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Adiós, Borís Yeltsin, y discúlpenos

Andrei Vavra
Redacción
jueves, 26 de abril de 2007, 09:48 h (CET)
Cuando una persona cercana se marcha de esta vida comienzas a apreciarla de una manera distinta a como la apreciabas en vida. Para mí Yeltsin no era una persona cercana aunque yo formaba parte de su equipo. Comencé a trabajar a su lado la víspera del 5 de noviembre de 1996. Antes de la operación se redacta una alocución. Entonces buscábamos palabras que correspondieran a este momento dramático de su biografía.

Más tarde no veía al presidente a menudo, a diferencia de los redactores de discursos que colaboraban con él a comienzos de los años 90. Tuve que trabajar con él en el período de enfermedades y discursos públicos poco frecuentes. En aquellos tiempos se tuvo que escribir menos y preocuparse más por el estado de su salud. Por eso digo que ha fallecido una persona que me era cercana…

Lo vi superar los límites de imposibilidades físicas. Presencié como Borís Yeltsin estampaba su firma bajo un documento durante aquel viaje a Uzbekistán cuando se sintió mal, tambaleó, viéndose apoyado en seguida por Anatoli Kuznetsov (un guardaespaldas personal), y luego lo apoyaba el presidente Karímov que estaba al lado. En aquel momento no estampó sino rasqueó a duras penas su firma, mientras que toda la sala llena de periodistas, diplomáticos, guardias se quedó como una estatua, observando esta pugna. Ahora entiendo que en realidad todo duró 20-25 segundos como mucho. Pero daba miedo esperar sin saber si logra o no poner la firma. Y eso que su apellido no tiene más que siete letras.

Me relataron otros ejemplos de esta fuerza de espíritu y sobrehumanos esfuerzos de voluntad durante su segundo mandato.

No sé por qué me viene a la mente un episodio ocurrido durante, al parecer, su último viaje al exterior: a Estambul. Todos ya estábamos reunidos pero el acto no podía comenzar porque todo el mundo esperaba a Bill Clinton. Y cuando éste por fin apareció, conforme al protocolo diplomático, nadie parecía darse cuenta de su tardanza, se le acercaron, saludándolo cordialmente. Y sólo Borís Yeltsin, siendo siempre puntual, permanecía sentado y parecía mohíno. Se veía claramente lo incómodo que se sentía Clinton, cómo su amplia sonrisa laica se ponía más pesada: hasta sin mirar a Yeltsin, percibía físicamente la presión de su mirada y su poderosa fuerza energética.

Siempre vienen a la memoria pequeñeces sin importancia que no corresponden a este momento de dolor: cómo iba por el pasillo del Kremlin, cómo saludaba a la gente, sonreía, daba apretones de manos, bromeaba… No desaparece la impresión de su sempiterna presencia en mi memoria y en mi vida.

…En estos días de Borís Yeltsin se ha dicho todo, y ya se pronunciarán muchas palabras buenas. Y lo merece por mucho que digan lo contrario sus enemigos y detractores. Tanto en el período de Gorbachov como durante su presidencia nos dio muestras excepcionales de valor humano y político. El valor del hombre tiene una raíz, y Yeltsin lo ha confirmado con su vida. Nadie puede negar que ello merezca elogio.

Yeltsin es el valor y la libertad. Supo en su propia experiencia lo que es sentirse hombre libre. Me parece que lo apreciaba más que nada. Luchaba por una Rusia libre, escribiendo con mayúscula la palabra Libertad. Por eso todo lo demás: el prestigio de la nación, el bienestar económico y la felicidad de sus ciudadanos, deriva de la libertad.

No logró que nuestra vida fuera más fácil. Simplemente hizo que nosotros y nuestro país nos hiciéramos otros. Nos ha dado la libertad de escoger, enseñado a comprender, sentir y apreciar esta elección. Y ya depende de nosotros si podemos aprovechar estas lecciones y transmitirlas a nuestros hijos.

Creo que sí podemos. En este radica el mayor mérito del Primer Presidente de Rusia Borís Yeltsin ante la historia, ante la generación actual y las venideras.

…Me cupo en suerte ver a este hombre fuerte e íntegro, trabajar con él, por lo que me siento agradecido al destino.

Adiós, Borís Yeltsin, y discúlpenos…

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Andrei Vavra, para RIA Novosti.
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