que Bach empleó la disonancia radical, el llamado “diabolus in musica”, en un momento de su Pasión según San Mateo; o Joyce fundió y confundió tiempo y espacio en Ulises. Está claro que la transgresión es un recurso artístico legítimo y que lo que debe resaltar siempre es el talento de quien lo emplea. Para desdibujar –eso lo sabían muy bien Picasso, Modigliani, Dalí y tantos grandes pintores- hay que ser un maestro del dibujo. Alban Berg aplicó la técnica atonal en su concierto para violín y orquesta “A la memoria de un ángel”, porque conocía al dedillo la armonía tradicional.
Rayuela o Cien años de soledad son obras que, en su momento, representaron a lo más vanguardista en literatura. En realidad, como siempre el arte se nutre de la tradición, no es difícil encontrar en ellas lejanos ecos de Malcolm Lowry, de Dylan Thomas, de Borges, del propio Joyce, y hasta, si me apuran, de Stendhal. No hay que ser crítico literario, sino lector atento para hallar con placer esas reminiscencias. Las obras de Cortázar y García Márquez han envejecido bien; o más exactamente, los años han pasado por ellas sin enmohecerlas, lo cual prueba su valía. Lo que tuvieron de vanguardista o innovador no enmascara ninguna deficiencia formal, ninguna falta de oficio. Se podría decir que ambos escritores de haber adoptado una estructura mucho más clásica, lo habrían hecho con la misma naturalidad que decidieron investigar en el mundo de la forma y la expresión literarias. Se trata de una opción como otra cualquiera. Es más “fácil” leer a Thomas Mann que a Proust o al Joyce de Finnegan´s Wake y Ulises. De la misma manera que es más “fácil” escuchar La Traviata de Verdi, que Lady Macbeth de Mensk, de Shostakovich. Pero eso es ajeno a la calidad artística. Nuestra educación nos ha acostumbrado a la rima consonante, a la escala de Do mayor, a lo figurativo en las artes plásticas, al planteamiento, nudo y desenlace de las novelas y obras de teatro. Cuesta bastante esfuerzo situarse en otra perspectiva. A algunos les merece la pena el intento y a otros no. Y son legítimas las dos actitudes.
Pero ¿qué hacemos con los que Lázaro Carreter llamaba “juntapalabras”?
Son una especie que abunda en lo que algunos llaman “la república de las letras” (otra expresión bastante tonta), y se caracterizan por eso: arrumbar palabras como algunos apilan cajas en un almacén, con la intención de crear algo, ya sea una crónica, un artículo y, en el peor de los casos, un libro. Sin embargo, donde más abundan es en las televisiones y las radios, amparados si no en el anonimato, en el hecho de que la palabra no escrita se la lleva el viento. Son periodistas o plumillas nacidos de la LOE, o de cualesquiera nefastas reformas educativas que ha padecido España durante los últimos 25 años, empezando por la del demagogo ministro franquista Villar Palasí.
Normalmente el juntapalabras es “perito en todo y maestro en nada”; se atreve con la física cuántica, tanto como con la arqueología submarina, el análisis político y el efecto de las flatulencias de ganado bovino sobre el medio ambiente. Habla de ópera, de moda y de la teoría de las catástrofes, con el mismo desparpajo que lo hace de enología y proctología; y hace bueno aquello de “confundir la magnesia con la gimnasia”. En sus trabajos escritos no se suelen colar faltas de ortografía, gracias a uno de sus más íntimos amigos: el corrector de Word. Es evidente que la lectura le produce erisipela (con excepción de los betsellers de Dan Brown), y la crónica del Premio Cervantes suelen dejársela a un compañero (perdón: o compañera) Lo más granado –o sea, lo peor de la cosecha- tiene por guarida alguno de los llamados “programas del corazón”, con que nos martirizan tanto las televisiones y radios públicas, como las privadas.
En esa guarida de talentos con carné de prensa, se envilece el noble oficio de charcutero, o el antiguo de tundidor, cada vez que despellejan a uno de sus invitados; quienes, por cierto, en un acto de suprema idiotez o de protagonismo (lo que es equivalente) o por dinero, se someten a las impertinencias de estos baluartes del “glamour” de guardarropía.
Así están las cosas por el Patio de Monipodio, cuando la ministra de educación parece no renunciar a su momento de gloria y nos amenaza con una nueva reforma, que permitirá a los alumnos pasar de curso con la mitad de las asignaturas suspensas.
Crucemos los dedos o pongámosle una vela al patrono de los imposibles para que no prospere. Si lo hace, los juntapalabras necesitarán un canuto para hacer la “o” y un sofisticado traductor de balbuceos para elaborar sus crónicas de sociedad. Porque ya no habrá otras.