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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

'Crímenes imperceptibles', de Guillermo Martínez

Gabriel Ruiz-Ortega
Gabriel Ruiz-Ortega
martes, 17 de julio de 2007, 23:48 h (CET)
El Premio Planeta en España ha traído una retahíla de ensañamientos por parte de la crítica especializada y los lectores defraudados al ver la sobrevaloración en la que han caído –en gran mayoría, no todos- sus muy bien remunerados y reconocidos ganadores. Sin embargo, el Premio Planeta convocado en Argentina ha entregado, a las imprentas y a la memoria de los lectores, autores que hacen presagiar futuros éxitos editoriales y justos reconocimientos literarios para sus remunerados y no muy conocidos ganadores, salvo Federico Andahazi, quien con su celebrada El Anatomista, ha saboreado el reconocimiento desde Sudamérica sin necesidad de cruzar el charco y empezar de cero como lo hacen muchos colegas de generación. Podemos hablar también de Pablo de Santis, quien con su extraordinaria La Traducción, quedó finalista del premio Planeta 1997, lo cual le valió como carta de presentación al mercado español, viendo publicada un año después su celebrada Filosofía y Letras. Pues bien, a este par de buenos narradores gauchos se suma Guillermo Martínez (Bahía Blanca,1962), muy reconocido en su país, teniendo varias de sus novelas anteriores a Crímenes imperceptibles traducidas al inglés, serbio y noruego. Martínez sigue la veta de escritores de formación científica, puesto que mencionado narrador es Doctor Matemático y la presente novela está ambientada en Oxford, lugar en el que pasó dos años como becario.

Crímenes imperceptibles está anclada en la tradición novelística desplegada por Arthur Conan Doyle y Edgar Allan Poe, muy pero muy alejada del hard boliled, tendencia esta representada por Hammet y MacDonald, siendo a Paco Ignacio Taibo II uno de los mayores exponentes de dicho género en América Latina. Martínez teje la trama de Crímenes... bajo los cánones de la novela-enigma que se enriquece temáticamente con la tradición literaria dejada por Borges y Bioy Casares y la colección policial que ambos dirigían: El séptimo círculo. Una de las características sustanciales que hacen a esta novela irresistiblemente interesante radica en el despliegue de los dos protagonistas atraídos por los juegos de lenguaje de Wittgenstein, la física cuántica y el teorema de Godel.

En varias entrevistas el autor ha calificado su novela como un thriller matemático, pues bien, la trama se enfoca en el matemático Arthur Seldon, leyenda viva en la historia de la novela, quien es presa de fanáticos que tratan de captar su atención a raíz de la publicación de un libro suyo sobre series lógicas que culmina con un capítulo dedicado a los crímenes perfectos. Como compañero de peripecia tenemos a un estudiante argentino becado en Oxford, cuya estancia académica queda reducida a una serie de asesinatos que empiezan en la residencia en la que supuestamente estaría consagrado a la actividad intelectual. La muerte de Mrs Eagletown -su anciana casera, quien tiene en Beth a una joven hastiada de rutina y premunida de frustración, y con patentes ganas de librarse de la férula que significa cuidar a la ya longeva Mrs Eagletown- es el punto de partida para una serie de asesinatos que pondrán a prueba a Seldon y a su discípulo argentino.

Este suceso los llevará a buscar sucesiones lógicas que encierran cimientos ilógicos amparados y disfrazados por el lenguaje. Lo que sería una novela de pesquisas en la que un inspector es el encargado de solucionar los asesinatos por medio de asociaciones de pistas y trampas troca en un alucinante juego verbal en donde el maestro Seldon y el joven discípulo se encargan de descubrir y tapar a los posibles implicados en los asesinatos, que no son sino un reto patente a la lógica esgrimida por Seldon en su libro de sucesiones lógicas.

Por lo dicho, podríamos estar ante una historia de estructura muy críptica, pero Martínez mantiene el interés del lector gracias a un uso del lenguaje exento de ornamento y pretensiones verbales que en novelas como esta podrían jugar en contra de la atención del lector, sumado a que Martínez jamás cae en el lugar común de la enunciación. Crímenes imperceptibles está dentro de la tradición policial inglés si nos ceñimos a las taxonomías del género. Empero, es menester acotar que esta historia logra darle la espalda a dicha tradición, y es en aquel viraje donde se ve el talento del autor al ofrecernos una nueva lectura del policial de pesquisas, talento que no es nada gratuito ya que este ha sido ejercitado dentro de un oficio intelectual multidisciplinario que se despliega en la novela en una serie de opiniones que muy bien podrían quedar como aforismos contundentes, como esta sentencia del profesor Seldon que bien podría reflejar el espíritu de la misma: “El crimen perfecto, escribe, no es el que queda sin resolver sino el que se resuelve con un culpable equivocado”

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