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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Carta a María San Gil

Remedios Falaguera
Remedios Falaguera
lunes, 23 de abril de 2007, 21:53 h (CET)
Siempre he sentido una gran admiración por su trabajo valiente y decidido para hacer de este mundo un lugar mejor. Es más, estoy convencida de que nadie duda, incluso muchos de sus adversarios políticos, de su coraje para defender la justicia y denunciar, sin remilgos, los atropellos constantes que se producen en una sociedad corrompida por el nacionalismo enfermizo y despiadado.

Pero, sobre todo, la admiro por saber estar, con la exquisitez propia de un alma noble, junto a las personas que sufren por la pérdida de sus seres queridos asesinados por el odio y la sinrazón de unos despreciables.

Por tanto, como no podía ser de otra manera, mientras la observaba en la rueda de prensa, con una serenidad sobrecogedora, en la que nos anunciaba su retirada temporal de la actividad política, mientras se recupera de un “carcinoma in situ”, me ha vuelto a confirmar que “el mundo es de los valientes, aunque los cobardes lo dominen”.

Su fortaleza y su ánimo con el que nos regalaba un “estoy segura de que prontísimo nos volveremos a ver” ha sido un acto de entereza ejemplar y un paso adelante para muchas mujeres que viven el sabor amargo de este tipo de enfermedades y que, para afrontar su angustia, necesitan palabras llenas de confianza que sólo puede dar alguien que está sufriendo lo mismo que ellas.

Por eso, ha sido tan importante verla desmitificando su enfermedad con esa aceptación propia de personas con una excelente calidad humana que prefieren sufrir un cáncer en el cuerpo y no en el alma. Y, sin saber muy bien la razón, me han venido a la cabeza aquellas palabras de León Bloy en las que nos aseguraba que “en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas”.

Es verdad que la vida no nos lo pone fácil y ser valiente, luchar por lo que vale la pena es, en muchas ocasiones, una tarea ardua y complicada. Pero los valientes han forjado patrias y naciones sólidas, han conseguido sueños inalcanzables, han derrocado gobiernos y han conseguido el éxito. Y, conociendo el espíritu de lucha que le caracteriza, estoy segura que este nuevo reto que se le presenta sabrá torearlo, con temblores en las piernas pero con audacia, a la vez que nos descubre a una María San Gil mucho más humana.

Mi querida María, gracias por ser un ejemplo de mujer, tal vez heroica, que se resiste a que la enfermedad y la incertidumbre ahoguen sus ganas de vivir y de amar. Y, cuando tenga esos momentos de desánimo, en los que el dolor le paralice, recuerde que muchos españoles, desde lo más profundo de nuestra alma, rezamos por su pronta recuperación.

¡España y los españoles no podemos permitirnos el lujo de perder “mujeres coraje”, capaces de dar incluso la vida, desafiando el cáncer maligno que invade y ahoga a esta hermosa nación!

Que Dios le bendiga.

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