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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Doble moral

Miguel Ángel Sánchez (México)
Redacción
martes, 24 de abril de 2007, 21:32 h (CET)
Bien dice Froylán Flores Cancela que los periodistas, en particular los columnistas, somos en gran medida responsables de la desorientación de los auditorios. Encerrados en nuestro cubículo o en la penumbra de la redacción, expedimos con gran facilidad edictos de censura, certificados de corrupción y sentencias de muerte civil sin pensarlo dos veces. “Uno de los grandes males del columnismo es la impunidad”, sostuvo Manuel Buendía. Los otros son, en enumeración no limitativa, la solemnidad, la autocomplacencia, la arrogancia y, digo yo, el onanismo grafocóquico.

Un escribidor se siente tocado por las musas. Quizá haya asestado varias puñaladas traperas a la gramática y un par de zancadillas a la prosodia, pero al topar con una frase particularmente zahiriente, buscará pulirla y perfeccionarla para que esplenda como perla negra en fondo rojo. “El periodismo mexicano es propicio a la calumnia y a la difamación”, dice Aguilar Camín (Milenio, 17 de abril). Despenalizar la calumnia y la difamación aumentará la impunidad, sostuvo por su parte Carlos Marín en una reciente emisión de Tercer grado.

¿Cómo se enfrenta esta enfermedad social? No hay una respuesta fácil ni única. Parece que los mecanismos legales se están afinando. En años recientes hemos visto a un número creciente de informadores en los tribunales para rendir cuentas y aceptar la eventual responsabilidad derivada del abuso de su ejercicio. Si un médico incurre en la iatrogenia debe responder. Si un abogado sustrae documentos de un expediente judicial, debe responder. Si un ingeniero utiliza materiales defectuosos, debe responder. ¿Y un periodista, depositario de una delicada encomienda, está exento de toda responsiva? La respuesta es un rotundo no.

Con frecuencia la soberbia nos ciega ante otra realidad de nuestra profesión: la fama pública. Alguien que ha sido llevado a los tribunales por cargos de amenazas, daño en propiedad ajena y presunta violación, lleva a cuestas una mancha negra. Si además tiene una tribuna, quienes le leen asocian esa fama a sus textos. “Mira, ya le pegó a Fulano”. “Sí. De seguro no le llegó al precio”. Otro que desde las planas de un diario señala con dedo flamígero y sin pruebas a supuestos prevaricadores, posee terrenos urbanos a nombre de su consorte, de su hijo y de su novia cuyo valor no se corresponde ni lejanamente con sus ingresos. “¿Ya leíste la columna Zutana?” “Sí. Tampoco le llegaron al precio”. Aquel que alegremente atribuye relaciones ilícitas a mujeres honorables, chantajea a funcionarios públicos para obtener plazas bien pagadas para sus hijos. “¿Ya leíste a Perengano?” “Sí. Habla tan bien del director que seguro ya le llegaron al precio”.

Quizá hayamos vivido demasiado tiempo inmersos en este periodismo de doble moral como para salir del marasmo sin medidas profundas y dolorosas. Y una de ellas es tener el valor, como Froylán Flores Cancela, de sacar nuestras fallas y limitaciones al sol. En el periodismo la ropa sucia no se debe lavar en casa.

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