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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Sobre el 20 de enero

Joan Miquel Perpinyá
Redacción
martes, 24 de abril de 2007, 21:32 h (CET)
Los guardias civiles no vivimos aislados y solitarios, sino juntos y en sociedad. Y era cuestión de tiempo que los débiles acabaran rebelándose ante los fuertes, como siempre ha sido.

El día 20 de enero, unos 3.000 guardias civiles de uniforme junto a otros varios miles de compañeros vistiendo de paisano, familiares y amigos, nos manifestamos con coraje y valentía en Madrid bajo el lema “Derechos ¡ya!”. Gracias a aquella protesta y a las evidentes repercusiones que tuvo el acto al asistir tantos agentes de uniforme aunque sin armas, el Gobierno se vio compelido ha impulsar las reformas a las que se comprometió en su programa electoral del año 2004 y que, por diversas causas que no voy a analizar hoy aquí, no había sido capaz de impulsar durante los 3 primeros años de legislatura.

Así pues, la consecuencia directa del acto del 20-E ha sido la aprobación en Consejo de Ministros de dos proyectos de ley previamente consensuados con AUGC, la Asociación mayoritaria. Por un lado, una nueva ley disciplinaria que elimina las sanciones privativas de libertad, aumenta ciertas garantías para los expedientados y restringe la aplicación del Código Penal Militar a las misiones militares.

Y por otro lado, una ley de derechos y deberes que constituirá el estatuto profesional del guardia civil, donde se regula el asociacionismo profesional, satisfaciendo así una demanda histórica para AUGC. De este modo, se produce un reconocimiento legal de nuestro trabajo y nuestra trayectoria, que obligará a la Administración a sentarse y a hablar de tú a tú con las asociaciones profesionales representativas.

Nuestra organización ha sabido adaptarse a posiciones posibilistas en el marco político y social de cada momento. Así, tras el sindicalismo clandestino de finales de los años 80 y principios de los 90 protagonizado por el Sindicato Unificado de Guardias Civiles y la posterior feroz represión que Barrionuevo, Corcuera, Vera y Roldán impusieron, los guardias civiles adaptamos nuestras inquietudes hacia el derecho de asociación, una especialidad del cual es el derecho de asociación profesional, que ya tienen jueces y fiscales y al que ahora nos sumaremos nosotros y esperamos que muy pronto también los miembros de las Fuerzas Armadas.

La sindicación de los policías, históricamente ha constituido en la mayor parte de los países una cuestión controvertida. Bien por la fuerza que representa la coalición de individuos que disponen de medios de influencia no despreciables, o de los riesgos que plantea la acción concertada de un grupo social con funciones tan importantes como asegurar el orden cotidiano de una sociedad.

Parece que al fin esta cuestión puede haberse resuelto en España con la ley que el Gobierno ha aprobado y que ahora se encuentra en trámite parlamentario.

Pero frente a aquellos que nos criticaron por el acto del 20-E y fundamentalmente para aquellos que nos han expedientado, quiero hacer una reflexión:

Los guardias civiles no vivimos aislados y solitarios, sino juntos y en sociedad. Y era cuestión de tiempo que los débiles acabaran rebelándose ante los fuertes, como siempre ha sido. Y ha hecho bien el Gobierno en atender nuestras demandas, aunque haya sido de forma tan tardía. En primer lugar porque hacía ya muchos años que veníamos pidiéndoselo la gran mayoría de funcionarios de esta Institución. En segundo lugar, porque es justo y porque en sentido contrario, alguien tiene que explicarnos por qué durante tantos años hemos tenido derechos fundamentales indebidamente restringidos, que es lo mismo que decir que hemos tenido menos derechos, muchos menos que otros funcionarios de policía. Incluso hemos sido privados de libertad cotidianamente, hasta que una sentencia de la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo declaró que tales sanciones impuestas por mandos sin ninguna intervención judicial y sin garantías eran contrarias a los Derechos Humanos y vulneraban las leyes internacionales y los tratados suscritos por España. Y en tercer lugar, porque la Guardia Civil será tanto más eficaz cuanto sus miembros se consideren estimados y apreciados por la sociedad a la que sirven. Y eso no se mide en aplausos por minuto en los desfiles del día de las FAS (a las que no pertenecemos desde 1.978) o de la Virgen del Pilar. La estima y la consideración de la sociedad hacia la Guardia Civil no se cuantifica por aplausos ni vítores, sino según los derechos que sus agentes tienen y las condiciones de trabajo que la sociedad les impone a través de la ley.

En la Guardia Civil no hay carencias. Hay injusticias. En ninguna sociedad ni en ninguna empresa el trabajo ha estado repartido por igual. En todas las épocas hay unos cuantos que han logrado que muchos otros trabajasen por ellos y/o para ellos, bien sea por la fuerza o por diversos trucos persuasivos.

Para aquellos que argumentan que la Guardia Civil siempre ha sido una institución militar y que ya sabíamos dónde nos metíamos cuando decidimos ingresar en ella, quiero decirles que a comienzos del siglo XIX era común que niños de 9 o 10 años trabajasen 16 horas diarias en los telares y las factorías. Entonces ni los trabajadores adultos ni los infantiles tenían derecho a reivindicar nada, ni a protestar por la falta de salubridad, ni a disfrutar de ninguna asistencia en caso de enfermedad o vejez. Sin los movimientos y luchas sociales de los últimos 150 años las condiciones laborales seguirían siendo las mismas hoy en día.

Ante tales abusos es lógico que los trabajadores organizasen todo tipo de protestas y enfrentamientos que entonces -y aun ahora- fueron calificados de revolucionarios. Para ello, los obreros tenían que hacer notar su fuerza, asociarse en sindicatos, plantear políticamente reivindicaciones: no tanto para destruir el capitalismo como sistema de producción, sino para obligarle a repartir mejor.

Esto es lo que hemos tenido que hacer nosotros. Y la culminación del ejercicio de “hacer notar nuestra fuerza” fue el 20-E. Recordémoslo: un acto democrático, pacífico, sin desórdenes, sin violencia, sin perjuicios a la ciudadanía (que tanto se estilan hoy en día, lamentablemente), sin trastocar los servicios públicos esenciales y mucho menos los policiales. ¡Y aún algunos dicen que no tenemos razón ni en el fondo ni en la forma!

Las consecuencias negativas del 20-E están por venir y quizás sea el precio que algunos deberemos pagar por el progreso y por avanzar en el reconocimiento de los derechos fundamentales y laborales. Trataremos en todo caso de que no haya que pagar ningún precio, porque más allá de cualquier consideración, lo que hicimos era cuestión de tiempo que fuera hecho. No había otra salida. Y ellos lo saben porque se apresuraron a aprobar las leyes sólo cuando tuvieron a los guardias civiles uniformados en la calle. Porque conocían nuestras demandas y ya nos habíamos movilizado muchos meses antes y de nada nos sirvió. Sólo han corrido a cumplir con sus promesas cuando ha habido uniformes en la calle.

Todos tenemos razones para la obediencia y razones para la rebeldía. Razones para la obediencia, porque somos guardias civiles, miembros de un Cuerpo de Seguridad de naturaleza militar y de estructura jerárquica. Pero también tenemos razones para la rebeldía. Porque queremos mejorar nuestras condiciones de trabajo y porque queremos progresar. Y eso es, en todo caso, lícito. Y porque sin protestas como la del 20-E no lo habríamos conseguido. Porque a través de ella buscábamos forzar cambios que aseguran objetivos, consolidan valores y transforman la sociedad, en este caso a la Guardia Civil. Este espíritu de rebeldía es el que nos ha movido siempre. Y es el que debe seguir moviéndonos.

Estamos orgullosos del camino recorrido y de los logros obtenidos. Ha sido gracias al trabajo y al sacrificio de muchos. Y al apoyo de muchas otras organizaciones amigas entre las que quiero destacar especialmente a Comisiones Obreras, el Sindicato Unificado de Policía, EuroCOP, ErNE y el Sindicat de Policies de Catalunya. Ellos y muchos otros siempre nos han entendido, nos han alentado a seguir en la lucha y nos han brindado su ayuda incondicional. Muchas gracias en nombre de todos los guardias civiles.

Termino. El mundo, España, la Guardia Civil, la sociedad en la que vivimos es manifiestamente mejorable. Os animo a luchar por mejorarla y a seguir apoyando a la Asociación Unificada de Guardias Civiles por dignificar la profesión. Cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Y permitidme una última confesión personal: es para mí un grandísimo orgullo y todo un honor haber sido expedientado junto a 19 compañeros y compañeras de AUGC, la élite de la Guardia Civil moderna y democrática que todos queremos y ansiamos.

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Joan Miquel Perpinyá es Secretario General de AUGC.

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