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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los libros más vendidos

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 22 de abril de 2007, 14:25 h (CET)
“¡Qué pena de los libros
que nos llenan las manos
de rosas y estrellas
y lentamente pasan.”


Federico García Lorca

Si se hiciera una serie investigación sobre la venta de libros en España, averiguaríamos cosas muy curiosas. Averiguaríamos, por ejemplo, que ciertos literatos, no pudiendo, como los partidos políticos, pegar montones de carteles por las calles que atraigan sobre ellos la atención del público, procuran convertirse a sí mismos en anuncios vivientes. También averiguaríamos, que los autores que venden más son, probablemente, aquellos a quienes se lee menos.

Téngase en cuenta que existen dos clases de libros: unos que se leen y que, por regla general, no se conservan, y otros que, si se conservan, es precisamente porque nadie ha sido capaz de leerlos todavía. Un ilustre académico, de quien no queremos dar su nombre para no hacerle más publicidad, se dedica a escribir libros de esta última clase, y es uno de los escritores cuyas ediciones se agotan con mayor rapidez. La gente dice que sus obras pueden ponerse sin peligro en todas las manos, aun en las más inocentes, y esto es verdad, ya que ninguna mano por inocente que sea, ha de hojearlos nunca. Los cabezas de familia las compran para colocarlas en las librerías lo mismo que se compra un muñeco de porcelana para colocarlo sobre una repisa, y luego si por casualidad quieren dedicarse un rato a la lectura, piden prestado un libro cualquiera de otro escritor. El arte de este ilustre académico se hermana así a las artes decorativas, y sus obras completas, vienen a ser, en muchas casas, como una indispensable prolongación del mobiliario.

Envidiable situación la de un escritor cuyo éxito consiste en no ser leído, ya que este éxito no puede estar a merced ni de una mayor cultura de los españoles, ni de un cambio en los gustos literarios, ni de nada; pero ¿cómo se las arregla nuestro académico para que nadie le lea?

No cabe duda de que es muy difícil el hacerse leer; pero y el hacerse no leer, ¿no será todavía considerablemente más difícil? Cada escritor tiene un secreto: un secreto, aun para sí propio, que es lo que le hace ser leído, y nuestro académico también tiene un secreto: un secreto que le hace no ser leído. Este secreto constituye en último término, su única personalidad literaria y a él le debe consideración, dinero, honores, ¡todo!

Habrá quien opine que como este ilustre académico escribe para que no lo lean o a sabiendas de que no lo van a leer, no se preocupa de lo que escribe. ¡Qué error! Si escribiese despreocupadamente, con la sencillez que un señor cualquiera puede escribirle una carta a la familia, es seguro que su literatura no hubiese llegado nunca al hermetismo que le caracteriza. Ya hemos quedado en que resulta sumamente difícil hacerse no leer y, lejos de escribir despreocupadamente, nuestro ilustre académico trabaja todos los días su prosa con noble esfuerzo hasta que un sudor más o menos bíblico le inunda la frente.

En general, no se considera que la literatura sea el medio de decir las cosas, sino la manera de adornarlas una vez dichas. Primero se exponen los conceptos o se reflejan las sensaciones y, luego, se les espolvorea de literatura, así como se espolvorea de azúcar un plato de arroz con leche.

Desde el “yo escribo como hablo” de Valdés en su Diálogo. Escribir es hablar, pero hablar bien. Pues dime con quién hablas y te diré quién eres. Dime el cómo y el qué y el por qué de lo que escribes y te diré lo que quieres ser. Y como dijo el poeta: “Al fin las piedras hablaron / y tan fabulosamente / que todo lo que dijeron / no hubo quien lo entendiera”.

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