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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Huyamos de alarmismos intencionados

Miguel Massanet
Miguel Massanet
miércoles, 25 de abril de 2007, 10:06 h (CET)
Lo malo de algunos personajes es que presumen de saber de todo y actúan en función de esta premisa. Si además a estas personas les añades un sazonamiento de progre y un toque de izquierdista, quedan perfectamente retratadas. Hay un determinado sector, llamemosle intelectual o intelectualoide, en Barcelona, que se jacta de tener respuesta para todo. No hay necesidad de decir que la advertencia de la ONU sobre el cambio climático ha caído como agua de mayo sobre todos estos defensores a ultranza de la naturaleza, que no lo son tanto por propio convencimiento - como se hecho patente en muchos casos -, cuanto por considerar que afirmarse como tales es tanto como combatir el sistema capitalista establecido que, para ellos, es el paradigma de todas las calamidades que se producen en la Tierra.

Debo referirme a una escritora y socióloga catalana que tiene fijación contra los americanos y, en particular, odia al señor Bush y, también, detesta a los del PP. Esto no tendría mayor importancia si, como ha sucedido el día 21 de este mes, en uno de sus artículos en La Vanguardia, no hubiese intentado pontificar sobre cuál debería ser nuestro comportamiento futuro respecto al, tan cacareado, y a mi criterio exagerado, cambio climático.

Si no me equivoco a esta señora, así de pronto, se le han ocurrido dichas soluciones para salvar a la Tierra del desastre total:

* Menos desplazamientos en coches.
* La organización del trabajo aplicando nuevas tecnologías para
evitar desplazamientos innecesarios.
* Utilizar para refrescarse en verano las corrientes, los toldos y las
persianas.
* Construcciones con paredes más aislantes.
* Plantearse si es necesario tantos desplazamientos en avión.
Utilizarlos menos.
* Nada de utilizar el coche para salir los fines de semana o ir a la
segunda residencia.
Alega, finalmente, que lo dicho por un destacado economista respeto a que es probable que la ciencia encuentre soluciones al problema del calentamiento global, no es más que el cuento de la lechera.Yo, señora mía, me voy a permitir diferir un tanto de sus conclusiones. Con todo respeto, estoy convencido de quien está viviendo en las nubes, sin volar en avión, es usted. Entendámonos, si lo que usted propone es que la humanidad renuncie a todos los logros tecnológicos, de nivel de vida, de confort y de mejoras de todo orden conseguidos a costa de siglos de investigaciones; va usted servida. Me parecerá muy bien que ,usted y su familia, se trasladen a un paraiso en las tierras vírgenes del norte de Sumatra o al archipiélago de las Fiji, para alli poder llevar una existencia al estilo de Robinsón Crusoe pero, me temo, que le va ser difícil convencer a los ciudadanos del mundo y concretamente a nuestros conciudadanos, tan dados al 'carpe diem', de que dejen sus coches para ir trabajo o a la playa o a la montaña; lo mismo que se decidan a renunciar al avión para los trayectos largos o prescindan del aire acondicionado para sustituirlo por una corriente de aire ( expuestos a coger una pulmonía de no te menes) Me parecería tan irrealizable su propuesta como pretender que se canonice a Josef Stalin.

Aparte de este aspecto costumbrista, supongo que, como persona de letras, no habrá tenido en cuenta los efectos económicos que el seguimiento de sus consejos supondría para la economía de la nación. El menor uso de coches supone menos ventas, menos fabricación y, en consecuencia, mayor desempleo y menor calidad de vida: lo mismo se puede decir de la disminución del consumo eléctrico, la calefacción, el aire acondicionado lo que, por otra parte, en sí, no constituye ningún peligro para la capa de ozono empleando los nuevos combustibles. Existen una trama de industrias auxiliares que dependen de la fabricación de automóviles así como también un número, todavía mayor, que dependen del turismo (este que viene en aviones y en coches) como pueden ser hoteles, restaurantes, parques de diversiones, y muchos otros que, si se redujera el uso del automóvil, sufrirían pérdidas difíciles de cuantificar que, en muchos casos, les obligaría a cerrar sus establecimientos. No creo que usted haya valorado lo que significaría para nuestra nación y para los trabajadores de uno de los sectores más importantes de nuestra industría lo que, tan alegrementes, ha escrito propuesto en su artículo. Quizá así conseguiría usted crear este paraiso terrenal que parece que tiene en mente, pero, ¿a qué coste?, ¿cuánta gente se quedaría sin trabajo?, ¿cree usted que compensa? ¿Se da usted cuenta de que su iniciativa no haría más que empobrecer a la humanidad?

O sea, para aclararnos, usted nos ofrece que prescindamos de los adelantos conseguidos a través de cientos de años para regresar a una vida primitiva. No niego los efectos invernadero ni que sea algo preocupante, pero lo que si no puedo aceptar, es que sea usted la persona más adecuada para decirnos lo que debemos o no hacer. Ya habrá científicos, expertos en climatología o geólogos que podrán indicarnos, con más solvencia, lo que proceda hacer ante el peligro que nos amenaza. No soy de los que me tomo al pie de la letra lo que nos dicen los políticos; será porque estamos acostumbrados a que nos engañen, y me basta ver el interés de la izquierda en hacer hincapié en esta materia para desconfiar más; por lo que, prefiero tomarme las predicciones apocalipticas con una cierta incredulidad. A través de la historia de nuestro planeta, se nos han anunciado catástrofes que luego se quedaron en agua de borrajas, por ejemplo, la amenaza del cometa Halley en 1910 que tenía que acabar con la humanidad y luego pasó a gran distancia, sin peligro alguno. Creo que no se debe perder la serenidad ni ser derrotista ni, mucho menos, lanzar, imprudentemente, propuestas poco meditadas, quizá por intereses partidistas, sin valorar antes sus consecuencias.

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