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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¡Cornudos y contentos!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 26 de abril de 2007, 09:45 h (CET)
Resulta aleccionadora la sonrisa que se les pone a algunos ciudadanos cuando escuchan a los políticos formular sus propuestas de futuro respecto a temas que les efectan directamente. Estamos tan acostumbrados a que los aspirantes a representarnos, del signo que sean, nos larguen sus consabidas peroratas, en las que, con cuidadas palabras y promesas solemnes, pretenden convencernos para que los votemos; que la reacción inmediata que nos producen sus discursos y sus explicaciones sólo consigue que, en nuestro rostro, aparezca este gesto de resignación con un punto de sarcasmo, que se traduce en esta mueca parecida a una media sonrisa.

Y es que, señores, entre la ciudadanía, entre las personas que formamos el
pueblo de este país; entre los hombres y mujeres que no sobresalimos de la
masa impersonal que integra la gente corriente; existe, desde hace bastantes
años, la percepción de que todos los políticos –sean del color que sean, de
derechas o de izquierdas, nacionalistas o separatistas, ilustrados o zotes
–; tienen una característica común que los identifica como miembros de esta
clase especial de personas que han decidido medrar a costa de los demás, y
que, por añadidura, tienen la rara habilidad de conseguirlo utilizando para
ello el cebo de la fingida honradez, el de la supuesta entrega
incondicional al servicio de los que los votan o el de la promesa de
conseguir para nosotros una vida mejor. Por supuesto que no tienen la más
mínima intención de cumplir lo prometido,sólo se trata de un truco para
alcanzar su meta que es, ni más ni menos que: el poder. Una vez conseguido
ya les da lo mismo lo que pensemos de ellos, porque ya están aupados al
carro de la política, que no es otra cosa que entrar en el mundo de los
privilegiados; de los que han dejado de tener que preocuparse por el precio
de la compra diaria; de los que tienen a su alcance, como el célebre rey
Midas, el convertir en oro todo lo que tocan.

No dejen de observar las trasformaciones que experimentan esta clase de
seres privilegiados cuando logran su objetivo: dejan aparcadas sus
motocicletas o sus utilitarios para pasar a ocupar los coches oficiales que
los votantes les proporcionamos con nuestros impuestos; abandonan los
disfraces usados en sus campañas para embaucarnos que son sustituidos, con
rapidez ofensiva, por un nuevlo look a base de camisas de Armani, trajes de
alpaca hechos a medida y zapatos de lujo que, por supuesto, los ciudadanos
pagamos con nuestros impuestos; dejan de vivir en sus pisos de los
extrarradios de tres habitaciones, con un baño para toda la familia, para
pasar a ocupar lujosos chalets en los barrios más distinguidos de la ciudad
que,como no podía ser menos, les pagamos los ciudadanos con nuestros
impuestos; empiezan a viajar en jets privados, a cuerpo de rey, y se
recorren medio mundo con la excusa de que se lo exige el cargo, todo ello a
cargo de nuestros impuestos. A cambio de todo esto ¿qué es lo que sacamos
nosotros?, ¿cómo nos compensan por permitirles vivir de nuestros impuestos?
Pues, que les voy a decir, en realidad no sacamos nada de nada.

En lugar de preocuparse por atender nuestras necesidades, nuestras carencias
y nuestros problemas, se enzarzan entre ellos en lo que, al parecrer,
constituye su deporte favorito: tirarse los trastos a la cabeza. No se crean
que se tienen la más mínima animadversión entre ellos, es sólo teatro, sólo
forma parte de la representación que tienen que escenificar cara a la
galería, para hacer ver que se esfuerzan al máximo por defender nuestras
ideas y nuestros intereses ante aquellos que defienden los de otros
ciudadanos, tan infelices como nosotros, que también se han dejado engatusar
por su palabrería. No se extrañe usted si, a la salida del Parlamento, se
los encuentra juntos, en una marisquería, en amigable camaradería,
atracándose de centollos, mientras los de CIU le cuentan un chiste verde a
los del PP y los de PSOE se trasegan buenas copas de cava con los del PNV y
ERC. Todo ello forma parte de este juego político que se traen entre ellos
para garantizarse una buena jubilación anticipada, sabrosas dietas y
sorprendentes bicocas que, como no podía ser de otra manera, pagamos con
nuestros impuestos los ciudadanos que los votamos.

Fíjense, si no, en alguna de las formas de actuar que tienen todos estos
“representantes” de los ciudadanos. En Barcelona, por ejemplo, resulta que
las universidades están desatendidas, les faltan medios para investigar, no
tienen recursos suficientes para desarrollarse y prestar los servicios que
les están encomendados, con un mínimo de desahogo. Si pregunta a la
Generalitat por los motivos de esta penuria, seguramente le contestarán que
el presupuesto no da para más, que hay que repartirlo entre muchas partidas
que también requieren de aportación de fondos o que el déficit no permite
estas alegrías. Sin embargo, vean por donde, sí se pueden gastar setecientos
mil euros en restaurar los servicios sanitarios de la consellería del señor
Maragall. Me imagino que con esta dotación el ilustre señor conseller podrá
orinar a gusto en una magnífica taza de porcelana china. También les queda
suficiente para repartir millones para subvencionar a los de la farándula
para que puedan representar obras contra el franquismo o para que hagan
películas en catalán (que luego son un fracaso económico y de taquilla) ¡Ah!
Y no se olviden de los flecos, sí hombre, de aquellos tres por ciento o
cinco por ciento o vaya usted a saber qué porcentaje que, no se sabe por qué
arte de magia, va a engrosar las faltriqueras de algunos de los más
avispados. Pero no se espanten, no se lleven las manos a la cabeza; al fin y
al cabo todo se acaba sufragando con los impuestos que pagamos nosotros, los
imbéciles de esta historia.
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